El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 1 — EL ÓRGANO #3
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CAPÍTULO 1 — EL ÓRGANO #3

Mendia introdujo las pinzas con sumo cuidado entre la seda desgarrada y la entretela de crin de caballo.

El metal de las pinzas hizo tope contra un pliegue oculto en la parte inferior del bolsillo, justo encima de la costura del dobladillo.

Con un movimiento milimétrico, el perito extrajo un trozo de papel timbrado doblado meticulosamente en cuatro pliegues entre dos tarjetas de visita de una imprenta industrial de Basauri.

Gorka cogió el papel con las pinzas estériles y lo desdobló sobre una superficie plana que el perito iluminaba con el haz halógeno.

Era un fragmento de papel cuadriculado de alto gramaje, arrancado con precisión milimétrica del lomo de una libreta técnica de contabilidad.

En el centro de la cuartilla, trazadas con una tinta azul densa y brillante de pluma estilográfica que delataba un trazo firme pero con un ligero temblor terminal en los trazos descendentes, solo figuraban dos líneas de texto:

«Joseph II, 30. 21:30.»

Gorka frunció el ceño, acercando la cara al papel hasta que el vapor de su respiración empañó el borde del plástico protector.

—Joseph segundo, treinta. Veintiuna treinta —leyó en voz alta, levantando la vista hacia Ainara con una mezcla de perplejidad e ironía defensiva—.

¿Qué demonios es esto? ¿El número de una habitación de hotel?

¿La consulta privada de un cardiólogo de pago en Madrid o en Burdeos?

Igual el hombre tenía una dolencia coronaria que no quería que constara en los partes de la mutua foral para no perder peso en la comisión negociadora.

O una cita clandestina. Ya sabes cómo son algunos de estos altos cargos del PNV cuando cruzan los cincuenta: mucho caserío, mucha misa en Begoña y luego un picadero discreto en Las Arenas o en el Ensanche para desconectar del presupuesto.

Ainara lo miró con esa frialdad quirúrgica que no admitía concesiones al chascarrillo fácil.

—Iñigo Barandiarán no era un aficionado que anotaba citas de cama en papel de balance contable con una pluma Montblanc, Gorka —dijo ella con voz tajante—.

Era el Director General de Recaudación de Bizkaia.

Un matemático que llevaba veintiocho años revisando cada coma de las Normas Forales tributarias.

No gastaba tinta en tonterías ni guardaba notas sueltas en el bolsillo interior de su chaqueta si no tenían una trascendencia procesal absoluta.

Mendia sacó entonces de su maletín una linterna ultravioleta forense de onda corta, regulada a trescientos sesenta y cinco nanómetros, y apagó los halógenos de trabajo de la sala.

En la oscuridad repentina del auditorio, el trozo de papel cuadriculado comenzó a emitir una fluorescencia azulada y espectral bajo la luz UV.

—Miren aquí, inspector —señaló el perito, apuntando con el puntero plástico hacia el ángulo inferior derecho del papel.

Sobre la superficie del papel, justo debajo de la cifra horaria, la radiación ultravioleta reveló con nitidez el dibujo de una huella dactilar latente.

No era una marca limpia de sudor dérmico, sino una impronta pastosa y blanquecina, con las crestas papilares perfectamente definidas en un patrón de presilla interna que resaltaba con un brillo verdoso y denso.

—Residuo lipídico con trazas minerales —determinó Mendia tras una observación microscópica de campo—.

Es una grasa industrial o un compuesto emoliente farmacéutico de alta viscosidad.

El que tocó este papel antes de que se doblara tenía las manos manchadas con una sustancia que no es de uso común en una oficina de recaudación tributaria.

Y las dimensiones de las crestas papilares corresponden a una mano ancha, de complexión pesada, incompatible con los dedos finos del señor Barandiarán.

Ainara sintió una punzada eléctrica en la base del cráneo.

—Precíntalo en bolsa de polietileno con atmósfera inerte, Mendia —ordenó la fiscal, recuperando su cuaderno de diligencias—.

Y que el laboratorio de toxicología forense de la policía autonómica en Erandio analice esa sustancia grasa antes de que termine la madrugada.

Quiero saber qué contiene ese residuo: si es lubricante de maquinaria, base de parafina o un excipiente químico sintético.

Gorka se incorporó despacio, haciendo crujir las vértebras lumbares mientras contemplaba cómo dos camilleros judiciales cubrían el cuerpo de Barandiarán con una sábana impermeable de plástico gris antes de deslizarlo dentro de la funda de transporte de cremallera estanca.

—Ainara —dijo el policía con voz sombría mientras los ecos metálicos de la cremallera llenaban el silencio del teatro—.

Si esto no es una muerte natural por infarto de miocardio como sostiene el doctor Larrea, nos estamos metiendo en un avispero que va a hacer temblar a la Diputación entera.

