CAPÍTULO 5 — BRUSELAS ATERRIZA EN BILBAO
El vuelo matinal de Brussels Airlines inició el descenso sobre la cornisa cantábrica abriéndose paso a través de una masa compacta de estratocúmulos plomizos que borraban cualquier vestigio del horizonte marino.
A través de la ventanilla ovalada del reactor, Mathieu Etcheverry contempló el instante preciso en que el fuselaje cortó la niebla fría y los acantilados escarpados del cabo Matxitxako y la curva arenosa de Gorliz emergieron abajo, cercados por un oleaje lívido y espumoso que rompía contra los arrecifes de caliza.
La aeronave se inclinó suavemente hacia el interior buscando la vaguada del valle del Txorierri, donde las laderas cubiertas de praderas y caseríos dispersos parecían aplastadas bajo la presión de un cielo invernal que presagiaba temporal duro del noroeste.
Cuando las ruedas de goma quemada impactaron contra el asfalto empapado de las pistas de Loiu, el estruendo de los reactores en inversión de empuje sacudió la cabina entera, proyectando una cortina de agua pulverizada que empañó al instante la superficie exterior del vidrio.
Mathieu esperó a que el sonido agudo de las turbinas decayera y se apagara la señal luminosa de los cinturones antes de levantarse.
Con movimientos pausados y precisos, descolgó del compartimento superior su equipaje de mano: un maletín de cuero oscuro gastado por diez años de misiones oficiales y una gabardina de paño gris marengo cuyo cuello alzó de inmediato para protegerse de las corrientes gélidas que ya se filtraban por la compuerta delantera.
Al cruzar la pasarela telescópica y desembocar en el vestíbulo central de la terminal diseñada por Santiago Calatrava, el impacto visual de La Paloma detuvo su paso durante un segundo.
Aquella enorme osamenta de acero blanco curvado, cuyas nervaduras aerodinámicas se elevaban hacia un pico acristalado que desafiaba la pesadez de la lluvia, conservaba una pureza escultórica casi quirúrgica.
Olía a queroseno quemado, a humedad de estuario y a desinfectante industrial recién aplicado sobre el pavimento cerámico.
En el puesto de control fronterizo, Mathieu extrajo de su bolsillo interior el pasaporte de servicio diplomático de la Unión Europea y el pase rígido que lo acreditaba como jefe de unidad operativa de la Oficina Europea contra el Fraude.
El agente de la Policía Nacional apostado tras la mampara blindada escaneó el chip biométrico en el lector digital, alzó la mirada hacia sus facciones angulosas y su mandíbula cuadrada, y le devolvió los documentos con un cabeceo de cortesía burocrática.
—Bienvenido a Bilbao, inspector —dijo el funcionario sin formular preguntas adicionales.
Mathieu cruzó la zona de tránsito sin detenerse en los carruseles de equipaje; toda su intendencia material se reducía a dos mudas de recambio, un neceser básico y una estación de trabajo portátil con triple cifrado biométrico y disco de estado sólido encapsulado en aleación de titanio.
Empujó la puerta corredera exterior y recibió en el rostro el mordisco del sirimiri vizcaíno, ese polvillo de agua fría y penetrante que empapaba la lana del abrigo en cuestión de segundos.
En la dársena de servicio aguardaba una hilera de vehículos blancos cruzados por la franja roja reglamentaria de los taxis forales.
Subió en el primer coche de la fila, una berlina espaciosa conducida por un hombre de más de sesenta años que lucía una txapela oscura calada hasta las cejas y las manos curtidas por miles de horas de embrague.
—A la calle Henao, número nueve, por favor —indicó Mathieu con su castellano pausado, en cuya pronunciación aún asomaba la cadencia suave y nasal de su infancia en los valles vascofranceses de Lapurdi.
El conductor engranó la primera marcha sin pronunciar palabra, pero sus pupilas examinaron al pasajero a través del espejo retrovisor con la agudeza silenciosa de quien sabe distinguir a un viajero de paso de un hombre que carga con una preocupación grave.
En el salpicadero, la sintonía matinal de Radio Euskadi retransmitía una tertulia política sobre la inminente firma del Cupo vasco entre el Ministerio de Hacienda en Madrid y la delegación del Gobierno Vasco en Vitoria-Gasteiz, detallando las discrepancias sobre el índice de imputación del seis coma veinticuatro por ciento y las compensaciones pendientes por los peajes ferroviarios.
La voz solemne del locutor interrumpió la mesa redonda para dar paso a un boletín de última hora: la muerte de Iñigo Barandiarán, el Director General de Recaudación de la Hacienda Foral de Bizkaia cuyo cuerpo sin vida había sido hallado en el Palacio Euskalduna durante un concierto benéfico, estaba siendo investigada con carácter reservado por la fiscalía y la policía judicial.
