CAPITULO XII #2
El aire de la ciudad, con su eco de edificios y tráfico, empieza a abrirse. Sin duda alguna, están saliendo del núcleo urbano. El que ahora se cuela por los filtros del vehículo huele más a sal y menos a humo.
Pronto, muy pronto, llegarán a su destino.
Faro de Cabo Mayor. Al otro lado de la ciudad la atmósfera tiene tintes de una quietud aterradora. Álvaro y el Cachalote son dos siluetas inmóviles frente al abismo. Sobre sus cabezas, el cielo ha perdido sus rojos volviéndose de un violeta profundo, casi negro .
De repente, la extraña quietud del faro se rompe.
En la distancia, unas potentes luces asoman por la curva de la carretera de Mataleñas, barriendo con su blanco haz la base de la torre blanca.
Dentro del pecho, el corazón del escritor da un vuelco violento, cortándole la respiración por unos instantes.
Unos vehículos están subiendo la pendiente con la autoridad de quien es dueño de la noche, de la vida y de la muerte. El SUV negro supera la pendiente con decisión, como si quisiera anunciar su presencia.
– Ya están aquí, Selu –exclama mientras mira, discretamente la pantalla de su reloj una última vez para confirmar que el icono de grabación sigue parpadeando en rojo.
Unos metros más debajo de su posición el despliegue es preciso, apabullante, casi rayando en lo militar, haciendo que aquella no sea una reunión, sino más bien una toma de posesión del acantilado
Perfectamente coreografiado, el rugido de los motores se apaga casi al unísono, dando paso al siseo del viento y al crujido de la grava bajo los neumáticos.
Ambos se quedan inmóviles, cegados por los faros que aún mantienen las luces de cruce encendidas, que proyectan sus sombras como dos figuras alargadas y escuálidas contra la base del faro.
Del primer coche saltan dos hombres que se mueven con una coordinación ensayada, flanqueando el SUV central. Uno de ellos, sin dejar de vigilar, abre la puerta trasera con una reverencia que resulta obscena en mitad de la noche.
Velasco baja del vehículo. Se ajusta la chaqueta, imperturbable, como si acabara de llegar a una recepción en el Club Marítimo.
Al mismo tiempo, del coche que cierra la comitiva, descienden otros dos individuos. No miran al faro; se colocan de espaldas, barriendo con la vista la carretera de acceso para asegurarse de que el aislamiento es total.
No hace falta fijarse mucho en sus posturas para averiguar las intenciones que ocultan: rígidos, con la mano derecha hundida bajo la solapa de la chaqueta, aferrando algo que no necesitan enseñar para que se note su peso.
Transmiten un mensaje nítido: el orden de los Velasco no se negocia… simplemente se impone.
La grabación del reloj de Álvaro registra el sonido de seis pares de botas sobre el asfalto y el viento que azota las chaquetas de los hombres armados.
Están rodeados por un muro de acero y carne.
Quedando a la luz de los faros el hombre de seda da un paso con su mirada fija en ambos, mientras su rostro esboza una sonrisa gélida.
– Buenas noches señores. Puntuales. Me gusta la gente que sabe valorar el tiempo que le queda – dice, extendiendo una mano enguantada– ¿Traen lo que es nuestro?
Ahora la atmósfera se ha vuelto pesada, cargada de la electricidad de un enfrentamiento que nadie ha esperado. Álvaro no puede permitir que el miedo y la ira, mezcladas a partes iguales del Cachalote, que respira de forma entrecortada a su lado, precipite las cosas .
Aclara la voz, intentando que su tono suene firme, aunque el Smartwatch esté registrando un pulso acelerado.
– Primero quiero ver a Carmen –sentencia, clavando la mirada en los ojos gélidos de Velasco– Nadie entrega nada hasta que no comprobemos que está bien.
Velasco no se altera. Al contrario, una pequeña mueca de satisfacción asoma en la comisura de sus labios, como si estuviera evaluando la calidad de un adversario que, al menos, conoce las reglas básicas del juego.
– Es justo lo que esperaba de usted, Rivas. Los negocios requieren garantías –responde con esa educación severa que ya es su sello de identidad.
Sin apartar la vista de su interlocutor, hace un gesto casi imperceptible con la cabeza. Uno de los secuaces, el que está junto a la puerta trasera del SUV, reacciona de inmediato. Acciona la manilla y, con una mezcla de firmeza y extraña cortesía, ayuda a Carmen a bajar del vehículo .
Pequeña y encogida, con la venda aun cubriéndole los ojos y las manos entrelazadas con fuerza frente a su pecho, la mujer aparece bajo el foco violento de los faros.
El viento del acantilado le sacude la ropa, recordándole que ya no está en la seguridad de su cocina, sino en el borde mismo del abismo.
José Luis deja escapar un gemido sordo, un sonido que es mitad alivio y mitad agonía al ver a su hermana en ese estado.
