CAPÍTULO 4 — LA AUTOPSIA #2
—Primer hecho: el forro interior de seda de la americana que vestía Barandiarán fue rasgado con un instrumento cortante muy afilado mientras el cuerpo aún conservaba calor vital, con el único fin de vaciar un bolsillo interior con rapidez.
Segundo hecho: en el bolsillo interior izquierdo del pantalón, el inspector Atxaga recuperó una nota manuscrita de puño y letra de la víctima que contenía la dirección de la sede central de la OLAF en Bruselas, Rue Joseph II, 30 , y la hora exacta de una cita fijada para anoche a las nueve y media.
Esa nota presenta una huella dactilar latente fijada sobre un residuo químico graso que no pertenece al difunto.
Tercer hecho: exactamente treinta y dos minutos después de que se certificara la muerte, un servidor informático ubicado en Frankfurt intentó acceder remotamente al correo corporativo de Barandiarán para borrar sus registros de entrada y salida.
Y cuarto hecho: esta misma mañana he comprobado en Capuchinos de Basurto que el Director General de Recaudación llevaba tres semanas sacando cajas enteras de expedientes de comprobación tributaria de empresas pantalla del Ensanche a través del montacargas del garaje, burlando el control de seguridad de la Hacienda Foral.
Ainara clavó sus ojos verdes en los del magistrado, reduciéndolo a un silencio sofocante:
—Un corredor de maratón de cincuenta y cuatro años, con las coronarias revisadas hace seis meses en un reconocimiento médico de alta dirección sin la menor anomalía isquémica, no se muere de un síncope espontáneo en la butaca de un teatro a oscuras horas antes de entregar a los inspectores de la Comisión Europea el mayor dosier de fraude fiscal de la historia reciente de este país.
El médico de Osakidetza se limitó a constatar la parada cardiorrespiratoria, y el forense de guardia que hizo la apertura somera en el depósito no esperó los resultados de la cromatografía de gases.
Exijo que dictes de inmediato una providencia ordenando una segunda necropsia exhaustiva, con extracción reglamentaria de humor vítreo, bilis hepática y tejido miocárdico para un cribado toxicológico de amplio espectro en el laboratorio forense.
Si entierras ese cuerpo hoy, Fernando, cargarás para siempre con la responsabilidad procesal de haber encubierto un asesinato político.
Irazábal respiró con dificultad, mirando de reojo hacia la puerta cerrada del despacho.
Las gotas de sudor brillaban en su frente despejada.
La mención a la OLAF, a los servidores de Frankfurt y a las cajas desaparecidas de la Hacienda Foral había destruido cualquier apariencia de rutina administrativa.
—Si el laboratorio toxicológico no encuentra nada anómalo, Ainara...
—advirtió el magistrado con un hilo de voz ronca y temblorosa—, serás tú quien asuma la responsabilidad ante el Fiscal Superior y ante el Consejo General del Poder Judicial por haber paralizado el sepelio del Director de Recaudación en plena semana del Cupo.
—Asumo cada línea de mi escrito y cada minuto de demora procesal —zanjó Ainara, empujando la providencia ya redactada sobre el secante—. Firma ahora mismo. El furgón judicial de traslados está esperando en la dársena de Buenos Aires.
♦ ♦ ♦
A las doce menos cuarto del mediodía, el Instituto Vasco de Medicina Legal, cuya sede territorial en Bizkaia abría su portal institucional en el número diez de la calle Barroeta Aldamar, mantenía sus pabellones de autopsias en un estado de concentración absoluta.
La sala de necropsias número tres, ubicada en las galerías forenses conectadas con el complejo judicial, presentaba la crudeza aséptica, fría y deslumbrante de un quirófano de alta contención biológica.
Las paredes estaban revestidas de azulejos cerámicos esmaltados en blanco impoluto desde el suelo hasta el techo, sin molduras ni ventanas al exterior.
En el zócalo perimetral, los canales de drenaje de acero inoxidable conducían el agua de limpieza hacia filtros de decantación química.
El aire, renovado de manera incesante por extractores de presión negativa que zumbaban en las rejillas superiores con un zumbido grave y constante, olía a fenol concentrado, formaldehído, detergente enzimático y ese vaho ferroso y dulzón que desprendían las cavidades humanas recién abiertas sobre las mesas de autopsia.
En el centro exacto de la sala, bajo tres lámparas cialíticas de xenón que inundaban la plancha con una luz blanca y sin sombras, el cadáver de Iñigo Barandiarán reposaba en decúbito supino sobre una mesa quirúrgica articulada de acero perforado.
Ainara Zubiaga permanecía inmóvil a dos metros de la cabecera, enfundada en una bata estéril de polipropileno verde, calzas impermeables, guantes dobles de nitrilo, mascarilla de alta filtración FFP3 y una pantalla facial de policarbonato transparente que reflejaba la iluminación quirúrgica.
