CAPITULO XI
EL INVENTARIO DE LOS VIVO S
R econfortado por aquella ligera comida industrial, Álvaro sale del local con el pulso algo más firme. La luz del mediodía en Santander es cegadora, una claridad que parece desnudarles frente a la mirada de cualquier informante.
Se acerca a José Luis, que sigue allí, siendo una roca azotada por el humo de su propia pipa, inmóvil entre la marea de gente que sube y baja por la calle. El viejo ni siquiera se gira al sentirle llegar; solo exhala una nube azulada de tabaco que se disuelve al instante.
– ¿Y ahora qué? –pregunta con una voz que suena a madera vieja crujiendo– ¿Qué tienes en esa cabeza de escribidor para que te haya entrado hambre de repente?
Sin embargo, él no responde de inmediato.
Tiene varios cabos sueltos en su mente y necesita irlas uniendo todas.
En silencio caminan juntos hacia el centro como dos náufragos que han decidido que, si el destino quiere que se hundan, lo harán provocando un remolino que se lleve consigo al navío que les persigue.
El Smartwatch en la muñeca del escritor sigue ahí, mudo, esperando a que den las nueve para empezar a devorar la confesión de los culpables.
Tras un buen rato de andar erráticamente de un lado para otro sin rumbo fijo, se sientan en un banco metálico en la zona de los Jardines de Pereda, frente a la bahía, donde el viento del norte sopla con la fuerza suficiente para que cualquier conversación se pierda antes de llegar a oídos ajenos.
José Luis sigue perdido en el humo de su pipa, mientras Álvaro tiene el móvil entre las manos. Sus dedos se mueven con una precisión gélida sobre la pantalla táctil. No está navegando, ni buscando mapas. Está abriendo su gestor de correo.
En el campo del destinatario, escribe una dirección que nunca pensó usar: el buzón de denuncias de la Unidad Central de Operativos (UCO) de la Guardia Civil.
El asunto es seco, directo, como el título de una de sus novelas:
“Protocolo de emergencia: Desaparición y Expolio Histórico. Santander” .
No se anda con rodeos en el cuerpo del mensaje escribiendo con la claridad de quien redacta su última voluntad.
Da los nombres completos: el suyo, el de José Luis y el de Carmen Tajuelo.
Explica de forma sucinta la conexión entre el Navío de los Ausentes, el asesinato de Elena de la Torre y la Fundación Velasco-Tovar.
Menciona que van de camino a una cita forzada en el Faro de Cabo Mayor y que, si este correo ha llegado a su destino, es porque ellos ya no pueden hablar por sí mismos.
Sin embargo, hay un detalle clave: es un envío programado. Pulsa en las opciones de envío y fija la hora: 22:30 de la noche.
Una hora y media después de la cita en el faro.
Si para entonces Carmen está a salvo y ellos están fuera de peligro, solo tendrá que pulsar un botón para anular el envío y el mensaje se borrará como si nunca hubiera existido.
Pero si algo sale mal, por si el "orden" de los Velasco decide que no debe haber testigos, el correo saldrá disparado hacia los servidores de la Guardia Civil en Madrid, convirtiendo su desaparición en un escándalo nacional que ninguna fortuna podrá tapar.
– ¿A quién escribes tanto, muchacho? –pregunta el viejo, mirando el móvil con desconfianza.
– A nuestro ángel de la guarda, Selu –responde mientras bloquea el teléfono para guardárselo en el bolsillo– Si esos tipos creen que pueden hacernos desaparecer en el acantilado sin que nadie haga preguntas, es que no saben cómo funciona el siglo XXI.
He puesto el reloj en marcha. Ahora, el tiempo también corre en contra de ellos.
Con el móvil a buen recaudo dentro del bolsillo de su pantalón, parece que el peso del inventario de los vivos se ha equilibrado un poco. El correo está ahí, latiendo en la nube, esperando en silencio a que la noche decida si debe ser enviado o morir en la papelera.
De repente, en apenas unas fracciones de segundo el silencio que reina en los Jardines de Pereda se vuelve asfixiante .
A lo lejos, por la calzada que bordea el parque, una berlina gris oscuro aparece avanzando a una velocidad anormalmente lenta, como si estuviera buscando algo o a alguien.
José Luis se tensa de inmediato, dejando que la pipa se apague entre sus labios, mientras el escritor siente como el corazón le da un vuelco de tal magnitud que amenaza con quedarse alojado en la garganta.
Parece el mismo modelo con el mismo color plomizo que les acosó en la carretera y que, según las noticias, acabó con la vida de Elena.
