CAPÍTULO 5 — BRUSELAS ATERRIZA EN BILBAO #3
—Exacto —asintió Mathieu—. Los analistas de sistemas de la OLAF pasaron día y medio intentando vulnerar la protección mediante diccionarios informáticos y matrices aleatorias sin conseguir un solo byte limpio.
Hasta que me di cuenta de a qué norma aludía el difunto.
Barandiarán no estaba pensando en estándares de ciberseguridad; estaba pensando en su propia obra legislativa.
La norma era la Norma Foral General Tributaria de Bizkaia.
La sal del descifrado era la serie numérica formada por los números de los artículos que regulan las infracciones y sanciones tributarias más graves, combinados con la fecha exacta de su promulgación en las Juntas Generales.
En cuanto introdujimos esa secuencia numérica foral, el archivo se abrió de par en par.
Ainara inclinó el cuerpo sobre el papel continuo, sintiendo la proximidad física del inspector, que señalaba las columnas con una mano firme y segura.
—Aquí está la estructura completa —prosiguió Mathieu—.
Una red cerrada de cuarenta y dos sociedades mercantiles de responsabilidad limitada, domiciliadas en un radio de menos de seiscientos metros dentro del Ensanche bilbaíno: en los portales señoriales de Alameda de Mazarredo, en la calle Lersundi, en Colón de Larreátegui y en la propia Gran Vía.
—¿Bajo qué régimen tributario operaban? —preguntó Ainara, con la mente trabajando a la velocidad del rayo.
—Bajo el régimen especial de Entidades de Tenencia de Valores Extranjeros y mercantiles instrumentales de innovación tecnológica —contestó el inspector de la OLAF—.
En los últimos tres ejercicios fiscales cerrados, esta trama ha absorbido y blanqueado exactamente ciento veinte millones de euros mediante la aplicación fraudulenta del Patent Box foral, regulado en el artículo treinta y siete de la Norma Foral del Impuesto sobre Sociedades de Bizkaia.
Como usted bien sabe, ese precepto permite una reducción de hasta el setenta por ciento en la base imponible de las rentas procedentes de la cesión de patentes, modelos de utilidad y activos intangibles de software avanzado.
—Es una deducción fundamental para arraigar centros de desarrollo tecnológico en nuestra industria pesada —murmuró Ainara, reconociendo con desgarro los artículos de la norma foral que ella misma había estudiado durante las oposiciones.
—El problema es que aquí no había industria ni desarrollo de software alguno —replicó Mathieu con sequedad implacable—.
Las supuestas patentes eran algoritmos obsoletos descargados de repositorios abiertos de código informático sin utilidad productiva real.
Las sociedades pantalla de Bilbao se vendían y licenciaban estas patentes unas a otras en una espiral circular a precios desorbitados, generando facturas astronómicas de gastos de investigación ficticios que neutralizaban por completo cualquier beneficio tributable en Bizkaia.
Y lo más sangrante: el dinero líquido que justificaba esas operaciones se canalizaba hacia cuentas puente fiduciarias en Nicosia y La Valeta, desde donde saltaba a fondos de compensación en Luxemburgo y sociedades offshore en la zona franca de Dubái.
Ciento veinte millones de euros esfumados sin que la Hacienda vasca ni el fisco estatal recaudaran un solo céntimo.
Ainara recorrió con la vista la relación mecanografiada de sociedades. Al alcanzar el tercio inferior del gráfico, sus ojos se clavaron en dos razones sociales: Vandamme Metals SL e Ibaizabal Innovation SL .
El aire pareció escaparse de sus pulmones. Eran las mismas dos sociedades cuyas facturas trituradas ella y Gorka habían extraído con pinzas del piso clandestino de la Ribera de Deusto apenas unas horas antes.
La fiscal enderezó la espalda despacio, respiró hondo para calmar el latido acelerado de sus sienes y buscó la mirada de Gorka Atxaga.
El veterano policía asintió con un gesto grave, comprendiendo que el rompecabezas acababa de encajar con una precisión matemática inapelable.
Ainara abrió entonces el cajón central de su escritorio y sacó una carpeta de cartulina sepia con el precinto judicial recién rasgado, deslizándola sobre el tablero hacia las manos del inspector europeo.
—Ahora compruebe usted por qué Iñigo Barandiarán no acudió a su cita en Bruselas —dijo Ainara con un timbre cargado de solemnidad judicial.
Mathieu abrió el dossier. Sus ojos recorrieron con avidez las páginas encabezadas por el Instituto Vasco de Medicina Legal y los gráficos cromatográficos del laboratorio toxicológico de Basurto, deteniéndose en el dictamen pericial firmado por el doctor Koldo Madariaga: Detección de digitoxina en sangre femoral a una concentración de 14,8 nanogramos por mililitro .
—El umbral terapéutico de la digoxina en sangre oscila entre cero coma ocho y dos nanogramos por mililitro —explicó Ainara con rigor quirúrgico—.
