El peso de todas las olas CAPITULO XII #3
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CAPITULO XII #3

–        Lo lógico sería que ustedes tres fueran los siguientes.

Es lo que dicta la tradición de mi familia: limpiar el rastro –Velasco sonríe con una condescendencia divina– Pero vivimos tiempos distintos.

Usted es un escritor, Rivas. Empieza a ser conocido, tiene lectores, tiene una presencia pública.

Quitarlo de en medio... algo que, créame, podríamos hacer con la misma facilidad con la que se apaga una cerilla, nos obligaría a dedicarle un tiempo y un esfuerzo que ahora mismo preferimos emplear en asuntos mucho más interesantes y lucrativos.

Se encoge de hombros, con un gesto de magnanimidad que hiela la sangre.

–        Consideren esto un indulto. Les estoy perdonando la vida porque, sencillamente, no valen el trabajo que daría ocultar sus cadáveres.

Su amigo José Luis y su hermana son solo restos de un Santander que ya no existe.

Así que, por una vez, la utilidad de su fama le ha salvado el cuello.

Entréguenme los archivos y desaparezcan en su propia mediocridad.

Después hace una pausa, rompiendo su propio trance de grandeza con una mirada que vuelve a ser afilada como un bisturí. Se palpa la solapa de su abrigo de cachemir y, con un gesto casi paternal, señala los bolsillos de ellos.

–        Pero antes de que procedamos a este intercambio de cortesías –dice el hombre de la voz de seda mientras su tono recupera la habitual frialdad– tengan la amabilidad de entregar sus teléfonos móviles a uno de mis hombres.

No es que desconfíe de ustedes, Rivas, pero el mundo está lleno de gente con ideas "geniales e inéditas".

Sería una vulgaridad que alguien intentara grabar esta conversación para la posteridad, ¿no cree?

Álvaro siente que el corazón le da un vuelco contra las costillas, pero mantiene el rostro impasible.

Es el momento de la verdad.

Uno de los secuaces se acerca con una bolsa de plástico transparente, extendiéndola como quien recoge una limosna.

–         Los móviles. Ahora –ordena el hombre.

Con un gesto estudiado que casi raya en lo teatral, el escritor saca su smartphone, mostrando las manos vacías antes de dejarlo caer en la bolsa.

José Luis hace lo mismo, maldiciendo entre dientes, pero sin oponer resistencia.

Los esbirros comprueban los dispositivos, apagan las pantallas y asienten a su jefe.

Velasco sonríe de medio lado, complacido. En su soberbia, cree que al confiscar los teléfonos ha dejado a ambos sordos y mudo sin fijarse en la pequeña pantalla negra del Smartwatch que sigue devorando cada una de sus confesiones sobre la muerte de Elena y los crímenes de su familia.

–        Perfecto. Ahora que estamos entre caballeros y sin oídos electrónicos de por medio –sentencia Velasco, extendiendo de nuevo la mano– denme el pendrive y la nota. Es hora de que esta historia vuelva al lugar donde nunca debió salir: al olvido.

Aquel momento es de una frialdad técnica que corta el aire que respiran.

Tal y como le han indicado, introduce la mano en su bolsillo para extraer el pendrive original y el papel amarillento de Don Julián.

Sabe que está entregando el alma de la investigación, pero la imagen de Carmen, allí mismo, bajo el viento, no le deja otra opción.

Como si les repulsara, el jefe ni siquiera toca los objetos.

Con un gesto de desprecio, indica a uno de sus hombres que proceda.

El secuaz abre el maletero del SUV, donde reposa un ordenador portátil encendido cuya luz azulada hiere la oscuridad del faro.

Pincha el dispositivo y sus dedos vuelan sobre el teclado.

El silencio solo es roto por el rugido del Cantábrico y el tecleo mecánico.

–        Está todo aquí, señor –anuncia el técnico tras unos segundos de tensión insoportable– Las carpetas, los legajos digitalizados, las rutas... Es el archivo completo.

Satisfecho por lo que acaba de escuchar, asiente.

Mientras su hombre cierra el portátil, él extrae un encendedor de oro de su bolsillo.

Toma la nota manuscrita de Don Julián por una esquina y acciona la llama.

Impotentes ven cómo el fuego devora las últimas palabras del archivero.

La luz de la combustión ilumina brevemente el rostro de Velasco, que contempla las cenizas revolotear hacia el acantilado con una sonrisa de victoria absoluta.

Acaba de convertirse en humo y cenizas el último rastro físico de su secreto.

–        Como ven, el orden siempre se restaura – sentencia guardando el encendedor mientras las pavesas desaparecen en el abismo– La historia vuelve a ser propiedad de quienes saben custodiarla.

Con su frialdad característica observa la escena de igual manera que mira un trámite administrativo. Al ver que los datos están en su poder y el original de la nota es ya solo ceniza esparcida por el acantilado, hace un gesto seco con la mano enguantada.