El coche se detiene a escasos veinte metros de su banco, con el motor ronroneando como un depredador en reposo.
Ninguno de los dos respira.
Álvaro aprieta los puños, convencido de que las puertas se van a abrir y que el "Hombre de seda" va a dar por terminada la tregua antes de tiempo.
Sin embargo, del fondo de uno de los senderos del parque, aparece una mujer joven empujando un carrito de bebé.
Camina con naturalidad, ajena al drama que se desarrolla en el banco de piedra.
Cuando llega a la altura del vehículo, la puerta del conductor se abre y sale un hombre joven, vestido con ropa deportiva, que saluda a la mujer con un beso rápido.
Con movimientos rutinarios, el hombre ayuda a su esposa a plegar el carrito y a guardarlo en el maletero del coche.
Después la berlina gris arranca alejándose suavemente hasta perderse en el tráfico de Santander.
José Luis suelta un suspiro largo. Un aire que parecía llevar retenido desde hace un siglo. Se limpia el sudor de la frente con el dorso de la mano.
– Maldita sea... –masca el viejo, con la voz temblorosa– Estamos viendo fantasmas en cada esquina.
– Es lo que quieren –le responde, sintiendo cómo el pulso le baja lentamente– Quieren que tengamos el alma en vilo desconfiando de hasta nuestra propia sombra.
Pero ese coche me ha recordado algo: ellos son pocos y nosotros estamos en su ciudad.
Si nos ven como a esos dos del banco, es porque aún tenemos una oportunidad.
Se quedan en silencio.
La normalidad de aquel padre de familia ha sido un espejismo cruel; ellos no tienen carritos que guardar, ni casas a las que volver. Solo poseen un faro, un correo programado y unas vidas que pende den un hilo hasta las nueve de la noche.
Álvaro mira la hora.
Son casi las dos de la tarde.
Creando un ambiente de calma irreal, el sol de mediodía rebota contra el asfalto de los Jardines de Pereda y sus alrededores. Todavía siente el peso de la hamburguesa en el estómago, pero mira a José Luis y ve cómo la piel se pega a sus pómulos.
El viejo no ha probado bocado desde aquellas porras en Castro, y la tensión le está consumiendo las pocas reservas que le quedan.
– Selu, tienes que comer algo –le dice levantándose del banco –A las nueve no nos va a servir de nada estar lúcidos si no tienes fuerzas para mantenerte en pie.
Dispuesto a soltar una de sus negativas habituales, el Cachalote levanta la vista, pero el rugido de sus propias entrañas le traiciona. Por unos segundos su orgullo de viejo marinero lucha contra la debilidad física antes de claudicar.
– Está bien, muchacho. Puede que tengas razón –gruñe, guardando la pipa apagada– Pero escúchame bien: no pienso volver a poner un pie en uno de esos antros de comida de plástico.
Ni hamburguesas, ni pizzas de esas que saben a cartón mojado.
Si voy a meter algo en el cuerpo, que sea comida de cristiano.
– Dime donde. Tú eres el que conoce las tabernas de verdad aquí.
Ajustándose la zamarra con un gesto que le devuelve un poco de su antigua prestancia, el Cachalote se pone en pie sugiriendo un destino.
– Vamos hacia la zona de Puerto Chico. Hay un sitio, cerca de la calle Tetuán, donde todavía saben lo que es una ración de rabas y un buen trozo de tortilla con cebolla. No habrá luces de neón ni Wi-Fi de ese tuyo, pero las mesas son de madera y el vino no sabe a química.
Dejan el centro más moderno de Santander caminando juntos hacia el este de la ciudad. De alguna extraña manera Álvaro se siente un poco más tranquilo al ver que su amigo ha recuperado ese aire de mando al elegir el local.
Tras un largo paseo, ambos entran en una taberna estrecha, de paredes oscuras llenas de fotos de barcos y redes de pesca, donde el aroma a fritura de la buena y a mar les recibe como un abrazo de algo conocido. Piden unas raciones y dos vasos de tinto.
Sentados en un rincón donde la luz del sol apenas llega, José Luis empieza a comer con una parsimonia solemne.
El escritor lo observa en silencio, sabiendo que este inventario de los vivos incluye también este último almuerzo compartido, un último momento de normalidad antes de que el sol se ponga y el Faro de Cabo Mayor reclame su parte del trato .
Al otro de Santander, tras el corte de la llamada, el despacho recupera el silencio sepulcral habitual allí dentro.
El Hombre de la voz de Seda guarda el teléfono con un movimiento fluido y se queda observando a su rehén, que es poco más que un fardo de ropa vieja y miedo atada a la silla.
– Ha sido una conversación productiva, señora Tajuelo.
