El peso de todas las olas CAPITULO XII
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CAPITULO XII

REDENCION DE SAL Y SOMbrA S

S antander. La llegada de la tarde ha convertido sus calles en un desierto de cemento y asfalto.

Hasta entonces ambos deambularon por la ciudad como dos espectros, evitando las avenidas principales refugiándose en la indiferencia de los barrios periféricos como dos fugitivos buscados por la justicia.

Caminaron por las naves de Raos, por las traseras de la calle Castilla y por el muelle de Maliaño, pero no veían nada.

Tan solo el reloj de Álvaro, convertido ahora en un verdugo silencioso, marca una cuenta atrás que les devora los nervios.

Cada vez que uno de ellos consulta la hora, la tensión sube un grado más, volviéndose física, como un nudo en la boca del estómago que ni el almuerzo ni la pipa del viejo logran disolver.

Entre ellos el silencio no es de paz, sino de una asfixia que ambos comparten a partes iguales.

José Luis apenas habla limitándose a caminar con la mirada clavada en el suelo, apretando los puños cada vez que una berlina oscura cruza su campo de visión .

A medida que el sol empieza a teñir de un naranja sangriento las grúas del puerto, la realidad de la cita acaba imponiéndose.

Se ha agotado el tiempo de deambular sin rumbo.

–        Es la hora –susurra el escritor cuando el reloj marca las ocho y cuarto.

Se encuentran en la zona baja de la Avenida del Faro. Frente a ellos, la carretera sube serpenteando hacia los acantilados de Mataleñas.

Antes de iniciarla, Álvaro se detiene unos segundos.

Con un rápido movimiento, algo casi convertido en un ritual, se ajusta la correa de su Smartwatch y después baja la manga de la cazadora.

Ahora el cristal negro del reloj se ha transformado en su única arma, en un testigo silencioso que empezará a registrarlo todo en cuanto ponga un pie en el recinto del faro.

–        Selu, pase lo que pase, no te separes de mí –y como queriendo infundir unos ánimos de los que carece, añade: Vamos a por Carmen .

Con una seriedad que hiela la sangre el viejo marinero asiente. El miedo ya no existe el miedo que ha sido borrado por una determinación granítica.

Lentamente comienzan la subida a pie.

Trayendo impregnado consigo el olor a sal que para el Cachalote siempre ha sido sinónimo de libertad, aunque hoy huela a sentencia, el viento del norte empieza a arreciar.

En otro punto de la ciudad, sumergida en la semi penumbra de un trastero, el tiempo se ha detenido para Carmen.

Sentada en el borde de la cama supletoria, con las manos entrelazadas y la mirada fija en la bombilla desnuda, es la viva imagen de un reo sentenciado a la pena capital contando sus últimos minutos de soledad antes de que el verdugo llame a la puerta.

De repente, el cerrojo gira. El sonido metálico resuena en las cuatro paredes como un mazazo .

Entran los dos hombres del despacho moviéndose con esa parsimonia que parece coreografiada, sin prisas, pero manteniendo la cortesía criminal que impregna toda la casa de los Velasco.

–        Es la hora, señora –dice uno de ellos, mientras el otro despliega una venda de tela oscura– Espero que haya descansado. Ahora tenemos un viaje corto que hacer.

Ella no opone resistencia. Tampoco podría hacerlo, pues sus últimas fuerzas se han quedado entre los restos del sándwich vegetal y las oraciones a la Virgen. Deja que le cubran los ojos, sumergiéndose de nuevo en esa oscuridad asfixiante que ya conoce.

–         Por su seguridad, ya sabe. Camine derecha –le susurra el otro al oído.

Cada uno la sujeta por un hombro, con una presa firme que no deja lugar a la duda: no la están acompañando, la están conduciendo.

Carmen nota bajo sus pies el cambio de superficie.

Pasa del frío suelo del trastero a la calidez de una alfombra densa, y de ahí al mármol pulido de un gran vestíbulo que resuena con el eco de sus pasos.

Huele a cera de muebles antiguos, a flores frescas y a ese perfume de hombre caro que lo inunda todo. Es el olor del poder que está a punto de decidir si ella vuelve a ver el sol o si esa venda es lo último que cubrirá sus ojos.

Atraviesan puertas que se abren sin chirriar y pasillos que parecen infinitos, hasta que el aire acondicionado desaparece.

El suelo bajo sus pies se vuelve firme y metálico.

Un ligero tirón en el estómago le indica que está dentro de un ascensor y que éste desciende hacia las entrañas del edificio.

Cuando las puertas se deslizan, el aire cambia drásticamente: la fragancia a flores frescas es sustituida por un aire pesado, cargado de una mezcla a humedad, hormigón y gasóleo.

Sin duda alguna deben de estar en un garaje.

Sus captores no dicen una palabra. El único sonido perceptible es el eco de sus pasos sobre el cemento pulido.

Se detienen y Carmen oye el clac electrónico de un cierre centralizado.

