CAPÍTULO 2 — LA HACIENDA
Frente a la marquesina acristalada del acceso principal, el trasiego matinal de contribuyentes, abogados de empresa y gestores administrativos discurría con la indiferencia apresurada de un martes cualquiera.
Hombres y mujeres con abrigos oscuros empuñaban paraguas goteantes y apretaban contra el pecho carteras de cuero hinchadas de balances mercantiles, declaraciones trimestrales y certificados de retenciones bancarias, ajenos por completo al terremoto silencioso que se gestaba en los despachos superiores del edificio.
Ainara Zubiaga cruzó la dársena exterior con el paso firme y seco que marcaban sus botines de suela de goma.
Llevaba un traje sastre de lana gris marengo, cortado con sobriedad bajo un abrigo largo de paño negro cuyo cuello cerrado apenas dejaba ver la tira almidonada de una camisa blanca de cuello camisero.
A su lado, Gorka Atxaga caminaba con los hombros encogidos contra el viento helado del estuario, sacudiendo las gotas de lluvia de las solapas de su gabardina oscura.
Al alcanzar la cancela de seguridad que separaba el vestíbulo de atención ciudadana de los tornos mecánicos de acceso a los ascensores corporativos, el vigilante jurado de servicio se interpuso con la mano extendida hacia el lector de tarjetas.
Gorka se detuvo en seco, extrajo la cartera de cuero oscuro del bolsillo interior de su abrigo y mostró su placa reglamentaria de la Ertzaintza con un movimiento seco, acompañado de una copia sellada del mandamiento judicial dictado a las siete de la mañana por el Juzgado de Instrucción número cuatro de Bilbao.
—Comisión judicial de la Policía Judicial y Fiscalía Delegada Anticorrupción —dijo Gorka con un timbre de barítono que hizo retroceder medio paso al empleado de seguridad—.
Cuarta planta. Dirección General de Recaudación.
Y avise a la centralita de que las cámaras del pasillo este deben quedar grabando en bucle local sin conexión a red externa hasta nueva orden.
El guardia tragó saliva, pasó una tarjeta maestra por el sensor del torno y franqueó el paso sin formular una sola objeción.
Subieron en el montacargas de servicio para eludir las miradas curiosas de los inspectores de tributos que comenzaban a llenar los descansillos.
En el interior metálico de la cabina, el silencio solo quedaba roto por el zumbido de los motores de tracción y el tenue olor a cera líquida y desinfectante industrial.
Ainara no desvió la vista de los números luminosos del panel de mandos, pero sus dedos apretaron con fuerza el maletín de cuero donde custodiaba las diligencias incoadas durante la madrugada.
Cuando las compuertas correderas se abrieron en el cuarto piso, el ambiente en el pasillo central de la Dirección General de Recaudación parecía suspendido en un vacío casi clínico.
Los paneles de vidrio esmerilado que compartimentaban los departamentos de gestión censal, exacciones forales y recaudación ejecutiva devolvían una iluminación blanca y lechosa.
Aunque los teléfonos de mesa sonaban esporádicamente en las mesas de los técnicos, nadie alzaba la voz.
Los empleados conversaban en corrillos tensos, cuchicheando tras carpetas abiertas mientras lanzaban miradas oblicuas hacia la puerta de doble hoja de roble macizo situada al fondo del ala norte: el despacho particular de Iñigo Barandiarán.
Sobre la cerradura electrónica de la entrada colgaba una cinta adhesiva precintada con el sello judicial de la Ertzaintza, colocada a las dos y media de la madrugada por la patrulla de custodia.
Junto a la antesala de secretaría, sentada tras una mesa de chapa de nogal donde se acumulaban tres teléfonos con luces rojas parpadeantes y una bandeja de correspondencia oficial desbordada, una mujer de unos cincuenta años con chaqueta de punto gris marengo y gafas de lectura apoyadas en el regazo sostenía un vaso de agua de plástico con ambas manos.
Sus dedos temblaban con una vibración tan constante que la superficie del agua formaba ondas concéntricas contra el reborde blanco.
Era Nekane Bilbao. Dieciséis años ininterrumpidos como secretaria personal y mano derecha administrativa del Director General de Recaudación.
Al ver aproximarse a Ainara y a Gorka, Nekane se incorporó con lentitud, apretando el pañuelo de papel arrugado contra la falda.
Tenía los ojos hinchados por el llanto reciente, enrojecidos bajo la luz fluorescente del falso techo, pero en su semblante demacrado asomaba también el pavor glacial de quien siente que los cimientos del suelo que pisa se han disuelto durante la noche.
—Señora fiscal... —articuló Nekane con un hilo de voz quebrado—. La radio ha dicho a las ocho que don Iñigo... que sufrió una parada en el Euskalduna. Que fue el corazón. Pero la policía precintó el despacho antes del amanecer. Dígame la verdad, por favor. ¿Qué ha pasado con él?
