CAPÍTULO 2 — LA HACIENDA #4
El trayecto de regreso hacia el centro de la ciudad transcurrió bajo una tromba de agua violenta que transformaba las aceras de la Gran Vía en espejos negros donde reverberaban los faros de los autobuses urbanos de Bilbobus.
El aire húmedo del mediodía arrastraba ese olor a humo de calefacción central, café tostado y asfalto recalentado tan característico del invierno bilbaíno.
A las doce y media, Ainara empujó el pesado portón de bronce y cristal esmerilado de la Fiscalía Provincial de Bizkaia, en el número nueve de la calle Henao.
El vestíbulo interior del edificio señorial conservaba su atmósfera de tribunal decimonónico, con amplias escalinatas de mármol blanco de Markina desgastadas por los pasos de generaciones de letrados, techos altos decorados con molduras de escayola y ese silencio conventual que amortiguaba los pasos de los ujieres.
Subió por la escalera principal hasta la segunda planta, esquivando a un par de fiscales de menores que revisaban legajos junto a la barandilla de hierro forjado, y se desvió hacia la pequeña sala de café de personal situada al final del ala derecha.
Era una habitación estrecha y modesta, amueblada con una mesa de formica blanca, tres sillas plegables y una cafetera de goteo industrial que gorgoteaba ruidosamente sobre una bancada de linóleo manchada de posos secos.
El motor de la pequeña nevera instalada en el rincón emitía un zumbido metálico y continuo que llenaba el espacio de una vibración sorda.
Ainara se sirvió una taza de café solo, negro y espeso como betún, sin añadirle azúcar.
Dio un sorbo largo, sintiendo el amargor abrasador en la garganta mientras se acercaba al ventanal que daba al patio de manzana.
El cristal estaba empañado por la condensación interior; con la yema del dedo trazó una línea transparente para contemplar la lluvia que resbalaba por las fachadas de ladrillo rojo y las claraboyas de zinc de los edificios colindantes.
En ese instante, el teléfono móvil personal que llevaba en el bolsillo del abrigo comenzó a vibrar con un pulso rítmico e insistente.
Ainara sacó el terminal y miró la pantalla.
El identificador de llamada no mostraba ningún número de la centralita del Gobierno Vasco ni del juzgado de guardia. Mostraba una sola palabra grabada con mayúsculas en la memoria de la tarjeta:
«AMA».
Ainara cerró los ojos un instante, respirando hondo antes de deslizar el icono verde para descolgar.
— Bai, ama —dijo en voz baja, suavizando instintivamente la aspereza procesal de su garganta.
— Ainara, neska, zertan zabiz barriro? —la voz de Arantza Zubiaga llegó al otro lado de la línea con esa cadencia densa, áspera y entrañable del euskera vizcaíno de los caseríos del Duranguesado, impregnada de una angustia maternal que la distancia no hacía sino amplificar—.
He encendido la radio en la cocina hace diez minutos para escuchar las noticias del mediodía en Radio Euskadi.
Decían que ha aparecido muerto el director de la Hacienda de Bizkaia en el Euskalduna y que la fiscalía anticorrupción ha abierto diligencias penales de urgencia.
He sabido al instante que eras tú. Dime que no estás metida en eso, neska.
Por lo que más quieras, dime que no eres tú la que firma esos papeles.
Ainara apoyó la frente contra el cristal frío de la ventana, contemplando cómo una gota de lluvia solitaria se abría paso a través de la superficie empañada.
Al otro lado del teléfono, a casi cuarenta kilómetros de Bilbao, podía imaginar con nitidez casi dolorosa a su madre Arantza: una mujer de sesenta y seis años, de manos recias y nudosas deformadas por décadas de lavar piezas de metal en el taller y cuidar la huerta, de pie junto a la cocina económica de hierro fundido del caserío familiar de Atxondo, secando un plato de loza con un trapo de hilo gastado mientras miraba por el ventanal hacia las crestas calizas del monte Anboto cubiertas por la ventisca de nieve.
— Lasai, ama... —respondió Ainara procurando que no temblara su voz—.
Es solo el turno ordinario de guardia de la fiscalía.
Cuando una autoridad pública fallece fuera de su domicilio habitual, el protocolo exige que intervenga el juzgado de instrucción y el ministerio fiscal para certificar la causa natural del óbito.
No es más que una comprobación forense rutinaria.
— Ez iezadazu gezurrik esan, Ainara —la voz de Arantza se quebró con una mezcla de reproche y dolor acumulado—.
Conozco esa voz tuya desde que tenías diez años.
Usas las mismas palabras tranquilas y frías que usaba tu padre cuando los bancos le cerraban las pólizas de crédito y él nos decía que solo era un retraso en los pagos del trimestre.
Utzi jauntxo horiek beren bakean, alaba.
Deja en paz a los señores de Bilbao. Esos hombres de corbata y traje caro nunca pagan por lo que hacen.
Tienen a los jueces en sus consejos de administración, tienen a los periódicos comprados y se reparten el país en las cenas de los batzokis y los restaurantes del Ensanche mientras la gente trabajadora se desangra en los talleres.
