El peso del Cupo (Línea de Cupo 1)
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CAPÍTULO 1 — EL ÓRGANO
La llamada del juzgado de guardia no entró con el tono estridente que los móviles de servicio reservan para los homicidios pasionales de fin de semana en las inmediaciones de los muelles de San Francisco o en las discotecas de la ría, sino con la vibración seca, sorda y calculada de tres pulsos cortos que la centralita de la Policía Judicial utilizaba cuando una autoridad pública caía fuera de su demarcación habitual.
En el cuarto piso del número catorce de la calle Ribera, en un edificio señorial de sillería arenisca con balcones de hierro forjado que miraban directamente hacia la fachada neobarroca del Teatro Arriaga y los tinglados de piedra del Arenal, Ainara Zubiaga dejó la taza de poleo sobre la mesa de castaño macizo.
Eran las veintitrés horas y veinte minutos de una noche desapacible de mediados de febrero.
Al otro lado de las contraventanas de madera blanca, el sirimiri de invierno no caía como una lluvia franca, sino como una condensación gélida, tenaz y suspendida en el aire que pegaba el humo de las calderas de gasóleo al asfalto húmedo del Casco Viejo y borraba las siluetas de los chopos sin hojas a lo largo del paseo del muelle.
El viento soplaba del noroeste con ese compás cansado y húmedo que anunciaba marea baja en el estuario del Nervión, arrastrando desde la bocana de Zierbena el olor acre del fango salobre, los restos de fuelóleo de las gabarras areneras y el hierro oxidado que la ría conservaba bajo sus aguas como un sedimento fósil de su pasado fabril.
Ainara permaneció inmóvil durante cinco segundos antes de descolgar.
El reloj de pulsera que llevaba en la muñeca izquierda —un cronómetro de acero macizo con la esfera rayada en el borde superior, un Certina DS de los años setenta que había pertenecido a su padre y cuya corona de cuerda manual conservaba el desgaste exacto de los dedos de un tornero de Durango— tintineó suavemente contra el borde de la taza.
—Zubiaga —dijo con esa voz neutra, seca y entrenada en los estrados de instrucción que no regalaba un solo milímetro a la sorpresa.
—Señora fiscal, perdone la hora —la voz al otro lado de la línea era la de la oficial de guardia del cuerpo de auxilio judicial de la Audiencia Provincial de Bizkaia—.
El centro de coordinación de la Ertzaintza en Erandio acaba de transferirnos un aviso prioritario desde Abandoibarra.
Han encontrado un varón sin signos vitales en el interior del Palacio Euskalduna.
El médico de una unidad de soporte básico de Osakidetza ya está sobre el terreno.
Dicen que no hay traumatismos externos visibles ni violencia inmediata, pero la patrulla de seguridad ciudadana ha solicitado presencia judicial de urgencia.
Ainara frunció el ceño mientras se ponía en pie y cogía el bolso de cuero donde guardaba la credencial del Ministerio Fiscal y el cuaderno de diligencias.
—¿Por qué avisa la Ertzaintza a Delitos Económicos por una asistolia en un centro de congresos cerrado a estas horas? —preguntó mientras atravesaba el pasillo entarimado hacia el recibidor.
—Porque el fallecido no es un visitante nocturno ni un indigente que buscara refugio, Ainara —respondió la oficial, abandonando por un instante el protocolo administrativo formal—.
La cartera que llevaba en el bolsillo interior contiene la acreditación número cuatro de la Diputación Foral de Bizkaia.
Es Iñigo Barandiarán. El Director General de Recaudación de la Hacienda Foral.
El silencio que siguió a esas palabras fue tan pesado que el ruido de la lluvia contra los cristales de la galería pareció detenerse.
—Que nadie toque el perímetro —ordenó Ainara con una frialdad repentina que le heló la garganta—. Ni la policía científica, ni los conserjes, ni el personal sanitario de Osakidetza. Que el médico certifique la ausencia de pulso y se aparte a tres metros de la butaca. Salgo para allá ahora mismo.
Cinco minutos después, envuelta en un abrigo oscuro de lana gruesa con el cuello alzado y calzada con botines de suela de goma que no resonaban contra los adoquines mojados de la calle Bidebarrieta, Ainara cruzó el puente del Arenal bajo las luces amarillentas de las farolas fernandinas.
El asfalto de la plaza de España estaba casi desierto, surcado únicamente por las estelas brillantes de un par de taxis que esperaban en la parada de la estación de Abando.
Subió al primero de ellos y le dio al conductor una instrucción breve antes de cerrar la portezuela:
—Al Palacio Euskalduna. Por la ribera de Uribitarte, rápido.
