El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 4 — LA AUTOPSIA #5
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CAPÍTULO 4 — LA AUTOPSIA #5

—No hubo síncope natural, Ainara. A Iñigo Barandiarán lo asesinaron mediante la administración deliberada de una dosis letal de veneno cardiotóxico.

Fue una ejecución química de manual, concebida para simular una muerte natural por infarto y burlar la instrucción penal.

El informe pericial completo con las curvas cromatográficas y la firma electrónica del laboratorio ya está remitido al servidor del juzgado de guardia.

—Gracias, Koldo —respondió Ainara con voz gélida—. Envía una copia sellada al registro del juez Irazábal y mantén las muestras restantes en congelación criogénica a ochenta bajo cero. Este dictamen es la pieza angular de la causa.

Colgó el auricular con lentitud, dejando que descansara sobre la horquilla de baquelita.

Se acercó al gran ventanal de su despacho. En la calle Henao, los empleados de los bancos y las asesorías salían con los paraguas abiertos, apresurándose hacia la estación de metro de Moyúa bajo la llovizna.

Ainara contempló las cuatro cajas de cartón apiladas en el rincón.

Aquellos legajos no eran simples infracciones tributarias; eran la prueba irrefutable de que una red de poder arraigada en las instituciones vascas había recurrido al asesinato premeditado para blindar un expolio de cientos de millones de euros.

Regresó a su escritorio, tomó la pluma de émbolo y abrió la carátula de cartulina del procedimiento penal número 412/2026.

Con dos trazos rojos, firmes, horizontales e inflexibles, tachó el encabezamiento provisional: «Diligencias Previas: Averiguación de causa de muerte / Muerte dudosa» .

Debajo, con letra enérgica y angulosa que hendía el papel timbrado, redactó la calificación formal:

«SUMARIO ORDINARIO Nº 04/2026 — JUZGADO DE INSTRUCCIÓN Nº 4 DE BILBAO.

CALIFICACIÓN PROCESAL DEL MINISTERIO FISCAL: ASESINATO EN GRADO CONSUMADO MEDIANTE SUMINISTRO DE SUSTANCIA VENENOSA Y ALEVOSÍA (ARTÍCULO 139.

1, CIRCUNSTANCIAS 1ª Y 2ª, DEL CÓDIGO PENAL), EN CONCURSO REAL CON DELITO CONTINUADO CONTRA LA HACIENDA PÚBLICA (ART.

305 CP), FALSEDAD EN DOCUMENTO MERCANTIL (ART.

392 CP) Y PERTENENCIA A ORGANIZACIÓN CRIMINAL (ART.

570 BIS CP). PIEZA PRINCIPAL DE CONVICCIÓN: DILIGENCIAS DEL PALACIO EUSKALDUNA. »

Apenas estampó su rúbrica al pie del pliego judicial, sonaron dos golpes secos y firmes en la madera de la puerta.

Ainara alzó la vista despacio.

La puerta se abrió y apareció el inspector jefe Gorka Atxaga. El policía permanecía en el quicio, con las manos apoyadas en el cinturón de servicio y el semblante endurecido por una tensión evidente.

Tras él avanzó un hombre alto, enjuto y de paso atlético, de poco más de cuarenta años.

Vestía un abrigo de lana gris marengo sobre un traje oscuro de corte pulcro sin corbata y sostenía en la mano derecha un maletín de cuero gastado por los viajes internacionales.

Su cabello negro, ligeramente rizado y salpicado de canas plateadas en las sienes, enmarcaba un rostro de pómulos anchos, nariz recta y una mandíbula angulosa.

Pero lo que retuvo la mirada de Ainara con una fuerza magnética fueron sus ojos: oscuros, penetrantes y lúcidos, con esa mezcla de ironía melancólica y frialdad analítica propia de quienes han investigado demasiados fraudes en las sombras institucionales.

Gorka dio un paso hacia el interior del despacho y carraspeó con incomodidad burocrática:

—Ainara... El aviso de la policía de fronteras de Loiu era exacto. Este señor acaba de apearse de un taxi en la puerta de la fiscalía. Se ha acreditado en la recepción con pasaporte de servicio comunitario y orden de misión de la Unión Europea.

El recién llegado avanzó dos pasos hacia la mesa de trabajo sin precipitarse, midiendo el espacio con la seguridad de quien entra en un territorio que conoce por instinto y formación.

Depositó sobre el borde del escritorio de castaño una tarjeta rígida plastificada con el escudo azul de la Comisión Europea y las doce estrellas doradas:

—Fiscal Zubiaga —dijo el recién llegado en francés, antes de modular su voz hacia un castellano pulcro, marcado por la cadencia pirenaica de Lapurdi—. Me llamo Mathieu Etcheverry; vengo comisionado por el departamento de investigaciones financieras de la OLAF.

Mathieu miró las cuatro cajas precintadas que reposaban junto al archivo y luego clavó sus ojos oscuros en el pliego de calificación de asesinato que Ainara acababa de rubricar.

—Sé qué expedientes contienen esas cajas, fiscal —añadió el investigador vasco-francés, señalando los precintos de seguridad—.

Y sé qué cardiotóxico emplearon para paralizar el corazón de Iñigo Barandiarán en el Euskalduna.

Si quiere que los hombres que planificaron este crimen respondan ante la justicia, tenemos exactamente setenta y dos horas antes de que la Comisión Europea y el Gobierno de España ratifiquen el nuevo Cupo y archiven este asunto para siempre.

Ainara sostuvo la mirada de Mathieu durante tres segundos intensos que parecieron detener el curso del tiempo en la habitación.

El primer acto de la tragedia acababa de cerrarse. La batalla por la soberanía, la justicia y el destino del Concierto Económico comenzaba en ese mismo instante.