CAPITULO XIII
UN CAMAROTE RESERVADO A LOS VELASC O
Á lvaro llega a su apartamento en la calle Castilla Hermida con el cuerpo entumecido y la mente en blanco.
El agotamiento es tan absoluto que ni siquiera se quita los zapatos, dejándose caer sobre la cama.
Antes de que su cabeza termine de hundirse en la almohada, el sueño le reclama como un náufrago al fondo del mar.
Un descanso sin sueños.
Una desconexión total tras el horror vivido en el faro.
Amanece en Santander con una claridad insultante.
Es un día limpio, azul, de esos en los que el viento decide dar una tregua y la bahía parece un espejo de plata.
Aún cansado, abre los ojos y se queda inmóvil unos segundos, dejando que la luz que se filtra por la persiana le devuelva poco a poco a la realidad.
Revestido de una extraña calma se levanta.
Lo primero que hace es recorrer el salón.
El caos que dejaron los hombres de Velasco cuando entraron a robar sigue ahí: libros por el suelo, cajones abiertos, su vida revuelta por manos ajenas.
Empieza a recoger el desorden con movimientos lentos y precisos apilando libros, cerrando muebles y devolviendo objeto a su sitio como parte de un ritual necesario para recuperar el control de su propio espacio.
Después, prepara café. El sonido de la cafetera y el aroma que empieza a llenar la cocina son el primer puente hacia la lucidez.
Con la taza humeante en la mano, entra en el baño, para darse una ducha despojándose de la ropa que lleva pegada al cuerpo desde hace más de veinticuatro horas.
El agua caliente le golpea la espalda para llevarse con ella el rastro de la sal de los acantilados y el sudor frío de la noche anterior.
Es una sensación reconfortante, casi bautismal.
Mientras el vapor empaña el espejo, cierra los ojos dejando que el calor despierte sus sentidos para ser consciente de que ya no es una presa huyendo por la A-8; sino un hombre que ha sobrevivido y que, bajo el chorro de agua, empieza a dar vueltas a su siguiente paso .
El tablero ha cambiado, y él todavía tiene una bala grabada en su muñeca.
Sentado frente al ventanal de su salón, con la taza de café entre las manos, observa cómo la luz de Santander rebota en el agua de la bahía. La ducha le ha devuelto la piel de ciudadano, pero no la tranquilidad. Reflexiona sobre la frialdad de Velasco en el acantilado.
Sí, están vivos, han pasado la noche en sus camas, pero la pregunta le martillea las sienes: ¿por cuánto tiempo?
Duda mucho de que una estirpe que ha cimentado su poder sobre el silencio durante dos siglos vaya a dejar tres cabos sueltos caminando por las calles.
La "cortesía" de Velasco no es más que una prórroga.
Sabe que, en cuanto el polvo se asiente, cada uno de ellos, José Luis, Carmen y él mismo, acabarán teniendo un “lamentable accidente”.
Un freno que falla, un escape de gas, un resbalón en el puerto... la especialidad de la casa.
Mira el Smartwatch que descansa sobre la mesa.
Ahí está la grabación. Sabe que José Luis custodia el pendrive con la copia del Burger King.
Tienen la munición, tienen la prueba de los asesinatos y la confesión de la soberbia de los Velasco, pero también es consciente de que esa información es una bomba de relojería.
Si la entrega mal, si no mide el impacto, le explotará en las manos antes de que pueda llegar a un juez.
Está sentado sobre un polvorín digital en una ciudad donde el enemigo es el dueño de las cerillas.
Deja la taza vacía sobre la mesa.
Ha caído en la cuenta de que la arrogancia de creer que puede resolver esto por su cuenta acabará convirtiéndose en el primer paso hacia el desastre.
No es solo su cuello el que está en la guillotina; el Cachalote y Carmen están atados al mismo destino.
Cualquier decisión que tome sobre la grabación o el pendrive los arrastrará a ellos primero.
Decidido, se viste rápido, coge las llaves y baja al garaje. Conduce su coche hacia el Barrio Pesquero, sintiendo que cada patrulla de policía o cada coche oscuro que se cruza en su camino es un par de ojos de los Velasco.
El trayecto se le hace eterno, aunque apenas son unos minutos bordeando la bahía .
Al llegar al barrio, el olor a fuel y pescado le recibe como un bofetón de realidad.
Aparca cerca de la casa de José Luis. Tiene la necesidad de verlos, de saber que la "cortesía" de la noche anterior no ha caducado todavía.
Es consciente de que lo que va a proponerles es lanzar un órdago a la familia más poderosa de la región.
Está decidido: no va a esperar a que el "accidente lamentable" llegue a por ellos; ha venido a pactar el contraataque.