El trayecto hacia Abandoibarra transcurrió en una penumbra silenciosa, interrumpida únicamente por el vaivén rítmico de los limpiaparabrisas sobre el parabrisas empañado.
A la izquierda del vehículo, la ría discurría negra y pesada, reflejando las lamas de titanio del Museo Guggenheim que reverberaban bajo los focos de vapor de sodio como las escamas de un leviatán dormido sobre el lodo.
Más allá, alzándose contra las sombras de la colina de Deusto, la estructura angular del Palacio Euskalduna recortaba su silueta maciza de planchas de acero corten oxidado contra las nubes bajas.
Diseñado por los arquitectos Federico Soriano y Dolores Palacios como un homenaje póstumo a los buques mercantes que durante un siglo se habían ensamblado en los diques secos del astillero que llevaba su nombre, el edificio parecía un casco encallado en el barro de la ría, esperando una pleamar que no llegaría jamás.
Frente a la entrada principal del número cuatro de la avenida de Abandoibarra, dos furgonetas de la Ertzaintza y una ambulancia asistencial con los rotativos azules apagados cortaban el acceso a la dársena de servicio.
En la acera, tiritando bajo un paraguas negro que apenas lo protegía del viento del estuario, aguardaba Unai Goikoetxea, el jefe de seguridad nocturna del complejo.
Ainara descendió del taxi, mostró su carnet profesional con el escudo de la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco y subió los escalones de granito sin detenerse a escuchar las disculpas preliminares del empleado.
—¿Dónde está? —preguntó mientras atravesaba la esclusa térmica de las puertas automáticas.
—En el auditorio central, señora fiscal —respondió Goikoetxea, cuya respiración agitada delataba una conmoción que la veteranía en el puesto no lograba amortiguar—. En la sala grande. La del gran órgano.
Caminaron a paso rápido a través de la inmensidad desierta del vestíbulo principal.
En ese espacio cavernoso revestido de planchas de madera de cerezo americano tratada para absorber las resonancias parásitas, los pasos de ambos producían un crujido sordo.
El aire olía a moqueta recién aspirada, cera de ebanistería y ese aroma metálico inconfundible que desprendían los sistemas de climatización centralizada cuando operaban a régimen reducido de noche.
—Explíqueme cómo ha sido —dijo Ainara mientras empujaban la pesada puerta cortafuegos que daba acceso a la platea baja del auditorio.
—Hacía la ronda de las once menos diez —explicó el vigilante en voz baja, como si temiera profanar la acústica del recinto—.
Las funciones de la temporada lírica terminaron el domingo y el edificio estaba cerrado al público desde las ocho de la tarde.
Mañana por la tarde se celebra aquí el acto previo de recepción técnica para la delegación del Ministerio de Hacienda y las tres Diputaciones por lo del nuevo Cupo quinquenal.
El señor Barandiarán tenía pase especial de acceso libre a las instalaciones como miembro de la comisión organizadora foral.
Entró por el aparcamiento subterráneo a las nueve y cuarto.
Lo vi saludar en la garita, como siempre.
Dejó su vehículo en la plaza reservada de la planta menos dos y subió en el ascensor técnico.
Pensé que venía a revisar la disposición de los atriles en el escenario o el tiro de las cámaras de televisión.
Cuando subí a verificar el cierre de las salidas de emergencia de la sala principal, vi una luz de lectura encendida en la fila siete.
Me acerqué creyendo que se había quedado dormido repasando carpetas.
La puerta de terciopelo insonorizado se cerró a sus espaldas con un soplido hermético.
El gran auditorio del Palacio Euskalduna apareció ante ellos sumergido en una penumbra abisal, roto únicamente por dos proyectores halógenos de trabajo que la dotación policial había instalado provisionalmente sobre el suelo de madera de roble del pasillo central.
Al fondo, elevándose sobre la embocadura del escenario como una catedral geométrica de más de quince metros de altura, las hileras de tubos de acero brillante del gran órgano monumental —un instrumento descomunal con miles de conductos que evocaba los tubos de escape y las chimeneas de los antiguos cargueros de vapor bilbaínos— brillaban con un reflejo frío y acerado.
Sentado en la butaca número catorce de la fila siete de platea, con la espalda perfectamente erguida contra el respaldo de terciopelo granate y la cabeza apenas ladeada hacia el hombro derecho, descansaba el cuerpo inmóvil de Iñigo Barandiarán.
El médico del servicio de emergencias Osakidetza, el doctor Patxi Larrea, un facultativo de mediana edad con bata blanca y chaleco reflectante que aguardaba de pie en el pasillo lateral, se aproximó a Ainara levantando las palmas de las manos enguantadas en látex.