–         Suelten a la mujer –ordena.

Uno de los hombres se acerca a Carmen y, con un movimiento brusco, le arranca la venda de los ojos.

Esta parpadea violentamente, herida por la luz de los faros tras tantas horas de oscuridad.

Se nota desorientada, tambaleándose por el viento, hasta que sus ojos se enfocan y ve la silueta de su hermano a pocos metros.

–         ¡Jose! –grita ella con una voz que es puro desgarro.

El Cachalote rompe su inmovilidad de piedra corriendo hacia ella e ignorando a los hombres armados, que se apartan apenas unos centímetros para dejarlo pasar.

El encuentro es una colisión de sollozos y emociones encontradas.

El viejo marinero envuelve a su hermana en un abrazo tan feroz que parece querer fundirla con su propia piel, protegiéndola de la noche y de los hombres que la rodean.

–        Ya está, Carmen... ya está. Ya pasó todo –susurra José Luis, llorando sin ningún tipo de vergüenza, hundiendo la cara en el hombro de su hermana mientras ella se aferra a su zamarra como una náufraga a un madero.

Ella solloza contra su pecho, temblando de forma incontrolada, mientras Álvaro observa la escena desde la distancia, con el corazón encogido y la muñeca aun grabando ese momento de humanidad robada.

De repente, el sonido de los sollozos de Carmen y los susurros roncos del Cachalote es interrumpido por un ruido seco, rítmico y metálico.

Velasco está aplaudiendo con palmadas lentas, deliberadas, que resuenan contra la torre del faro con una ironía punzante.

Los hombres de negro permanecen inmóviles, como gárgolas, mientras su jefe disfruta del espectáculo de la debilidad humana.

–        Conmovedor. Realmente conmovedor –dice deteniendo sus aplausos y fijando una mirada de depredador en el grupo– Disfruten del reencuentro, pero no olviden el precio.

El silencio, en esta ciudad, vale mucho más que la verdad.

Y a partir de este preciso instante, les guste o no, sus vidas me pertenecen.

Después da media vuelta. Su figura está recortada por la luz de los faros mientras se dirige a la puerta del SUV con una elegancia depredadora.

–        Si algún día sienten la tentación de hablar, recuerden lo fácil que ha sido traer a la señora Tajuelo hasta aquí. El "orden" no olvida, Rivas. El "orden" solo espera.

Grabándolo todo, el reloj en la muñeca del escritor que acaba de registrar la amenaza definitiva y la firma de una sentencia de esclavitud silenciosa.

Velasco entra en el coche y el cierre centralizado suena como el gatillo de un arma que se queda apuntando a sus nucas.

El resplandor rojo de los pilotos traseros de los coches se va difuminando en la oscuridad de la carretera de Mataleñas, hasta que Santander parece tragárselos por completo.

Después, el silencio regresa al Faro de Cabo Mayor, sin embargo, ya no es la quietud aterradora de minutos antes; ahora se ha convertido un silencio limpio, solo interrumpido por el batir rítmico del mar contra el acantilado.

Álvaro suelta el aire que no sabía que estaba reteniendo y aunque las piernas le tiemblen ligeramente, la adrenalina del momento empieza a dejar paso a una euforia contenida.

Mira a los hermanos y, sin decir nada, se acerca a ellos.

José Luis abre su brazo libre para rodearlo, atrayéndolo hacia ese refugio de carne, hueso y zamarra vieja.

Los tres se funden en un abrazo cerrado, un nudo de tres náufragos que han logrado tocar tierra firme contra todo pronóstico.

Carmen sigue temblando, pero sus sollozos ya no son de terror, sino de alivio, mientras aprieta las manos de los dos hombres que han bajado al infierno por ella.

Han triunfado, a pesar del discurso de grandeza, a pesar de sus amenazas de "orden" y sus métodos refinados, los tres están vivos y juntos bajo la luz giratoria del faro.

–        Lo hemos hecho, Selu... lo hemos hecho –celebra con júbilo, cerrando los ojos y dejando que el olor a salitre le llene los pulmones.

Hoy, los "fantasmas" del Barrio Pesquero han sido más fuertes que los doscientos años de sombras.

Álvaro se separa del abrazo y levanta la muñeca para consultar el reloj.

La luz giratoria del faro ilumina por un instante el cristal del Smartwatch: son las nueve y veinte de la noche.

El viento del norte empieza a morder de verdad y la euforia del reencuentro deja paso a la realidad logística de estar tirados en un acantilado a oscuras.

–        Tenemos que bajar de aquí ya –dice frotándose los brazos en evidente señal de frío– Hay que volver al Barrio Pesquero. Mi coche sigue allí escondido y no es plan de pasar la noche al raso o tener que patearme medio Santander hasta volver a mi casa…o lo que quede de ella.

El Cachalote, que todavía tiene un brazo rodeando los hombros de su hermana, como si temiera que fuera a evaporarse, asiente con la cabeza y recupera su tono de mando.