Sube las escaleras y llama a la puerta. Solo cuando ve aparecer la figura rocosa de José Luis tras la mirilla deja escapar un largo suspiro de alivio que le recorre el cuerpo entero al confirmar que el viejo sigue de una pieza.
Entra en la vivienda, que aún conserva ese olor familiar a cocido y tabaco de pipa, un refugio de normalidad que parece un milagro después de lo ocurrido en el acantilado.
– Selu, llama a Carmen. Tenemos que hablar los tres –le comenta con una urgencia que no admite réplicas.
El Cachalote lo mira en silencio, adivinando en los ojos del escritor que la noche no ha borrado el peligro.
Sin soltar una palabra, el viejo da la vuelta y se encamina hacia el fondo del pasillo.
Como ya no hay móviles que valgan, tiene que ir a buscarla a la antigua usanza, despertándola de ese sueño frágil de quien acaba de escapar del infierno.
Cinco minutos más tarde, los hermanos se presentan en el salón.
Carmen camina con pasos cortos, todavía con el rostro marcado por el cansancio y el miedo, pero se mantiene firme al lado de su hermano.
Álvaro les indica que se sienten en la mesa camilla, el corazón del hogar, ese lugar donde se toman decisiones que importan.
Se hace un silencio denso.
Álvaro coloca las manos sobre el tapete, se inclina hacia ellos, y empieza a desgranar la realidad sin adornos ni falsas esperanzas.
Les explica que la libertad que creen tener es una ilusión, que Velasco no deja testigos y que la grabación del reloj y el pendrive del Burger King son, ahora mismo, lo único que les mantiene con un pie fuera de la fosa, pero también lo que les pone una diana en la espalda.
– Escuchadme bien –dice bajando la voz– Estamos vivos de milagro, pero el "indulto" de esa gente tiene fecha de caducidad. Si nos quedamos quietos esperando a que cumplan su palabra, acabaremos en el fondo del Cantábrico antes de que termine el mes.
De repente el aire de la cocina se vuelve irrespirable cuando lanza la propuesta.
– Tenemos que irnos, Selu. Al menos unos días –dice con la voz apretada– Si contacto con la UCO necesitarán tiempo y nosotros no podemos blancos fáciles. Si nos quedamos aquí, somos patos sentados.
Durante unos segundos los hermanos se miran en un silencio que dice más que cualquier testamento.
Son dos figuras de granito desgastadas por el paso de los años.
Carmen aprieta el borde del mantel de hule y mira por la ventana hacia el puerto, donde la luz de Santander brilla con una familiaridad que duele.
– Álvaro, amigo mío ... somos mayores –responde José Luis con una voz que suena a madera vieja crujiendo– Hemos nacido en estas calles, hemos vivido en este lodo y aquí es donde queremos que nos entierren. No sabemos ser de otro sitio.
El viejo se mira las manos, las mismas que ayer temblaban en el faro, y luego mira a su hermana con una ternura infinita.
– He perdido la cuenta de las veces que la muerte me ha buscado en el mar, muchacho.
He capeado temporales que harían que esos Velasco se mearan en sus pantalones de seda –dice con un rastro de su antiguo orgullo– Si ella no quiere irse, yo no la voy a obligar.
Nos quedaremos aquí. Si el destino es que nos lleve la marea de esos carniceros, que sea lo que Dios quiera.
Pero no voy a morir huyendo como un conejo en una tierra que no es la mía.
Carmen asiente suavemente, sin soltar la mano de su hermano.
La decisión está tomada. Es la resistencia del arraigo contra la lógica de la supervivencia.
Álvaro siente una mezcla de admiración y terror; sabe que esa lealtad a sus raíces puede ser su sentencia de muerte, pero también comprende que no puede arrancar a un roble de su tierra sin matarlo en el proceso.
José Luis se levanta de la mesa con una firmeza que hace vibrar el suelo de madera.
Mira a Carmen y es entonces cuando las palabras sobran.
Ella vuelve a asentir, un gesto seco y definitivo que sella su destino compartido.
Bendecido con la aprobación de su hermana, el marinero se dirige al perchero que hay detrás de la puerta de entrada para descolgar su zamarra, esa prenda que es casi su segunda piel.
Rebusca en el forro, en un escondite que solo sus dedos conocen, y extrae el pendrive apretándolo un segundo en el puño antes de volverse hacia su amigo y ponerlo sobre el hule de la mesa camilla con un golpe seco.
– Escúchame bien, escribidor –sentencia con una voz que parece salir de las profundidades del mar– Si tienes que provocar el incendio, Carmen y yo te damos el mechero.
