El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 4 — LA AUTOPSIA #4
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CAPÍTULO 4 — LA AUTOPSIA #4

Y al final de cada acta de conformidad, en el cajetín reservado a la firma del letrado asesor que había formalizado las alegaciones técnicas y tramitado los recursos ante el Tribunal Económico-Administrativo Foral, figuraba siempre el mismo sello profesional estampado en tinta azul:

«BUFETE AROSTEGUI era la máxima responsable de la inspección fiscal de Bizkaia, que arriesgaba su carrera, su libertad y su vida para extraer las pruebas de la corrupción foral junto a su compañero de recaudación.

—Miren Uriarte era su aliada en la denuncia —dijo Ainara, sintiendo que la dimensión del peligro cobraba proporciones vertiginosas—.

Ella aportaba los expedientes clasificados de inspección y Barandiarán cruzaba los cobros en recaudación para documentar el circuito del blanqueo.

Estaban montando un dosier demoledor para entregarlo a la OLAF en Bruselas.

Y alguien los descubrió antes de que cerraran la última caja.

Gorka miró hacia el descansillo a través de la mirilla de la puerta:

—Tenemos que sacar este archivo de aquí ahora mismo, Ainara. Si los tentáculos de Arostegui o los servicios de seguridad de la Diputación huelen que hemos localizado este piso, enviarán a un equipo de limpieza antes del anochecer.

—Llama a dos furgones de seguridad de la Policía Judicial de la Ertzaintza, Gorka —ordenó Ainara con firmeza inquebrantable—.

Que precinten el portal, carguen estas cuatro cajas y los discos duros del portátil en vehículos camuflados y los trasladen bajo escolta armada a la caja de caudales de mi despacho en Henao 9.

Si alguien pregunta en comisaría, di que se trata de diligencias reservadas de la Fiscalía Especial Anticorrupción.

♦ ♦ ♦

A las seis de la tarde, la oscuridad invernal había caído sobre el centro de Bilbao. Las farolas de fundición de la calle Henao arrojaban conos de luz amarilla sobre los adoquines mojados, reflejándose en los charcos que se acumulaban junto a las paradas de autobús de la Alameda Rekalde.

En el despacho de Ainara Zubiaga, en la segunda planta del edificio de la fiscalía provincial, las cuatro cajas de cartón incautadas en Deusto descansaban alineadas contra la pared del archivo, selladas con precinto judicial rojo y custodiadas por un agente uniformado de la Ertzaintza apostado en el pasillo.

Sobre la mesa de trabajo de la fiscal, junto a una taza con restos de café frío y el código penal abierto por el capítulo de los delitos de cuello blanco, el terminal telefónico seguro comenzó a vibrar con el timbre agudo y persistente de las comunicaciones prioritarias de la policía científica.

Ainara descolgó el auricular al instante:

—Fiscal Zubiaga.

Al otro lado de la línea, el zumbido de fondo de los espectrómetros de masas del laboratorio central de Erandio sonaba como una turbina lejana.

La voz que respondía pertenecía al doctor Koldo Madariaga, despojada de cualquier vacilación:

—Ainara, tengo delante de mí los cromatogramas finales del barrido toxicológico de Barandiarán.

La fiscal se puso en pie, aferrando el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le tornaron blanquecinos.

—Dime qué habéis identificado, Koldo.

—Positivo absoluto y categórico en digoxina —dictaminó el patólogo forense con la sequedad implacable del perito que lee una sentencia matemática—.

La concentración plasmática en la sangre venosa periférica arroja un valor de catorce coma dos nanogramos por mililitro.

El rango terapéutico ordinario de la digoxina en pacientes con insuficiencia cardíaca oscila entre cero coma cinco y dos nanogramos por mililitro.

A partir de dos coma cinco nanogramos nos encontramos en zona de toxicidad aguda severa.

Catorce coma dos nanogramos por mililitro es una dosis masiva, fulminante e incompatible con la vida humana.

Madariaga hizo una pausa breve mientras en el auricular se escuchaba el paso de un folio técnico:

—Hemos cotejado la muestra hemática con el humor vítreo del globo ocular y con el parénquima hepático.

Los niveles en humor vítreo marcan catorce coma un nanogramos por mililitro.

La coincidencia exacta entre ambos compartimentos descarta cualquier fenómeno de redistribución post mortem o artefacto de laboratorio.

La sustancia detectada no es un extracto vegetal casero de Digitalis purpurea ; es digoxina sintética purificada de grado farmacéutico hospitalario, formulada para administración inyectable de acción rápida.

Provoca un bloqueo auriculoventricular completo de grado tres en menos de diez minutos, seguido de una taquicardia ventricular polimórfica sin pulso y una asistolia irreversible, sin dar tiempo a que el miocardio desarrolle lesiones morfológicas visibles.

Ainara contuvo la respiración, sintiendo cómo el frío de la certeza le recorría la espina dorsal:

—¿Y la huella dactilar de la nota del Euskalduna, doctor? ¿El residuo graso blanquecino?

—Los químicos forenses acaban de caracterizarlo mediante espectrometría infrarroja por transformada de Fourier, FTIR —confirmó Madariaga—.

Se trata de un excipiente emoliente hidrosoluble compuesto por propilenglicol, alcohol bencílico y etanol.

Son exactamente los mismos disolventes estabilizadores que se utilizan en la fabricación de las ampollas de digoxina líquida concentrada para uso intravenoso en unidades de cuidados intensivos.

Quien tocó esa nota tenía los dedos manchados del líquido de una ampolla recién rota.

Abrieron la ampolla, impregnaron una gasa o un pañuelo y se lo aplicaron directamente sobre la mucosa oral o sublingual de Barandiarán en el aparcamiento o en el coche antes de trasladarlo a la platea del teatro.

La absorción transmucosa sublingual eludió el filtro hepático y desorganizó el ritmo cardíaco en cuestión de minutos.

El forense carraspeó con solemnidad antes de pronunciar el veredicto definitivo: