CAPÍTULO 1 — EL ÓRGANO #2
—Señora fiscal. El óbito se produjo con anterioridad a nuestra llegada.
Ausencia total de constantes vitales: asistolia en el trazado electrocardiográfico de diez segundos, arreflexia pupilar con midriasis media bilateral y frialdad distal incipiente en los lechos ungueales.
No hay cianosis periférica llamativa en el rostro ni espuma en las comisuras labiales.
Tampoco se observan hematomas periorbitarios, signos de estrangulamiento, petequias en las conjuntivas ni desgarros traumáticos en el cuello o las muñecas.
El tórax está íntegro. El pulso carotídeo era ya inexistente a las veintitrés horas y cinco minutos, cuando Goikoetxea me dio paso.
Salvo que la autopsia judicial determine otra causa orgánica en el laboratorio, el cuadro es plenamente compatible con un síncope cardiorrespiratorio agudo, un infarto masivo de miocardio fulminante.
Ainara no respondió de inmediato. Se colocó un par de guantes de examen que extrajo de su bolso y bajó despacio los tres escalones que separaban el pasillo de la fila siete, deteniéndose a medio metro del cadáver.
Iñigo Barandiarán vestía un traje sastre de lana fría azul marino impecablemente planchado, camisa blanca de cuello inglés sin una sola arruga y una corbata de seda con motas grises cuyo nudo permanecía perfectamente centrado bajo la nuez.
Sobre sus hombros descansaba un abrigo de cachemira negro abierto, con las solapas caídas de manera simétrica sobre los brazos de la butaca.
Sus manos, de dedos largos y uñas limpias, reposaban sobre los muslos, con las palmas entreabiertas hacia arriba en una actitud casi meditativa, como si aquel hombre de cincuenta y cuatro años se hubiera sentado en el teatro vacío a escuchar un acorde imaginario del órgano antes de cerrar los ojos para siempre.
—Un infarto fulminante —murmuró Ainara, midiendo cada sílaba con esa lentitud reflexiva que desesperaba a los instructores policiales más apresurados.
—Es lo más frecuente en varones de su franja de edad sometidos a un nivel de estrés continuado, fiscal —apuntó Larrea, guardando el fonendoscopio en el maletín—.
Y más esta semana. Todos sabemos la presión bajo la que estaba la dirección de la Hacienda Foral con el cierre de las comisiones del Concierto y el cálculo definitivo del Cupo que se firma este jueves.
Ainara se inclinó sobre el cuerpo sin tocarlo, estudiando la tensión de los músculos faciales bajo la luz blanca del halógeno.
—El señor Barandiarán no fumaba, doctor —dijo ella con voz baja y precisa—.
Corría la media maratón de Bilbao todos los otoños en menos de una hora y cuarenta minutos.
Cenaba pescado al vapor en su casa de Neguri a las nueve de la noche con una disciplina espartana y su último chequeo médico de empresa en Capuchinos de Basurto, hace apenas cuatro meses, arrojó una tensión arterial de doce sobre ocho y un colesterol LDL por debajo de noventa miligramos por decilitro.
Los hombres que cuidan su corazón con esa exactitud obsesiva no sufren un colapso cardíaco fulminante sentados en la fila siete de un teatro a oscuras sin desabrocharse el primer botón de la camisa, sin llevarse las manos al esternón para desgarrarse la tela por el dolor precordial y sin mover los pies de la moqueta para amortiguar el espasmo de la agonía.
El médico guardó silencio, tragando saliva con evidente incomodidad.
Ainara se agachó lentamente, apoyando una rodilla sobre la moqueta para nivelar sus ojos con la cintura del difunto. Con la punta de los dedos índice y corazón enguantados, separó con suavidad la solapa izquierda de la americana de lana para acceder al bolsillo pectoral.
Fue en ese instante cuando la certeza forense se clavó en su mente con la precisión de un bisturí.
El forro interior de seda italiana de la chaqueta estaba abierto en su costura vertical.
No era una rotura por desgaste ni un descosido natural: el pespunte de hilo azul marino había sido seccionado recientemente con una hoja afilada o rasgado de un tirón violento, dejando al descubierto la entretela blanca del sastre.
Alguien había registrado los bolsillos interiores de Iñigo Barandiarán con una prisa feroz antes de colocarle con delicadeza las manos sobre los pantalones, cerrar el abrigo de cachemira y abandonar el auditorio por una puerta de servicio.
Ainara alzó la vista hacia el vigilante Goikoetxea, cuyos ojos desorbitados reflejaban las sombras alargadas de los tubos del órgano sobre el escenario.
—Goikoetxea —ordenó la fiscal con un tono gélido que retumbó en la acústica impecable de la sala—.
Cierre de inmediato todas las cancelas del edificio.
Bloquee el sistema informático de control de accesos del aparcamiento para que no se borren las matrículas de las últimas seis horas.