La berlina enfiló los accesos hacia los túneles de Artxanda.
El rumor sordo de los neumáticos sobre el pavimento drenante se transformó en un eco metálico y opresivo en cuanto el vehículo se hundió en el túnel iluminado por hileras monótonas de vapor de sodio.
Mathieu apoyó la frente contra el cristal frío de la ventanilla.
Aquel trayecto subterráneo le devolvió a los despachos enmoquetados de la Rue Joseph II en Bruselas, donde los altos mandos de la Comisión y los comisarios centroeuropeos solían referirse al régimen foral vasco como una extravagancia incomprensible, una isla de soberanía tributaria medieval que perturbaba la armonización fiscal del mercado único con exenciones que muchos consideraban privilegios incompatibles con la doctrina comunitaria.
Para aquellos tecnócratas formados en las universidades de Flandes y Renania, la capacidad de las tres diputaciones forales para regular, liquidar e inspeccionar la totalidad de los tributos directos e indirectos en su territorio histórico era una anomalía que rozaba el desafío constitucional.
Sin embargo, para Mathieu, cuyos abuelos habían apacentado rebaños de ovejas latxas en los pastos altos de Ustaritz y habían cruzado las mugas clandestinas de los puertos de Aldudes burlando a los carabineros en las noches de niebla, el Concierto Foral era la plasmación de un pacto histórico inmemorial, una soberanía de raíz secular que ningún rey castellano había logrado someter por la fuerza de las armas.
Comprendía y respetaba ese celo territorial.
Pero su experiencia como auditor forense de redes de delincuencia organizada le recordaba una máxima implacable: allí donde una estructura institucional es más autárquica y celosa de sus competencias exclusivas, mayores son los incentivos para que las tramas del crimen financiero internacional instalen sus conductos de lavado fiduciario al amparo de las sombras normativas.
El taxi salió de pronto de la boca del túnel y la cuenca de Bilbao se abrió ante sus ojos como un cuenco imponente de piedra, hormigón y cristal encajonado entre las faldas escarpadas del monte Pagasarri y las aguas densas del río Ibaizabal.
La transformación de la ciudad le causó un estremecimiento involuntario: la metrópoli siderúrgica de su juventud, marcada por el hollín de los altos hornos y la herida sangrante de la reconversión industrial, se había reinventado como un centro financiero y cultural de primer orden, donde la silueta acristalada de la torre Iberdrola se erguía como un faro moderno sobre los tejados del Ensanche, y las curvas de titanio del museo resplandecían con un fulgor metálico bajo la luz plomiza de la mañana.
El vehículo cruzó el viaducto de La Salve, rodeó la plaza circular donde arrancaba la Alameda de Mazarredo y se internó en la cuadrícula señorial trazada por los maestros de obras del siglo diecinueve.
Entre las fachadas burguesas de sillería de arenisca, los portales solemnes de roble y los miradores de forja oscura, el taxi aminoró la marcha hasta detenerse junto al bordillo del número nueve de la calle Henao: la sede histórica de la Fiscalía Provincial de Bizkaia.
Mathieu abonó el importe exacto con un billete de veinte euros, declinó la vuelta con una suave inclinación de cabeza y pisó el asfalto mojado.
Mientras el taxi se alejaba dejando un penacho de humo blanquecino en el aire frío, extrajo de su bolsillo su teléfono de alta seguridad.
En la pantalla táctil iluminada parpadeaba la notificación de un correo cifrado procedente de la policía científica: la autopsia ampliada del Instituto Vasco de Medicina Legal acababa de ratificar que la muerte de Barandiarán no se debía a una cardiopatía súbita, sino a una intoxicación letal por digitoxina administrada mediante disolventes químicos.
La sospecha ya era una causa judicial por asesinato consumado.
Ajustó la correa de cuero de su maletín al hombro, aspiró el aroma a tierra húmeda y salitre que el viento traía desde el Abra y cruzó con determinación la portalada de piedra del edificio judicial.
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Ainara Zubiaga no se había movido del ventanal de su despacho en la tercera planta de Henao 9.
Tenía los brazos cruzados con firmeza sobre la lana fría de su americana oscura y la mirada perdida en las cornisas de cinc del patio de manzana, donde el agua de lluvia formaba cascadas cantarinas en los canalones de desagüe.
A su espalda, el silencio de la estancia solo se quebraba por el chasquido ocasional del radiador de hierro fundido y el peso invisible de las cuatro cajas de cartón precintadas que contenían los discos duros incautados en Deusto y los legajos tributarios rescatados del despacho foral de Basurto.
Sobre la mesa de castaño, la carátula de las diligencias previas exhibía ya su nueva calificación procesal: un sumario ordinario por asesinato con alevosía y delitos continuados contra la Hacienda pública.