Catorce coma ocho nanogramos en un varón de sesenta años sin historial coronario ni medicación prescrita provocan una arritmia ventricular refractaria y una asistolia irreversible en un margen de diez a quince minutos.
Pero hay más: los peritos químicos del laboratorio central de Erandio identificaron en el reverso de la nota con la dirección de su oficina en Bruselas restos de propilenglicol y alcohol bencílico.
Son los excipientes emolientes específicos que se utilizan para formular las ampollas inyectables de digoxina concentrada para uso intravenoso urgente en hospitales.
Mathieu fijó la vista en la firma del forense, con los nudillos blanqueando sobre el borde del informe. El semblante distante del funcionario comunitario se desmoronó por completo, dejando traslucir el dolor sordo de quien ve confirmada su peor pesadilla.
—Lo interceptaron antes de entrar al concierto —susurró Mathieu con un hilo de voz ronca—.
Le aplicaron el veneno concentrado por vía transmucosa oral o nasal en un vehículo cerrado y lo colocaron en la butaca catorce de la fila siete del Euskalduna para simular un colapso cardíaco natural en medio de la multitud.
—Así fue —corroboró Ainara, cerrando la carpeta con solemnidad—.
Lo ejecutaron para que la red de los ciento veinte millones jamás viera la luz pública antes de la firma solemne del Cupo en el Palacio Foral.
Ahora dígame, inspector Etcheverry: ¿seguimos discutiendo sobre qué artículo del reglamento comunitario nos autoriza a hablar, o nos ponemos a trabajar juntos para sentar a los asesinos en el banquillo?
♦ ♦ ♦
El ambiente en el despacho de Henao 9 se había saturado de tal modo con el olor a papel viejo, tinta de copiadora y la pesadez asfixiante de la conspiración que Mathieu sintió la necesidad física de respirar aire limpio.
Fue Ainara quien tomó la iniciativa con un movimiento elocuente de la mano hacia la salida, señalando que la gravedad de lo que tenían entre manos exigía un espacio libre de micrófonos judiciales, teléfonos de centralita y miradas curiosas de oficiales de secretaría.
Descendieron los tramos señoriales de la escalera de mármol del palacete judicial en un silencio cómplice y salieron a la acera.
La llovizna persistente caía como una cortina gris sobre las fachadas del Ensanche, mojando los adoquines y los capós de los coches estacionados.
Caminaron cincuenta metros con las cabezas gachas y los cuellos de los abrigos subidos hasta alcanzar el chaflán donde la calle Henao se cruzaba con la Alameda de Rekalde, empujando la puerta acristalada de una cafetería clásica de techos altos y solera bilbaína.
El interior del establecimiento ofrecía un contraste reconfortante contra la intemperie: zócalos de roble oscuro pulimentado por décadas de uso, molduras de escayola decoradas con motivos florales y una barra monumental de cinc y granito sobre la que se alineaba un muestrario impecable de cazuelas humeantes, tortillas de patatas recién salidas de la sartén con pimientos verdes confitados y bandejas de pintxos protegidas por vitrinas de cristal impoluto.
El aroma penetrante a café tostado, pan recién horneado y vapor de agua aromatizado con leche tibia envolvía a los parroquianos en una atmósfera tibia y familiar, donde abogados con maletín de fuelle y directores de sucursal bancaria conversaban en susurros prudentes mientras hojeaban la prensa del día.
Mathieu y Ainara se acomodaron en una pequeña mesa cuadrangular de mármol blanco con pie de forja negra situada en el rincón más reservado del fondo, junto a un ventanal empañado que daba a la calle Rekalde.
Se despojaron de sus abrigos húmedos, colgándolos en las perchas de madera contiguas.
Al sentarse frente a frente en mangas de camisa y chaqueta de traje, Mathieu pudo observar a la fiscal con una proximidad despojada de artificios oficiales: sin la armadura de su largo abrigo de paño, Ainara mostraba una figura esbelta pero de hombros firmes, con el pelo castaño recogido en un moño bajo del que se escapaban algunos mechones rebeldes sobre la nuca.
Sus ojos verde oliva, enmarcados por sombras de fatiga acumulada durante dos noches en vela, conservaban un brillo indómito y desafiante que ningún protocolo administrativo lograría doblegar.
En su muñeca izquierda, una correa de cuero gastado sostenía un reloj de acero que perteneció a su difunto padre, una pieza de precisión mecánica sobria cuya segundera avanzaba con una regularidad implacable sobre la esfera gris.
El camarero, un hombre de sienes plateadas con delantal blanco largo atado a la cintura con nudo doble, se acercó a la mesa con una bayeta húmeda en la mano y limpió la superficie con un movimiento circular experimentado.
—Egun on. ¿Qué les marcho?
Mathieu alzó la mirada hacia el empleado y dejó brotar con naturalidad las palabras en su lengua materna, empleando la entonación dulce, musical y palatalizada que había aprendido de niño en las faldas meridionales de Lapurdi: