El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 5 — BRUSELAS ATERRIZA EN BILBAO #2
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CAPÍTULO 5 — BRUSELAS ATERRIZA EN BILBAO #2

El pomo de bronce de la puerta giró con un chasquido metálico. El inspector jefe Gorka Atxaga asomó la cabeza en el marco de madera, ensombrecido por una expresión de cautela que en él equivalía a una alarma de combate, y franqueó el paso al recién llegado.

Ainara se giró despacio sobre sus talones, evaluando cada detalle del hombre que acababa de cruzar el umbral.

No dio un solo paso hacia delante ni relajó la postura de sus hombros.

Su interlocutor era un hombre de complexión fuerte y porte erguido, de unos cuarenta y pocos años, que vestía un traje oscuro de corte pulcro bajo una gabardina mojada que se despojó con movimientos deliberadamente lentos y seguros.

Su pelo negro azabache, ligeramente ensortijado y peinado hacia atrás con vetas plateadas en las sienes, enmarcaba un rostro de pómulos anchos, cejas pobladas y una mirada oscura que no denotaba la vacilación propia de los forasteros cuando se enfrentaban a la maquinaria judicial vasca.

Mathieu Etcheverry avanzó dos metros hacia el centro de la alfombra, abrió una cartera de piel fina y depositó sobre el tablero de castaño su credencial plastificada con las doce estrellas doradas de la Unión Europea y el membrete de la Comisión.

—Fiscal Zubiaga —dijo el inspector con una voz de barítono profunda, marcada por un acento limpio pero inequívocamente moldeado por la fonética francesa de la frontera—.

Siento presentarme sin cita previa en su sede, pero los acontecimientos de las últimas doce horas no admiten demoras de protocolo.

Ainara caminó con parsimonia hacia su sillón de piel tras el escritorio. Tomó asiento sin ofrecerle acomodo ni retirar la vista de sus ojos oscuros, apoyó los antebrazos en la mesa y entrelazó las manos con una frialdad calculada para marcar las distancias jerárquicas desde el primer segundo.

—En este territorio histórico, señor Etcheverry, las autoridades judiciales no funcionamos al ritmo de las urgencias de los enviados de Bruselas —comenzó Ainara con ese timbre seco, mesurado y cortante que sus compañeros de la fiscalía conocían como el preludio de una tempestad procesal—.

La Ley de Enjuiciamiento Criminal y el Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal establecen con una claridad que no admite interpretaciones que la dirección de las diligencias de investigación penal por delitos cometidos en el partido judicial de Bilbao corresponde de manera privativa y excluyente a los fiscales de esta comunidad y a los jueces de instrucción locales.

La Oficina Europea de Lucha contra el Fraude opera bajo las disposiciones del Reglamento comunitario 883/2013, un marco normativo estrictamente administrativo.

Ustedes no poseen competencias de policía judicial en territorio español, no pueden tomar declaraciones testificales bajo juramento, carecen de legitimación para personarse en una causa sumarial y no tienen atribución legal alguna para intervenir en la investigación de un homicidio con veneno.

Mathieu escuchó el alegato procesal en silencio, manteniendo una compostura inmutable que irritó aún más a la fiscal. Cuando Ainara terminó de hablar, el inspector dio un paso más hacia el borde de la mesa, sin mostrar el menor conato de amedrentamiento.

—Conozco a la perfección los límites del Reglamento 883/2013, fiscal Zubiaga —replicó Mathieu con voz serena pero templada en acero—.

Y asumo que usted conoce con idéntica precisión el artículo cuatro, apartado tres, del Tratado de la Unión Europea, que consagra el principio de cooperación leal entre las instituciones comunitarias y las autoridades de los Estados miembros para la salvaguarda de los intereses financieros comunes.

La OLAF no pretende usurpar su jurisdicción ni arrebatarle el sumario por la muerte violenta de Iñigo Barandiarán.

Estoy en Bilbao porque el Director General de Recaudación que apareció anoche con el corazón paralizado en una butaca del Euskalduna era un informante registrado de mi unidad operativa bajo la Directiva europea 2019/1937 de protección a los denunciantes de corrupción.

La revelación cayó sobre la mesa como un proyectil blindado. Ainara apretó los labios con fuerza, conteniendo la sacudida de asombro que amenazaba con descomponer su máscara profesional.

—Barandiarán era la máxima autoridad técnica en la recaudación foral de Bizkaia —rebatió ella, alzando la voz con una firmeza acerada—.

Un economista de prestigio indiscutible que dedicó tres décadas de su vida a defender la Hacienda vasca en todas las comisiones negociadoras con el Estado.

Insinuar que actuaba como un topo clandestino al servicio de una oficina de inspección extranjera es una calumnia que denigra su memoria y cuestiona la lealtad de las instituciones forales de este país.

