CAPÍTULO 3 — EL HOMBRE DE LA FRONTERA #4
—Conozco los límites del mandato, Marc. Si esto fuera un caso ordinario de malversación de fondos de cohesión agraria, habríamos remitido una denuncia a la Fiscalía Europea en Luxemburgo, a la EPPO que dirige Laura Codruța Kövesi.
Pero la Fiscalía Europea en España está sujeta a los fiscales delegados en Madrid que operan bajo el principio de jerarquía del Ministerio Fiscal estatal.
En el momento en que un fiscal europeo en Madrid pida los datos de recaudación de Bizkaia, los resortes de la política nacional van a saltar.
Madrid no quiere que nadie audite el cálculo del Cupo porque una revisión a la baja o al alza reabre la guerra de la financiación autonómica con Cataluña, Andalucía y Madrid.
Todos prefieren mirar hacia otro lado mientras la paz parlamentaria se mantenga en el Congreso de los Diputados.
La OLAF es el único organismo independiente de la Unión que tiene atribuciones para actuar con autonomía administrativa sin pedir permiso previo a la Fiscalía General del Estado español, amparada en el Reglamento 883/2013.
Delvaux clavó la punta del paraguas en la gravilla del sendero.
—Pero no tienes el poder de fuego de la Fiscalía Europea, Mathieu.
La EPPO tiene fiscales delegados nacionales que pueden ordenar detenciones y pedir registros a los jueces de instrucción españoles.
Tú no. Tú solo puedes pedir acceso voluntario a los locales comerciales y a las oficinas públicas.
Si una empresa pantalla en la Gran Vía de Bilbao te dice que no te abre la puerta, no puedes forzar la cerradura.
Tienes que ir a la comisaría de la Ertzaintza más cercana o llamar a la UDEF de la Policía Nacional y rogarles que soliciten una orden judicial a un magistrado instructor local que probablemente estudió Derecho con los mismos abogados que redactaron las sociedades instrumentales.
Y en Bilbao, la Ertzaintza es un cuerpo armado con una identidad corporativa feroz.
No aceptan órdenes de ningún gendarme francés ni de ningún auditor de Bruselas.
O te ganas el respeto de su brigada de Delitos Económicos desde el primer minuto, o te van a poner una patrulla de escolta que te llevará de paseo por el Guggenheim mientras los sospechosos queman los discos duros en una trituradora industrial.
—Conozco el terreno, Marc —respondió Mathieu con voz serena—.
Y conozco la lengua de esa tierra. Nací a cuarenta kilómetros de la ría de Bilbao, al otro lado de la muga.
Sé cómo piensan los inspectores forales y sé lo que pesa la soberanía en sus despachos.
No voy a darles lecciones de derecho comunitario; voy a ofrecerles una alianza procesal que no podrán rechazar si de verdad quieren salvar su sistema.
Delvaux firmó una orden de desplazamiento urgente sobre la carpeta portátil, arrancó la hoja autocopiativa de color amarillo y se la entregó a Mathieu junto a una tarjeta de crédito corporativa para gastos operativos de emergencia.
—Tienes autorización formal para una misión exploratoria de setenta y dos horas bajo el protocolo de enlace con las autoridades judiciales españolas —dijo Delvaux con tono adusto—.
Pero escucha bien lo que te voy a decir, Mathieu: la fiscal anticorrupción asignada a las diligencias previas en Bilbao se llama Ainara Zubiaga.
Los informes que nos llegan de la Fiscalía General del Estado en Madrid la describen como una profesional extraordinariamente brillante, metódica y peligrosa.
Hija de un industrial del metal del Duranguesado que se quitó la vida tras una quiebra fraudulenta provocada por una sociedad pantalla.
No le debe nada a ningún partido político, no le tiene miedo a los diputados forales y odia la ingeniería financiera con una furia casi religiosa.
Si intentas torearla con arrogancia de tecnócrata de Bruselas, te va a expulsar de su jurisdicción antes de que deshagas la maleta en el hotel.
Mathieu dobló la orden de misión y la guardó en el bolsillo de su abrigo.
—Una mujer que odia la ingeniería financiera y que no le debe favores a los políticos —dijo el vasco-francés con una leve sonrisa irónica que asomó por primera vez en las comisuras de sus labios—. Me parece la mejor socia posible para una cacería en el fango de la ría.
Delvaux negó con la cabeza, arrebujándose en su gabardina mientras reanudaba el paso hacia el arco de triunfo.
—Que la suerte te acompañe, Mathieu. Porque si te equivocas, la Comisión no reconocerá que te envió allí.
Mathieu vio alejarse la silueta encorvada de su superior bajo los tilos desnudos. En lugar de regresar de inmediato hacia la salida de la Rue de la Loi, permaneció varios minutos inmóvil bajo la lluvia fina, caminando con lentitud sobre la gravilla húmeda hacia las arcadas monumentales del parque.