Velasco se ajusta los guantes de piel, observándolos con una paciencia que resulta insultante.
– Ya han visto que está ilesa –dice, señalando con un leve movimiento de mentón a la mujer que tiembla bajo el viento del acantilado– Ahora, hagan el favor de no dilatar más lo inevitable. Entréguenme lo que es mío.
Un sudor frío resbala por la espalda del escritor. El, en apariencia insignificante, reloj sigue registrando cada palabra de esa negociación que suena a sentencia. No puede evitar que la desconfianza le dicte la siguiente frase.
– ¿Y qué seguridad tenemos de que el cambio se hará de forma limpia?
–inquiere Álvaro, dando un paso al frente, pero manteniendo la distancia– Si le entrego el pendrive y la nota, ¿qué garantías hay de que nos dejen ir en paz?
¿Qué nos asegura que no acabaremos como Elena de la Torre en cuanto tengan lo que quieren?
Velasco deja escapar una pequeña risa seca, un sonido carente de alegría que el viento dispersa hacia el mar.
– Mire a su alrededor, Rivas. Si hubiéramos querido eliminarlos, ya lo habríamos hecho en el autobús, en la hamburguesería o en el portal del hostal.
La mía, es una familia que gusta de cumplir con sus tratos.
Creemos que el desorden es refugio para incompetentes –responde.
recuperando su tono de educación severa– Ustedes tienen algo que nos pertenece, y nosotros tenemos algo que les importa.
Si saben guardar un secreto con la misma eficacia con la que nosotros protegemos nuestro nombre, les doy mi palabra de que los Velasco no volverán a entrar en sus vidas.
Se convertirán en fantasmas para nosotros, y nosotros en un mal sueño para ustedes
José Luis mira de reojo a su amigo, aunque él mismo esté al límite, disimulando la mano temblorosa en el bolsillo donde guarda la copia que hicieron en el Burger King.
La promesa de ese hombre suena a libertad, pero también a una amenaza velada: la única condición para seguir respirando es saber guardar silencio.
Velasco da un par de pasos laterales, paseándose frente a la hilera de faros como si todo lo que le rodea fuera el escenario de un teatro privado, el suyo. La luz proyecta su sombra sobre la torre del faro, agigantándola.
Álvaro percibe que el tono del hombre ha cambiado. Ha pasado de la frialdad a convertirse en una exaltación mesiánica con el brillo de quien se siente dueño y señor de la realidad que los rodea más allá de los acantilados.
– Miren este mar –comenta señalando el vacío oscuro del Cantábrico– Durante más de doscientos años, mi familia ha sabido guardar la fuente de su poder con la misma constancia con la que estas olas golpean la roca.
Hemos sobrevivido a guerras, revoluciones y reyes.
Y ahora, en estos tiempos que corren, donde todo parece estar a la vista, nuestra mano es más firme que nunca.
De repente, se detiene mirando fijamente al escritor. Una sonrisa cargada de superioridad absoluta se dibuja en su rostro. El Smartwatch de su oponente vibra imperceptiblemente contra su muñeca, registrando cada palabra de este delirio de grandeza.
– ¿Creen que la tecnología es su aliada?
– continúa mientras suelta una risotada seca– No se equivoque señor Rivas.
La tecnología está a nuestros pies. Hemos aprendido a usarla para que el silencio sea más profundo.
Igual que han cambiado los tiempos, lo han hecho nuestros métodos.
Ya no necesitamos la violencia bruta de los callejones de 1950.
Ahora somos más... "refinados". Controlamos la información, los archivos y hasta la percepción de la verdad.
Nosotros somos el orden que permite que el resto de Santander duerma tranquilo.
Después, con una parsimonia que pone los pelos de punta se ajusta el gemelo de oro del brazo izquierdo.
– Usted es un escritor, Rivas y debería entender que el final de una historia solo lo decide quien sostiene la pluma. Hoy, aquí y ahora, la pluma la sostengo mi mano.
Velasco se acerca un poco más, invadiendo el espacio donde el sonido del mar y la voz se mezclan.
Su nivel de arrogancia ha alcanzado el punto de ebullición.
Se siente tan por encima de la ley y de los hombres que la confesión fluye de su boca con una naturalidad aterradora.
Oculto baja la manga de su cazadora el Smartwatch del escritor devora cada palabra.
– Mire a esa mujer, Elena De la Torre –dice señalando al vacío como si invocara el fantasma de ella– Fue una lástima.
Pero su padre no supo entender que hay verdades que pesan más que la vida.
Tuvimos que borrarlo, convertirlo en un borracho de leyenda para que su voz no valiera nada.
Y a ella... bueno, ella cometió el error de creer que el pasado se puede desenterrar sin mancharse las manos.
Fue un ajuste necesario en el engranaje del orden.
Después hace una pausa, mirando a su interlocutor de arriba abajo, como un entomólogo observando a un insecto curioso bajo su lupa.