—No vengo a cuestionar lealtades morales, fiscal; vengo a mostrarle hechos delictivos incontrovertibles —respondió Mathieu, sosteniendo su mirada sin ceder un milímetro—.

Barandiarán acudió a la OLAF en Bruselas el pasado mes de septiembre porque había agotado todas las vías de alerta interna en la Diputación sin obtener otra respuesta que el silencio y las advertencias veladas para que mirase hacia otro lado.

Descubrió que los resortes del Concierto Económico, la soberanía normativa del Impuesto sobre Sociedades y los incentivos fiscales creados para apoyar la investigación industrial estaban siendo manipulados desde la sombra para canalizar una red masiva de blanqueo de capitales procedentes de tramas internacionales.

Ainara se puso de pie de golpe, apoyando ambas palmas abiertas sobre el tablero de castaño con un ímpetu que hizo tintinear el plumier de plata. Sus ojos verde oliva relampaguearon con una indignación que no nacía de la vanidad funcionarial, sino de la herida más profunda de su biografía.

—¿Se atreve a presentarse en este despacho a sugerir que el Concierto Económico vasco es una tapadera para el crimen organizado?

—dijo con la voz vibrando de cólera contenida—.

El Concierto no es una concesión graciosa del poder central ni un refugio opaco para defraudadores, señor Etcheverry.

Es la ley paccionada amparada por la Disposición Adicional Primera de la Constitución Española, el pacto secular por el cual la clase trabajadora y las empresas de este país sufragan sus propios hospitales, sus escuelas y sus infraestructuras con un riesgo unilateral absoluto, abonando cada año al Estado un cupo innegociable de miles de millones de euros para sostener las cargas comunes de la Corona y los ministerios.

Si usted ha viajado desde Bélgica con la intención de criminalizar nuestro autogobierno económico para anotarse una medalla en la Comisión Europea, le sugiero que se dé media vuelta y tome el primer vuelo de regreso a Bruselas.

Mathieu no pestañeó. La miró fijamente durante tres segundos interminables, y en el fondo de sus pupilas oscuras Ainara no descubrió la arrogancia del burócrata herido, sino una gravedad austera y doliente que la desconcertó por completo.

—No he cruzado la frontera para atacar su Concierto, señora Zubiaga —dijo él en un tono casi íntimo que contrastó con la furia de la fiscal—.

He venido para impedir que los mismos criminales que vaciaron las arcas forales destruyan la reputación del sistema que usted defiende con tanta vehemencia.

Si usted antepone el orgullo de campanario a la búsqueda de la verdad forense, los hombres que le administraron el veneno a Iñigo Barandiarán habrán ganado la partida antes de que termine la semana.

♦ ♦ ♦

Durante un lapso prolongado, la tercera planta de Henao 9 pareció quedar suspendida en un vacío donde solo resonaba el azote del temporal contra los cristales y la respiración contenida de los tres presentes.

Gorka Atxaga continuaba apoyado contra el tabique lateral, con los pulgares enganchados en el cinturón y los ojos oscuros yendo de Ainara a Mathieu con la tensión de quien sabe que una sola palabra en falso arruinaría la investigación más trascendental de su carrera policial.

Mathieu Etcheverry rompió la parálisis con un movimiento pausado y desprovisto de dramatismo.

Desabrochó los cierres metálicos de su maletín de cuero, extrajo un clasificador rígido de color negro y desplegó sobre la madera del escritorio un fajo de papel continuo de impresión informática plegado en acordeón.

Con la palma de la mano alisó los pliegues, apartando los repertorios de jurisprudencia penal para dejar a la vista un inmenso mapa de trazabilidad bancaria que abarcaba de extremo a extremo la superficie de trabajo.

—Dejemos a un lado los discursos institucionales durante cinco minutos, fiscal —dijo Mathieu con voz baja y calma—. Examine estos datos antes de llamar a los guardias de la entrada.

Ainara bajó la mirada hacia el papel con un recelo instintivo, pero su formación técnica en delincuencia económica le impidió apartar la vista.

Lo que tenía delante era la radiografía financiera más minuciosa, estructurada y devastadora que había visto en sus doce años en la fiscalía anticorrupción.

—Barandiarán se comunicaba con nosotros mediante un servidor de mensajería cifrada alojado en Suiza —explicó Mathieu, señalando con la punta de un bolígrafo de acero inoxidable el encabezado del esquema—.

Su última transmisión la recibí en mi ordenador de Bruselas a las tres y cuarto de la madrugada del domingo anterior a su asesinato.

El mensaje adjuntaba una base de datos maestra protegida por una clave criptográfica de longitud variable.

Como única indicación para obtener la contraseña, Barandiarán escribió una frase en castellano: La sal está en la norma .

Ainara alzó la vista hacia el rostro del inspector, sintiendo un escalofrío en la nuca:

—La sal criptográfica... El vector de inicialización del algoritmo.