La guían con suavidad, pero sin soltarla hasta la puerta trasera de un vehículo que, por la altura del peldaño que tiene que subir, debe de ser un SUV de alta gama.

Después la sientan en el cuero frío del asiento.

Con una delicadeza que resulta insultante, uno de los hombres estira la cinta del cinturón de seguridad y lo abrocha sobre su pecho con un clic definitivo. La puerta se cierra, dejándola aislada en un silencio sepulcral en el que solo escucha su propia respiración agitada tras la venda.

Pasan unos minutos que parecen horas.

De repente, la puerta trasera contraria a la suya se abre. Una corriente de aire rompe el vacío.

No hay portazos ni gritos.

Inmediatamente el habitáculo se inunda con ese perfume caro, sofisticado y gélido cuyo propietario no ve, pero que tampoco le hace falta preguntar para conocer su identidad: El hombre de la voz de seda ha entrado en el coche .

Instintivamente, esperándose lo peor, la hermana del Cachalote se encoge. El olor del hombre es ahora su único mapa en la oscuridad, la señal de que el verdugo se ha sentado a su lado para el último trayecto.

Allí dentro, el habitáculo del coche se ha convertido en una caja de resonancia en la que cada pequeño sonido cobra una importancia vital.

De forma casi opresiva, la presencia del hombre gravita sobre la asustada rehén, hasta el extremo de no hacerle falta ver para tener la certeza de que el misterioso hombre la está observando con esa mezcla de curiosidad y desprecio que se tiene por un objeto antiguo que estorba.

–         Buenas tardes, señora Tajuelo –dice él.

Como es habitual, su voz es tranquila, equilibrada y desprovista de cualquier rastro de la prisa que debería tener alguien que se dirige a un intercambio criminal.

Carmen, con la espalda pegada al cuero del asiento y el corazón golpeándole las costillas, responde por puro instinto, por esa educación que le grabaron a fuego en el Barrio Pesquero.

–          Buenas tardes –responde, con la voz quebrada por las horas de silencio.

Se hace una pausa.

Carmen oye el leve crujido del guante de cuero del hombre adecuándolo a su muñeca o tal vez al ajustarse el traje. El aroma a perfume caro se vuelve más intenso, casi asfixiante en el espacio cerrado del vehículo.

–        Pronto terminará todo, señora Tajuelo –añade él, y hay algo en la cadencia de esa frase que hace que se le erice la piel bajo la ropa.

Es una frase que, en cualquier otro contexto, sería un consuelo, pero en la boca de ese hombre suena a otra cosa. Tiene la melodía de un punto final que no admite correcciones.

Álvaro levanta la muñeca y el brillo del Smartwatch le devuelve una cifra: son las ocho y cuarenta y cinco. Han llegado quince minutos antes de la hora pactada .

Recorre con la mirada la explanada del Faro de Cabo Mayor y un escalofrío, que nada tiene que ver con la brisa del norte, le recorre la nuca.

No hay nadie.

Ni un turista apurando las últimas fotos, ni una pareja en el mirador, ni un solo coche circulando por la avenida.

Allí arriba reina un silencio antinatural, como si una campana de vacío lo envolviera todo, haciéndole preguntarse si es simple casualidad o si la causalidad de los Velasco ha despejado el tablero.

Es muy probable que sus tentáculos hayan llegado hasta los servicios municipales o la policía local para asegurar que en este escenario solo queden los actores principales.

O quizá sea solo su paranoia, que a estas alturas ve una emboscada en cada sombra de los acantilados.

Para calmar el pulso clava la vista en el horizonte, más allá de la linterna blanca del faro. El sol está librando su última batalla, rindiéndose lentamente mientras se hunde en las aguas del Cantábrico .

El espectáculo es de una belleza violenta: una paleta de naranjas encendidos y rojos sangre que parecen herir las nubes, tiñéndolas de un carmesí profundo que se desvanece en violetas hacia el norte.

El cielo es un incendio que se apaga, y el mar, oscuro y denso, devuelve los reflejos dorados como si estuviera hecho de metal fundido.

Es un escenario de fin del mundo.

Mientras el sol desaparece por completo, dejando tras de sí una línea de luz eléctrica en el borde del agua, Álvaro siente que esa oscuridad que avanza es la misma que lleva persiguiéndoles desde el primer legajo.

–        Ya no hay sol, José Luis –murmura, ajustándose la manga sobre el reloj que sigue grabando cada segundo de ese silencio sepulcral– Empieza la hora de las sombras.

Carmen, aunque privada de la vista, tiene el resto de sentidos alerta, convirtiéndola en el sismógrafo de su propia incertidumbre.

Nota cada giro que hace inclinar su cuerpo contra el cuero del asiento, cada detención en un semáforo que corta el ritmo del viaje y deja pasar el sonido lejano de otros coches, de gente que ríe en las aceras, ajena al drama que viaja tras esos cristales tintados.

Siente cómo la frecuencia de los frenazos disminuye y la velocidad se vuelve más constante, más fluida.