Adelante , sin miedo. Puede que en la hoguera ardamos nosotros también, pero si no me equivoco y los que arden son los Velasco...
que el mismísimo Satanás los espere en la puerta del infierno con la alfombra roja.
El silencio que sigue es eléctrico.
Bajo la luz de la cocina el pendrive brilla como una pequeña carga de dinamita. Ella observa el objeto sin parpadear. En sus ojos ya no hay miedo, solo la resolución de quien ya ha pasado por lo peor y ha tomado la decisión que no volverá a ser una víctima.
Álvaro mira el dispositivo y luego a los dos hermanos. El peso de la responsabilidad arde en su pecho, pero no quema, alienta. Ya no es una propuesta de huida; es un pacto de sangre. El "mechero" está sobre la mesa, y el Smartwatch en su muñeca sigue siendo la mecha.
– Entonces, que arda todo –responde recogiendo el pendrive– Pero os juro que no voy a dejar que el fuego os toque.
Recoge el pendrive de la mesa camilla como si fuera una brasa que acaba de recibir del propio infierno. La resolución de los hermanos Tajuelo le ha inyectado una adrenalina nueva: ya no es una víctima escondida, es el ejecutor de un plan .
Se despide de ellos con un abrazo que sabe a juramento, de esos que llegan hasta el alma y sale al aire del Barrio Pesquero. Sabe que lo primero es recuperar su capacidad de digital.
Conduce con la vista puesta en el retrovisor hasta el parque comercial El Alisal, en la zona oeste de la ciudad.
Con paso decidido, ignorando las ofertas de televisores y electrodomésticos entra en el MediaMarkt de Santander.
Tiene claro a qué sección va: informática.
Frente a los portátiles expuestos no busca diseño ni ligereza para escribir novelas.
Necesita potencia, memoria y velocidad. Mientras un dependiente se acerca para ofrecerle ayuda, él ya tiene la mano sobre una caja precintada.
Después de pasar por caja y sentir el peso del equipo nuevo en sus manos, la sensación es distinta a cualquier compra anterior.
Ya no ve en ese ordenador un objeto de consumo o una herramienta de trabajo; lo ve como un fusil de precisión, un arma cargada con los secretos de doscientos años que disparará directamente al corazón del imperio de los Velasco .
Con el portátil bajo el brazo, sale al aparcamiento. Hasta el aire parece más ligero afuera.
El "incendio" ha comenzado, y él acaba de comprar la antorcha.
Al llegar a casa actúa con la precisión de quien está montando un explosivo. Se encierra en su salón, configura el nuevo ordenador, blindando su conexión con una VPN de grado militar para que su rastro digital se pierda en servidores extranjeros.
Descarga el archivo de audio del Smartwatch. Al escucharlo de nuevo, la voz de Velasco en el faro suena nítida, casi obscena en su arrogancia: “Somos el orden... hemos tenido que borrarlo...”.
Después, vuelca los archivos del pendrive.
Antes de pulsar la tecla "enviar" a la UCO, hace una búsqueda en el sistema jurídico como para tengo el suficiente peso jurídico para acabar con el reinado de los Velasco .
La pantalla del aparato se llena con cientos de páginas especializadas que corroboran todo lo que este correo tendrá, incluido estos tres pilares de justicia:
La Confesión de Parte: En derecho penal, la grabación del reloj es una prueba indiciaria de altísimo valor.
Velasco no solo admite el asesinato de Elena de la Torre (“Fue un ajuste necesario”), sino que reconoce una estructura criminal organizada (“Durante más de doscientos años mi familia...”).
Al ser una grabación donde él es interlocutor, esta prueba se considera legalmente admisible en España para denunciar un delito.
La Prueba Documental del Siglo XVIII: Los archivos del dispositivo no son solo curiosidades.
Contienen la prueba de un enriquecimiento ilícito histórico de la familia Velasco.
Esto permite abrir una causa por asociación ilícita y blanqueo de capitales que no prescribe si se demuestra que la estructura sigue activa.
El Agravante de Coacción y Secuestro: La grabación registra la amenaza directa contra la vida de Carmen, José Luis y la suya propia.
Esto transforma una investigación histórica en un caso urgente de delincuencia organizada, lo que obliga a la UCO a actuar de inmediato con medidas de protección de testigos.
Álvaro sabe que lo que tiene pesa gigabytes de infamia. Es un "dossier" que no solo señala a un hombre, sino que tumba el árbol genealógico de los Velasco de raíz. Con el dedo temblando sobre la tecla de envío, comprende que este correo es el punto de no retorno.
– Que arda el camarote –susurra mientras pulsa la tecla “Enviar” …