A su lado, con los brazos cruzados sobre el mono de goma y los hombros tensos como vigas de hierro, el inspector jefe Gorka Atxaga observaba el instrumental con la mandíbula apretada.
El médico forense responsable de la segunda pericia era el doctor Koldo Madariaga, jefe del servicio de Patología Forense del IVML en Bizkaia.
Era un profesional de cincuenta y seis años, de ademanes lentos y exactos, con una sólida reputación académica forjada en cientos de peritajes judiciales complejos.
Sus antebrazos velludos estaban cubiertos por manguitos de vinilo estanco que se ajustaban sobre los guantes quirúrgicos reforzados.
Madariaga sostenía una sierra oscilante de hueso con filtro de aspiración de partículas. Acababa de retirar el plastrón condrocostal mediante dos cortes limpios y simétricos a lo largo de las articulaciones de las costillas, exponiendo el mediastino anterior y la masa globular de los pulmones.
—Observen el pericardio parietal, fiscal —dijo Madariaga con voz apagada pero nítida a través de la mascarilla, señalando con unas pinzas de disección anatómica sin dientes la membrana que envolvía el corazón—.
La serosa está brillante, transparente y limpia.
No hay hemopericardio, no hay hematomas periaórticos que sugieran una disección aguda de la aorta torácica ni derrame inflamatorio que apunte a una pericarditis exudativa.
Con un bisturí de hoja curva y una tijera de enterotomía, Madariaga seccionó los troncos braquiocefálicos, las venas cavas y las arterias pulmonares con una destreza milimétrica.
Extrajo el corazón con ambas manos enguantadas, dejando que el lecho hemático drenara por la cavidad torácica, y lo colocó sobre la bandeja de una balanza electrónica de precisión instalada junto a la mesa.
La pantalla digital parpadeó antes de fijar la cifra: trescientos cuarenta y dos gramos.
—Un peso anatómico rigurosamente normal para un varón de su constitución corporal y un metro ochenta de estatura —explicó el forense—.
No existe hipertrofia del ventrículo izquierdo, como la que observamos de manera sistemática en los hipertensos de larga evolución que no reciben tratamiento adecuado.
El grosor de la pared miocárdica libre mide doce milímetros, dentro de los estándares fisiológicos óptimos.
Madariaga trasladó el órgano a una tabla de teflón ranurada.
Con un cuchillo de autopsia de hoja recta de treinta centímetros, procedió a realizar cortes coronales y transversales seriados de cinco milímetros de espesor desde la punta cardíaca hacia la base, lavando cada lámina con suero salino frío para despejar la superficie de corte.
Gorka Atxaga se adelantó medio paso, entrecerrando los ojos sobre las secciones musculares:
—¿Y las arterias coronarias, doctor? En el Euskalduna los facultativos de emergencias hablaron de un infarto de miocardio fulminante por oclusión trombótica.
—Mire usted mismo, inspector —respondió Madariaga, introduciendo una sonda acanalada milimétrica a través del ostium de la arteria coronaria descendente anterior y de la circunfleja izquierda—.
Las coronarias son completamente permeables en todo su trayecto epicárdico.
El endotelio vascular es liso, elástico y continuo.
No encontramos placas de ateroma calcificadas, no hay roturas de placa con trombos frescos ocluyendo la luz arterial y el miocardio ventricular no muestra ni la más leve palidez grisácea, ni el moteado hemorrágico ni la pérdida de brillo que caracterizan a las áreas de necrosis isquémica tras una oclusión arterial de más de treinta minutos.
Ainara fijó su mirada en el corte del tabique interventricular:
—Si no había infarto mecánico, Koldo, ¿cuál fue el mecanismo exacto de la parada cardíaca?
Madariaga dejó el cuchillo sobre la bandeja de desinfección y tomó de una caja metálica dos jeringas de vidrio estériles de veinte mililitros equipadas con agujas largas de punción raquídea:
—Un fallo bioeléctrico primario, Ainara.
Una arritmia ventricular caótica, probablemente una fibrilación ventricular sin pulso que desembocó en asistolia irreversible en cuestión de pocos minutos.
Y esa tormenta eléctrica celular no nace espontáneamente en un miocardio sano de cincuenta años; la provocan xenobióticos de alta toxicidad que interfieren de forma selectiva en los gradientes iónicos transmembrana de los miocitos.
Moléculas que paralizan la bomba de sodio y potasio o bloquean los canales de calcio sin necesidad de provocar necrosis tisular visible en el examen macroscópico ordinario.
El forense se inclinó sobre el rostro inerte de Barandiarán. Con una mano enguantada separó los párpados del ojo derecho, exponiendo la córnea transparente, e introdujo con suavidad la aguja a través del ángulo externo de la esclera hasta alcanzar la cámara posterior del globo ocular.