El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 1 — EL ÓRGANO #4
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CAPÍTULO 1 — EL ÓRGANO #4

Frente a ella, en la otra orilla, las torres acristaladas de Isozaki Atea se alzaban hacia el cielo encapotado como dos cuchillas de vidrio oscuro que reflejaban la iluminación mortecina de los puentes.

Respiró hondo, llenándose los pulmones de ese aire denso que olía a salitre, lodo y lluvia atlántica.

Ella se había hecho fiscal para eso. No para perseguir a carteristas en la plaza Circular ni para tramitar alcoholemias en la autopista A-8, sino para descifrar la arquitectura invisible del dinero que destruía las vidas de hombres como su padre.

Para ella, el Concierto Económico, las Juntas Generales y el autogobierno foral no eran consignas políticas de mitin dominical ni reliquias folclóricas del carlismo decimonónico: eran la piel protectora de una sociedad que había sobrevivido a guerras, crisis industriales y reconversiones brutales gracias a su capacidad de recaudar y administrar sus propios recursos con rigor comunal.

Pero sabía con una lucidez implacable que todo sistema complejo genera sus propios parásitos, y que cuando la foralidad se convertía en un escudo para que los depredadores financieros operaran en la sombra, la ley dejaba de ser justicia para convertirse en complicidad.

De pronto, la vibración repentina de su teléfono móvil de servicio en el bolsillo interior del abrigo rompió el hilo de sus pensamientos.

Ainara extrajo el terminal. En la pantalla táctil iluminada parpadeaba una notificación de alerta crítica del Centro de Servicios Informáticos y Telecomunicaciones de la Fiscalía General del Estado (CSIRT Judicial):

«ALERTA DE SEGURIDAD N2-INT: Intento de acceso remoto no autorizado detectado en la cuenta corporativa de correo de la Diputación Foral de Bizkaia ([email protected]).

Origen de la conexión: Dirección IP no estática enrutada a través de un nodo Tor en Frankfurt (Alemania).

Hora del intento: 23:48 h. Estado: Bloqueado por autenticación de doble factor tras tres intentos fallidos de clave de firma digital. »

Ainara clavó los ojos en la marca temporal del mensaje.

Las veintitrés horas y cuarenta y ocho minutos.

Apenas treinta y cinco minutos después de que el conserje Goikoetxea descubriera el cuerpo sin vida de Barandiarán en la butaca del Euskalduna, y mientras ella misma aún inspeccionaba la sala junto al médico de Osakidetza, alguien desde el extranjero intentaba entrar en los buzones reservados del Director General de Recaudación para vaciar sus correos electrónicos antes de que la policía judicial pudiera intervenir los servidores.

Apretó el móvil entre los dedos enguantados y aceleró el paso hacia el puente del Ayuntamiento.

Ya no había ninguna duda. Iñigo Barandiarán no se había muerto de un infarto. Lo habían ejecutado.

♦ ♦ ♦

Eran la una y cuarenta y cinco de la madrugada cuando Ainara empujó el pesado portón de roble y cristal esmerilado del edificio de la Fiscalía Provincial de Bizkaia, en el número nueve de la calle Henao.

El inmueble, una construcción señorial del primer Ensanche bilbaíno de principios del siglo XX con techos altos de molduras de escayola, suelos de linóleo gris gastado por décadas de trasiego de funcionarios y amplios pasillos donde el aire conservaba ese olor rancio a papel timbrado acumulado en legajos judiciales, café de máquina y calefacción central de agua caliente, estaba sumido en un silencio conventual.

El vigilante de seguridad de la entrada, un hombre entrado en años que leía un periódico deportivo tras el mostrador de recepción, se incorporó al verla entrar.

—Buenas noches, señora fiscal. ¿Trabajo de guardia a deshoras?

—Póngame una jarra de café de la sala de vistas en el despacho, Roberto, por favor —respondió Ainara sin detenerse, subiendo la escalinata de mármol hacia la segunda planta—. Y no me pase llamadas externas salvo que sea el inspector jefe Atxaga o el juzgado de instrucción número cuatro.

Entró en su despacho, un habitáculo austero de cuarenta metros cuadrados dominado por tres ventanales que daban al patio de manzana interior.

Las paredes estaban cubiertas de estanterías metálicas hasta el techo, repletas de tomos encuadernados del Boletín Oficial de Bizkaia, repertorios de jurisprudencia del Tribunal Supremo y archivadores de palanca con las carpetas de las macrocausas por fraude societario y alzamiento de bienes que su sección investigaba.

Se quitó los botines empapados, los dejó junto al radiador de hierro fundido que gorgoteaba con un silbido constante y se colocó un par de zapatillas de descanso de fieltro que guardaba en el cajón inferior.

Encendió la lámpara de sobremesa con pantalla verde de banquero y pulsó el botón de arranque del terminal corporativo de alta seguridad conectado a la red cerrada de la administración de justicia.

Abrió el cuaderno de diligencias sobre el secante de piel del escritorio y releyó la anotación manuscrita que había copiado literalmente del papel intervenido en el Euskalduna:

«Joseph II, 30. 21:30.»

Accedió con su certificado digital de fiscal al directorio internacional de enlaces institucionales de la Red Judicial Europea (EJN) y a la base de datos de inmuebles comunitarios de la Comisión Europea.

Tecleó en el motor de búsqueda la dirección exacta de Bruselas: Rue Joseph II, 30, 1000 Bruxelles .