Ainara se detuvo a un metro del escritorio, guardó silencio dos segundos para amortiguar el impacto emocional de la empleada y apoyó el maletín con suavidad sobre el mostrador.
—Estamos instruyendo diligencias previas bajo secreto de sumario, señora Bilbao —respondió con un tono templado pero desprovisto de cualquier atisbo de vacilación—.
La causa médica del fallecimiento está pendiente de confirmación forense en el Instituto Vasco de Medicina Legal.
En este momento, nuestra obligación legal es asegurar el contenido de este despacho para garantizar que ningún documento tributario sea alterado o destruido.
Gorka extrajo una navaja de bolsillo con empuñadura de asta, cortó con un tajo limpio el precinto de la puerta y deslizó la tarjeta magnética judicializada que el juzgado de instrucción había autorizado en el auto de entrada y registro.
El cerrojo motorizado emitió un chasquido agudo y la pesada hoja de madera de roble cedió hacia el interior.
—Entre con nosotros, Nekane —indicó Ainara con un gesto de la mano—. Usted va a presenciar cada diligencia en calidad de testigo presencial y secretaria de dirección, tal y como exige el artículo 569 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.
El despacho de Iñigo Barandiarán era una estancia cuadrangular de unos cincuenta metros cuadrados, sobria y austera como correspondía a un funcionario de carrera que había ascendido peldaño a peldaño desde los cuerpos técnicos de inspección de los años noventa.
Una amplia ventana de doble acristalamiento dominaba la perspectiva exterior hacia la ría y los tinglados ferroviarios de la estación de mercancías de Olabeaga.
Dos paredes completas estaban cubiertas por estanterías de fresno claro donde se alineaban cientos de archivadores de palanca de color negro, etiquetados por ejercicios fiscales y comarcas forales, junto a las colecciones completas y encuadernadas en piel granate del Boletín Oficial de Bizkaia y los repertorios de jurisprudencia del Tribunal Económico-Administrativo Foral.
Sobre la mesa principal, un tablero macizo de castaño con embocadura de latón, reinaba un orden casi castrense: un ordenador con monitor de veinticuatro pulgadas apagado, un plumier de cuero con dos estilográficas de plata, un bloc de notas de papel pautado sin anotaciones visibles y una bandeja metálica de entrada donde descansaba una única circular interna sobre la previsión de ingresos tributarios por el Impuesto sobre la Renta de no Residentes.
Ainara se calzó unos guantes de nitrilo azul oscuro que extrajo del bolsillo de su abrigo.
Avanzó despacio hacia el centro de la estancia, aspirando el aire enrarecido.
Olía a papel antiguo, a moqueta recién limpiada y a ese residuo metálico propio de los equipos informáticos que se apagan tras haber funcionado durante semanas sin descanso.
—Nekane —dijo la fiscal, señalando con la mirada la pulcritud absoluta de la superficie de trabajo—.
En su condición de secretaria de dirección, usted gestionaba la agenda de don Iñigo, el registro de entradas y salidas de correspondencia reservada y la petición de legajos al archivo central de la Hacienda Foral.
¿Es esta la disposición habitual en la que el director dejaba su despacho al terminar la jornada?
La secretaria permaneció en el umbral, retorciendo el vaso de plástico vacío entre las manos enguantadas en frío.
—Don Iñigo era un hombre metódico, señora fiscal. Extremadamente pulcro. No soportaba una carpeta fuera de su sitio ni un expediente sin foliar. Pero en las últimas tres semanas... todo cambió. Se volvió reservado. Casi esquivo.
—Desarrolle eso, por favor —pidió Ainara, sacando su libreta de notas con tapas de hule negro y desenroscando la pluma—. Cada detalle cuenta.
—Empezó a cancelar los compromisos oficiales fuera de esta sede —explicó Nekane con voz temblorosa, dando un paso vacilante hacia el interior del despacho—.
Don Iñigo representaba a la Diputación en la Comisión Mixta del Concierto y en los comités técnicos interinstitucionales con Álava y Gipuzkoa.
Comía casi todos los jueves en la Sociedad Bilbaína con los directores de los bancos locales o en el Carlton con los miembros de la patronal para coordinar las previsiones de cobro del Impuesto sobre Sociedades.
Pues bien, a finales de enero anuló de golpe todas las citas.
Dijo que tenía jaquecas, que los médicos le habían ordenado reposar y que no le pasara ninguna llamada que viniera de la séptima planta.
De la planta donde está el gabinete del Diputado Foral de Hacienda y Finanzas.
Gorka Atxaga, que había comenzado a inspeccionar con una linterna de haz plano las uniones de las estanterías de fresno y la base de los zócalos de madera, alzó la mirada hacia la secretaria.
—¿Y qué hacía aquí encerrado si no atendía a la patronal ni a los diputados, Nekane? —preguntó el inspector de la Ertzaintza.