El recuerdo de Josu Zubiaga cayó sobre el corazón de Ainara con el peso abrumador de una losa de granito.
Josu había sido tornero fresador de precisión en Durango.
Durante treinta años levantó con el sudor de su frente y créditos hipotecarios un taller auxiliar de mecanizado y matricería en el polígono de Landako, empleando a doce oficiales mecánicos que fabricaban moldes de estampación para las grandes plantas de automoción de la comarca.
Hasta que llegó la crisis de 2008 y la primera gran cadena de suspensión de pagos.
Los contratistas principales del Ensanche bilbaíno y los holdings financieros cobraron las subvenciones públicas forales para la reconversión industrial y endosaron los pagarés comerciales sin fondos a los pequeños talleres subcontratistas.
Josu hipotecó la casa de Durango, empeñó los ahorros de toda la vida y vendió la maquinaria para no dejar sin nómina a sus obreros.
Cuando acudió a las oficinas bancarias de la Gran Vía pidiendo un aplazamiento de tres meses para no ahogarse en la suspensión de pagos, los mismos directores que compartían palco en San Mamés con los consejeros del Gobierno Vasco le cerraron la ventanilla en la cara y ejecutaron los embargos en cuarenta y ocho horas.
Tres semanas después, una madrugada helada de noviembre, Ainara encontró a su padre colgado de una viga del pabellón vacío, con el buzo azul de trabajo puesto y las manos manchadas de taladrina.
Ainara bajó la vista hacia su muñeca izquierda.
Bajo la manga del traje sastre de lana gris, asomaba la esfera metálica rayada y sobria del reloj de acero macizo Certina DS que había pertenecido a Josu.
El cronómetro mecánico de los años setenta, con su bisel desgastado por el roce constante de las virutas de acero y la grasa del torno, seguía marcando los segundos con un tic-tac firme, metálico e insobornable.
Aquella pieza era el único legado que Josu le había dejado en el mundo; el recordatorio físico de que la verdadera justicia no se negocia en despachos alfombrados ni se firma con estilográficas de oro.
— Ez da ezer gertatuko, ama —susurró Ainara apretando la mandíbula hasta que le dolieron las muelas—. Te prometo que tengo cuidado. Cenaré algo caliente esta noche y te llamo en cuanto termine las declaraciones en el juzgado. Cuídate mucho y no salgas al corral con este frío.
— Zaindu zaitez, neska... —se despidió Arantza con un suspiro resignado antes de cortar la comunicación—. Zaindu zaitez, otoi.
Ainara guardó el teléfono en el bolsillo, dejó la taza de café vacía en el fregadero y se quedó unos instantes inmóvil, aspirando el aire húmedo de la sala de descanso. Sus dedos acariciaron la corona de cuerda manual en su muñeca, sintiendo el frío del metal contra la piel.
Salió al pasillo y avanzó con paso decidido hacia su despacho.
Al alcanzar la puerta de madera maciza con la placa de latón grabada con su cargo institucional, se detuvo en seco.
Sobre la bandeja de madera de roble donde los ujieres depositaban la correspondencia urgente de la mañana, descansaba un sobre de papel kraft de gran formato, sellado en sus cuatro bordes con cinta adhesiva de seguridad con filamentos de fibra de vidrio.
En el centro del sobre, marcado con un tampón de tinta roja bermellón de trazo grueso que destacaba con la violencia de una herida abierta, figuraba el membrete oficial del servicio de inteligencia del Estado:
«CENTRO NACIONAL DE INTELIGENCIA — DIVISIÓN DE CONTRAINTELIGENCIA — ASUNTO CLASIFICADO / RESERVADO — ENTREGA EXCLUSIVA EN MANO A LA TITULAR».
♦ ♦ ♦
Ainara cerró la puerta de su despacho con el pestillo interior, encendió la lámpara de sobremesa con pantalla de cristal verde esmeralda y se sentó tras el escritorio de castaño.
El reflejo verdoso de la luz tamizada teñía los repertorios de jurisprudencia y los archivadores de palanca que cubrían las paredes de la estancia, creando una atmósfera de aislamiento claustrofóbico frente al aguacero que azotaba los cristales del patio interior.
Tomó el abrecartas de latón con empuñadura moldurada que descansaba sobre el secante de piel, rasgó con un movimiento limpio el precinto de fibra de vidrio del sobre kraft y extrajo el pliego de documentos grapado en la esquina superior izquierda.
Eran cuatro hojas de papel de alto gramaje con marcas de agua del Ministerio de Defensa. En el encabezado de la primera página, bajo el escudo constitucional de España y un código alfanumérico de clasificación de seguridad, figuraba el título de la comunicación:
«NOTA INFORMATIVA PROVISIONAL — DIVISIÓN DE CONTRAINTELIGENCIA ECONÓMICA Y SEGURIDAD FINANCIERA — REF: EXP-CNI/2026/044-B».
Ainara comenzó a leer. Cada línea que recorría con la mirada encendía en su mente una señal de alarma procesal más estridente que la anterior.