La firma del Cupo de este jueves fija la aportación económica de Euskadi al Estado para los próximos cinco años: más de mil cuatrocientos millones de euros anuales que se calculan sobre el índice de imputación del seis coma veinticuatro por ciento.

Barandiarán era la única persona que conocía al céntimo las liquidaciones provisionales de los tres territorios históricos y los ajustes del IVA transfronterizo.

Si alguien lo ha quitado de en medio la noche antes de las comisiones técnicas, la onda expansiva no se va a parar en la ría de Bilbao.

Ainara se ajustó el cuello del abrigo y miró por última vez hacia la butaca catorce de la fila siete, donde el terciopelo granate conservaba todavía la huella hundida del cuerpo ausente.

—La onda expansiva acaba de empezar, Gorka —respondió ella mientras se dirigía hacia la salida de emergencia—. Y tú y yo vamos a estar en el epicentro cuando estalle.

♦ ♦ ♦

Ainara rechazó el coche patrulla que la Ertzaintza había dispuesto para trasladarla de regreso a su domicilio y prefirió hacer el camino a pie, bordeando las márgenes de la ría del Nervión.

Eran las doce y cuarenta de la noche cuando las puertas acristaladas del Palacio Euskalduna se cerraron a sus espaldas.

El sirimiri había amainado ligeramente, transformándose en una bruma espesa y gélida que flotaba sobre la lámina de agua del estuario como un sudario grisáceo.

Ainara caminó a paso largo por el muelle de Evaristo Churruca, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y la cabeza inclinada contra las ráfagas intermitentes del viento norte.

A su derecha, la ría discurría en marea baja, dejando al descubierto los muros de sillería renegrida cubiertos de mejillones y algas pardas donde las viejas argollas de amarre de hierro forjado recordaban la época en que los vapores británicos cargaban mineral de hierro en las campas de Olabeaga.

Bajo sus botas, el granito del pavimento de Abandoibarra resonaba con un eco seco y solitario.

Al pasar bajo la pasarela peatonal Zubizuri —ese puente arqueado de acero blanco y suelo de cristal que Santiago Calatrava había suspendido sobre el agua como una escultura vegetal—, el roce metálico del reloj Certina DS de su padre contra la hebilla de su bolso de cuero despertó en su memoria un dolor sordo y familiar que jamás la abandonaba.

Hacía quince años de aquella mañana de noviembre en Durango.

Ainara tenía entonces veintidós años y cursaba el último año de la licenciatura de Derecho en el campus de Leioa de la Universidad del País Vasco.

Su padre, Josu Zubiaga, era un hombre cabal, callado y meticuloso, nacido en un caserío de piedra caliza en las faldas del monte Anboto, en Atxondo, que había dedicado treinta años de su vida a levantar un taller de mecanizado de piezas de alta precisión para maquinaria de estampación en el polígono industrial de Durango.

No debía un solo euro a la Seguridad Social, pagaba a sus doce torneros el primer día de cada mes conforme a las tablas del convenio del metal de Bizkaia y consideraba que el Concierto Económico foral era el pacto sagrado que permitía a los vascos gestionar su esfuerzo sin pedir limosna a nadie.

Hasta que una sociedad instrumental domiciliada formalmente en un despacho de abogados del Ensanche de Bilbao —un cascarón jurídico con nombre inglés que figuraba inscrito en el Registro Mercantil con un capital social mínimo de tres mil euros— le encargó una serie de componentes de titanio para un supuesto proyecto eólico financiado con fondos europeos y avales de innovación tecnológica.

Josu entregó el material en los plazos fijados tras hipotecar la maquinaria del taller y pedir pólizas de crédito personales para comprar la materia prima.

Dos semanas después, cuando los pagarés por importe de cuatrocientos veinte mil euros vencieron en la ventanilla bancaria, la sociedad instrumental se evaporó en un concurso de acreedores voluntario presentado con nocturnidad en el juzgado de lo mercantil.

No había oficinas reales, no había bienes embargables, no había maquinaria: solo un testaferro insolvente con residencia en Chipre y una red de transferencias opacas que habían drenado los fondos hacia paraísos fiscales a través de deducciones fiscales por investigación y desarrollo que la propia Hacienda Foral había visado sin verificar la realidad de los proyectos.

El banco ejecutó las garantías en cuarenta y ocho horas. Los doce trabajadores quedaron en la calle sin indemnización y el taller fue precintado por la comisión judicial.

A la mañana siguiente, cuando Ainara bajó al taller para recoger los libros de contabilidad que su padre guardaba en la oficina técnica, encontró a Josu Zubiaga colgado de una maroma de cáñamo atada a la viga maestra del puente grúa, justo encima del torno de control numérico que había terminado de pagar tres meses antes.

En el bolsillo de su mono azul de faena solo había una nota escrita a lápiz sobre una orden de trabajo: «El dinero no existe, Ainara. Solo existen los que saben esconderlo detrás de las leyes.»

Ainara se detuvo sobre el muelle de Uribitarte, apoyando las palmas de las manos sobre la barandilla de hierro mojado.