El aire helado de Bruselas le trajo de golpe la memoria de su infancia en Ustaritz, en el caserío familiar alzado entre los robledales del valle del Nive.
Allí, junto al fuego bajo de la cocina de leña, su abuelo Pello Etcheverry —inscrito como Jean-Pierre en las actas de nacimiento del registro civil republicano de Bayona, pero conocido únicamente como Pello por todos los vecinos del valle— le había enseñado a comprender el verdadero significado de la frontera.
Pello había sido mugalari . Un contrabandista legendario de la muga pirenaica en los años oscuros y duros del franquismo y la posguerra europea.
Para Pello Etcheverry y los hombres de su generación, cruzar de noche los pasos escarpados del puerto de Izpegi o las trochas clandestinas de Dantxarinea cargando a hombros fardos de café, penicilina, tabaco rubio o piezas mecánicas de precisión no constituía un delito contra la sociedad ni un acto de bandolerismo.
Era una cuestión de ética ancestral, una reafirmación soberana de que los Pirineos no eran una barrera natural ni una trinchera militar, sino el corazón compartido de un mismo pueblo dividido artificialmente por los tratados de reyes y cancilleres de París y Madrid.
El código del mugalari era estricto, sobrio e inviolable: nunca comerciar con armas para el odio, nunca delatar a un compañero en la niebla, jamás enriquecerse a costa del hambre ajena y prestar auxilio a quien huyera de la persecución política en la orilla sur.
En las noches cerradas de temporal, cuando la Guardia Civil patrullaba las carreteras del Baztán con capotes de charol y la aduana francesa apostaba piquetes en los puentes del Bidasoa, los contrabandistas de Izpegi se reconocían en la penumbra con una contraseña transmitida de padres a hijos: «La sal no paga aranceles si el camino es de noche».
Esa frase guardaba el secreto de toda una cultura de resistencia. Y ahora, décadas después, Barandiarán la había recuperado en su mensaje de auxilio para denunciar la perversión del sistema: «La sal está en la norma».
Una honda contradicción desgarraba las entrañas de Mathieu.
Había dedicado veinte años de su vida a formarse en las instituciones más rigurosas de la República francesa: Sciences Po Bordeaux, la École Nationale d'Administration y la Dirección General de Finanzas Públicas en París.
Creía con convicción racional en el Estado de derecho, en la armonización fiscal comunitaria y en la supremacía de los tratados europeos frente a los feudos corporativos.
Se consideraba un servidor público leal a la Unión.
Sin embargo, bajo el paño gris de su traje sastre y la impecable dicción francesa aprendida en Estrasburgo, latía la sangre indómita de los pastores y contrabandistas de Baja Navarra y Lapurdi.
Sabía que los burócratas de Bruselas, con su fe ciega en los reglamentos abstractos, eran incapaces de entender que las leyes escritas en los despachos lejanos a menudo servían para encubrir la rapiña de los poderosos.
Su abuelo Pello lo había advertido siempre: «Mathieu, los hombres de la llanura escriben leyes para delimitar la tierra; los hombres de la montaña conocemos los pasos para cruzarla sin que nos vean.
Quien domina la gramática domina el laberinto» .
Para desenredar la madeja de Bilbao no bastaría con invocar los reglamentos de la OLAF ni exhibir directivas comunitarias ante jueces y fiscales escépticos.
Tendría que operar con la astucia paciente y el sigilo de un mugalari en la noche pirenaica: deslizarse entre las grietas de la ley, descifrar los silencios de la tierra y encontrar la sal oculta en los renglones de la norma.
♦ ♦ ♦
A las diez y cuarto de la mañana, Mathieu regresó a su despacho en la sexta planta de la Rue Joseph II para ultimar los preparativos de su partida.
Desconectó el ordenador portátil blindado de la estación de acoplamiento, guardó los cables de alimentación en su maletín de cuero marrón gastado y se sentó por última vez frente al terminal corporativo para volcar las copias de seguridad de las transmisiones telemáticas de Barandiarán en un disco duro externo criptográfico de alta densidad con carcasa de titanio.
Envolvió el dispositivo en una funda balística ignífuga y lo deslizó en el compartimento secreto del forro interior de su maletín.
Se colocó el abrigo de lana gris marengo, ajustó los botones de cuerno y cogió la pequeña bolsa de viaje donde guardaba una muda limpia, su neceser y un ejemplar encuadernado en tela oscura de la Norma Foral General Tributaria de Bizkaia que había solicitado al servicio de documentación jurídica del Consejo Europeo.
Salió del despacho, cruzó el pasillo central de la sexta planta con paso firme y bajó en el ascensor hacia el vestíbulo principal.
Al franquear los tornos de seguridad de la Rue Joseph II, el vigilante jurado de recepción le entregó el sobre oficial sellado con la tarjeta de embarque del vuelo regular SN-3715 de Brussels Airlines con destino al aeropuerto de Bilbao-Loiu, programado para las once horas y diez minutos.
Mathieu empujó la puerta giratoria acristalada y salió a la calle.