Y avise a la central de que esto no es una muerte natural.
♦ ♦ ♦
Diecisiete minutos más tarde, el sonido metálico de dos portazos resonó en la dársena exterior del muelle de Abandoibarra.
Gorka Atxaga entró en el foyer de la platea baja sacudiéndose el agua de la gabardina beige con movimientos amplios y pesados de antiguo zaguero de pala corta.
El inspector jefe de la Unidad de Delitos Económicos y Fiscales de la Ertzaintza medía más de un metro ochenta y cinco, tenía los hombros anchos moldeados en los frontones de Getxo y una mandíbula cuadrada de rasgos duros que le daban el aspecto de un estibador portuario, aunque bajo aquella fachada física se ocultaba una de las mentes analíticas más temidas por los asesores fiscales del Ensanche: antes de enfundarse el uniforme rojo y negro de la policía autonómica vasca y opositar a la escala superior de investigación criminal, Gorka había trabajado durante seis años como auditor sénior en la sede de Bilbao de una de las grandes firmas internacionales de auditoría financiera.
Al cruzar el control del vestíbulo, Gorka se detuvo un segundo, extrajo la cartera de piel oscura de su bolsillo interior y mostró su placa reglamentaria de la Ertzaintza ante el responsable de seguridad de sala con un ademán seco y rutinario.
—Atxaga, Delitos Económicos —dijo con voz cavernosa—. ¿Dónde está Zubiaga?
—En la fila siete, inspector jefe —señaló el vigilante con la mano temblorosa.
Gorka avanzó por el pasillo central con paso elástico, seguido de cerca por el agente Jon Mendia, el perito de guardia de la Policía Científica, que arrastraba dos maletines rígidos de aluminio reforzado con el instrumental de revelado lofoscópico y fotografía forense.
Ainara no se había movido del pasillo. Se mantenía erguida junto a la hilera de butacas, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en el perfil hierático de Barandiarán.
—Gorka —lo saludó con un leve movimiento de cabeza.
—Ainara —respondió el policía, arrodillándose junto a ella en la moqueta sin molestarse en quitarse los guantes de cuero negro—.
Vaya noche para quedarse seco. El centro de mando de Erandio está ardiendo.
La secretaría del Diputado General ya ha llamado dos veces preguntando si se trata de un atentado o de un atraco de carretera.
A cuarenta y ocho horas de que los ministros pisen Bilbao para la foto oficial de la firma del Cupo, esto es una bomba de relojería en los cimientos de la Diputación.
—No ha sido un atraco, Gorka —dijo la fiscal, señalando con el índice enguantado el costado del cadáver—.
Mírale la muñeca derecha. Lleva un reloj de oro blanco que vale más que mi coche particular y no se lo han tocado.
Y en el bolsillo del pantalón asoma la funda de piel de su teléfono móvil de alta gama. Pero mira el forro de la americana.
Gorka inclinó la linterna táctica de led de alta intensidad. El haz de luz blanca y fría recortó los bordes deshilachados de la seda desgarrada.
—Registrado —sentenció el inspector con los dientes apretados—. Un registro selectivo sobre el cuerpo caliente. Buscaban un soporte documental físico. Algo que sabían que Barandiarán llevaba encima esta noche.
—O algo que venía a entregar aquí —apostilló Ainara—. En un auditorio cerrado, en una fila central donde los ángulos muertos de las cámaras de seguridad del techo impiden captar quién se sienta a tu lado en la penumbra.
Gorka miró al agente Mendia, que ya había desplegado sobre una butaca contigua el protocolo de cadena de custodia: sobres de papel krafft numerados, pinzas anatómicas de acero inoxidable, testigos métricos adhesivos y tubos de ensayo estériles para la recogida de indicios biológicos.
—Procede al vaciado controlado conforme a la Ley de Enjuiciamiento Criminal, Mendia —ordenó Atxaga—. Fotografías preliminares de cada capa textil antes de tocar nada.
El perito comenzó la extracción metódica.
Del bolsillo derecho del abrigo extrajo un par de guantes de piel de ciervo sin usar.
Del bolsillo trasero del pantalón, una cartera de cuero negro repujado de una conocida marroquinería de la Gran Vía.
Gorka abrió la cartera sobre una lámina de plástico estéril: setecientos euros en billetes nuevos de cincuenta, con numeración correlativa; una tarjeta de crédito corporativa del Departamento de Hacienda y Finanzas; el carnet de identidad foral con chip criptográfico de acceso a los servidores tributarios de la Diputación; y la tarjeta magnética de banda ancha que permitía franquear los tornos de seguridad y los montacargas del edificio administrativo de Capuchinos de Basurto.
—Todo el dinero en su sitio —murmuró Gorka, comprobando los compartimentos—. Las tarjetas intactas.
—Sigue con el bolsillo interior izquierdo —indicó Ainara, cuya respiración se mantenía contenida—. El del forro roto.