El peso de todas las olas CAPITULO XII #4
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CAPITULO XII #4

–        Tienes razón, escribidor. Venga, saca el cacharro ese y llama a una de esas aplicaciones modernas para que venga un taxi a buscarnos. No querrás que mi hermana baje andando hasta la ciudad después del día que lleva.

Mirando a José Luis con los ojos como platos, el escritor se queda congelado.

Se hace un silencio sepulcral, solo roto por el rugido del mar.

De repente, suelta una carcajada nerviosa que rápidamente se convierte en un ataque de risa incontenible.

Doblado por la cintura, se tapa la cara, mientras las carcajadas resuenan contra la torre del faro.

–        ¿Pero de qué te ríes tanto, alma de cántaro? –gruñe el viejo ofendido, aunque evidentemente ha recuperado su genio habitual– ¡Pareces una gaviota loca! ¿He contado algún chiste o qué? ¡Que mi hermana está cansada, coño !

Álvaro intenta hablar, pero la risa le corta la respiración. Señala con un dedo tembloroso el bolsillo vacío de su chaqueta.

–        ¿Y con qué quieres que llame al taxi, Selu? - logra articular entre jadeos– ¿Haciendo señales de humo? ¿O quieres que usemos el código de banderas desde lo alto del faro?

Aquella respuesta deja mudo al marinero que se lleva la mano al bolsillo de su propia zamarra y nota el vacío.

El recuerdo de los hombres de Velasco pasando la bolsa de plástico para confiscar los móviles le golpea de golpe.

Con la emoción de tener a Carmen otra vez a su lado, su cerebro ha borrado por completo que están incomunicados.

Cuando cae en la cuenta de su propio comentario, parpadea un par de veces, mira a ambos y, finalmente, una sonrisa sincera y auténtica le cruza la cara.

Por primera vez en mucho tiempo, rompe a reír con una carcajada ronca, de esas que vienen desde el fondo del pecho, contagiado por la absurda situación.

–        ¡Me cago en la mar! –exclama entre risas– Es verdad... ¡si nos han dejado más limpios que una red nueva! Menudo par de capitanes estamos hechos, hermana. Aquí, planeando la redención del mundo y no tenemos ni para una llamada.

Bajo la luz del faro los tres ríen con ganas, una risa que es puro alivio, una risa humana que espanta definitivamente a las sombras de los Velasco.

De repente Álvaro frena en seco, su alegría se corta de golpe. En medio de la euforia por haber recuperado a Carmen, un engranaje de su plan ha seguido girando en las sombras: el seguro de vida digital.

–        ¡Maldita sea! –exclama llevándose las manos a la cabeza mientras mira con desesperación su muñeca– El correo de la UCO.

Si él no lo cancela antes de las diez y media de la noche, el sistema entenderá que algo ha pasado y el secreto de los Velasco saltará por los aires en todas las pantallas de la policía judicial.

Y el problema es que, en este mundo de "orden refinado", el correo no se guarda en su reloj, sino en los servidores remotos del proveedor.

–        Tenemos tiempo, pero no podemos dormirnos - responde el escritor señalando la carretera que baja hacia la ciudad– Programé el envío para las diez y media.

Si para esa hora no he entrado en el servidor para cancelarlo, la UCO recibirá un correo que pondrá a los Velasco en el punto de mira nacional.

Y si eso ocurre, la "cortesía" de ese hombre se convertirá en una carnicería.

José Luis, que ya no ríe, aprieta el brazo de su hermana. Entiende perfectamente la gravedad. No se trata solo de escapar; se trata de cumplir su parte del trato de silencio para que los dejen en paz de verdad.

–        Setenta minutos... –masca el viejo– En mis tiempos eso era media marea, pero aquí arriba, sin motor y con las piernas de un jubilado, es un suspiro. ¡Venga, moveos! Tenemos que llegar al Barrio Pesquero o encontrar un teléfono antes de que ese "fantasma" tuyo empiece a hablar por nosotros.

Empiezan a bajar la cuesta del faro a paso ligero con el viento empujándoles por la espalda, como si el propio Cantábrico quisiera echarlos de allí.

Álvaro va un paso por delante, con la mente fija en una sola cosa: necesita una conexión a internet.

Su reloj tiene la llave, pero necesita el "puente" de una red Wi-Fi o un terminal amigo para detener la cuenta atrás.

A lo lejos brilla la silueta de Santander, llena de unas luces que parecen ojos vigilantes. Cada minuto que pasan descendiendo la ladera se convierte en un minuto menos de vida para su secreto.

Por suerte para ellos, tras la bajada del faro hay varios bares de esos de pescadores, de lo que casi a todas horas está abierto. Como si de un reclamo se tratase, uno de ellos anuncia a bombo y platillo la disponibilidad de red Wifi.

Casi sin aliento, Álvaro entra el primero en el bar, con José Luis y Carmen pisándole los talones. Es un local de los de siempre, de esos con suelo de serrín y olor a fritura, donde el resplandor de una televisión encendida es la única compañía de un par de parroquianos.

Tras una breve y tensa negociación con el camarero, consigue la contraseña del Wi-Fi .

Con la frente perlada de sudor, apoyado en la barra y las manos temblorosas, el escritor abre la interfaz en su Smartwatch, que ahora sí, detecta la señal para conectarse al mundo digital. Sus dedos vuelan sobre la pequeña pantalla, navegando por las opciones de seguridad del envío programado.

Tras unos segundos, exhala un suspiro que vacía sus pulmones y pulsa el botón de "Pausar".

–        Ya está. Detenido –murmura– Pero no lo he anulado. Solo le he dado al botón de pausa.

Agazapado en la nube, como un seguro de vida cargado y con el dedo en el gatillo, el correo a la UCO continuará allí. Sólo él sabe que, mientras no lo borre definitivamente, seguirá teniendo una bala en la recámara por si los Velasco deciden que su "cortesía" ha durado demasiado

El camarero, un hombre de hombros cargados y cara de pocos amigos, golpea la barra con un trapo sucio mientras observa con sospecha a ese trío de náufragos urbanos que parecen haber salido de una tempestad.

–        A ver, que esto no es un locutorio –suelta con un tono protestón y huraño– ¿Vais a consumir algo o solo habéis venido a pelearos con el relojito?

Álvaro levanta la vista del Smartwatch y, por primera vez en todo el día, siente que el nudo de su garganta se deshace del todo. Mira a José Luis y a Carmen, que están allí, vivos y reales, bajo la luz mortecina de los fluorescentes del bar.

–        Pónganos la cena, jefe –responde con una sonrisa cansada pero auténtica– Y traiga lo mejor que tenga. De alguna manera tenemos que celebrar que hoy el gigante no nos ha pisado.

Refunfuñando algo inteligible se dirige a la cocina.

Poco después, la mesa de formica se llena de raciones mundanas: calamares, una tortilla recién hecha y un par de cervezas bien frías para los hombres, con un refresco para Carmen.

No es el lujo de los Velasco, pero a ellos le sabe a gloria bendita.

Cenan en un rincón tranquilo, casi en silencio, saboreando cada bocado como si fuera el primero de una vida nueva .

La tensión del faro, el olor a perfume caro y el miedo a los acantilados empiezan a diluirse en el vapor de la comida casera.

Allí, protegidos por el anonimato de un bar de barrio, se permiten por fin bajar la guardia antes de volver a sus casas.

Han sobrevivido y la verdad sigue grabada en el pulso del escritor, pero por una hora, solo importa que están juntos y que el "orden" no ha podido con el hambre.