Su hermano es... vehemente, pero razonable cuando se le explica el orden de las cosas –dice él, con esa cortesía gélida que no admite réplica– Si todo va bien, muy pronto estará usted de vuelta en su cocina.
Compórtese como la mujer juiciosa que aparenta ser y no nos obligue a ser...
digamos… descorteses. Usted ya me entiende.
Carmen, tras la mordaza, apretando las piernas fuertemente, emite un sonido gutural, que es una mezcla de súplica, pero, sobre todo, de necesidad. El hombre arquea una ceja, adivinando los reclamos biológicos de su rehén.
– Ah, entiendo. Las necesidades del cuerpo no entienden de protocolos.
Se acerca al escritorio. Pulsa con el dedo índice un botón de nácar de un intercomunicador antiguo.
Apenas transcurren diez segundos cuando la puerta doble se abre sin ruido dando paso a dos hombres.
No son matones de película; visten trajes oscuros de corte impecable moviéndose con la eficiencia discreta de quienes están acostumbrados a limpiar manchas de sangre sin arrugarse la camisa.
– Llévenla al servicio. Después, denle algo de comer y enciérrenla en el "cuarto de invitados" –ordena el jefe con una ironía que flota en el aire como la esencia de su perfume.
Obedeciendo, los dos empleados se acercan a la silla. Carmen siente la proximidad de esos cuerpos extraños y se tensa, esperando un golpe que no llega. Lo que se oye es el sonido metálico y seco de una navaja automática que se abre.
El momento es de una precisión quirúrgica .
Uno de ellos la sujeta con fuerza por el hombro para que no se mueva, mientras el otro desliza la hoja por las ataduras de los tobillos.
Siente el frío del acero rozando su piel antes de que la cinta americana ceda con un crujido seco, liberando la circulación y provocándole un hormigueo doloroso, como si miles de agujas le pincharan los pies.
Luego pasan a las manos. Con un rápido movimiento corta la cinta que la une al respaldo de la silla.
Carmen siente cómo la presión en sus muñecas desaparece, pero sus brazos caen muertos a los costados, entumecidos.
Nota el tirón de los vellos de la piel al despegarse el adhesivo, un dolor punzante y mundano que consigue arrancarle un gemido tras la mordaza.
Está libre de la silla, pero sigue en la oscuridad total de la venda. La levantan en vilo, uno bajo cada axila. Sus pies apenas rozan la alfombra.
– Camine –le ordena una voz plana a su oído.
Después la sacan del lujo del despacho hacia un pasillo donde el aire es más frío. Cuando finalmente la empujan dentro del "cuarto de invitados", oye el sonido de una cerradura de alta seguridad echándose tras ella.
Allí dentro le quitan la venda y mordaza con un tirón brusco.
Carmen parpadea, deslumbrada por una bombilla desnuda y polvorienta que cuelga del techo.
Allí dentro no hay vistas a la bahía. El irónicamente llamado "cuarto de invitados" no deja de ser un trastero asfixiante, lleno de cajas de cartón, una mesa de oficina vieja que ha conocido tiempos de esplendor ya pasados, un orinal esmaltado que un día fue blanco, un lavabo de pie que debía hacer más de doscientos años que no se usa y una cama supletoria que huele a cerrado y a décadas de decadencia.
Dentro de aquelle reducida estancia el silencio es absoluto, tan solo roto por el zumbido de la bombilla desnuda.
Tras usar el orinal con una vergüenza que le quema las mejillas, se sienta en el borde de la pequeña cama cuyo colchón cede bajo su peso exhalando un suspiro de polvo y años de desuso .
Allí, en la soledad de ese zulo, cierra los ojos y entrelaza sus dedos, aún marcados por el pegamento de la cinta.
No tiene un rosario, pero tampoco lo necesita.
Empieza a rezar con una fe que es puro granito, una oración dirigida a la Virgen del Carmen pidiéndole que proteja a José Luis de su propio genio, que ilumine al "muchacho del libro" y que, sobre todo, la marea no se lleve a su familia por delante.
Es un ruego susurrado, apenas un movimiento de labios que es la última defensa de una mujer que sabe que ya no puede hacer nada más por sí misma, encomendando su futuro y el de su hermano a poderes que ni ella entiende.
A los cinco minutos, el cerrojo gira con un chasquido metálico.
Entra uno de los hombres del despacho cargando una bandeja de plata, que se convierte en un contraste ridículo con el entorno de cajas de cartón, polvo y abandono de aquella habitación.
Sobre ella hay un sándwich vegetal envuelto en papel film y una botella de agua mineral sin abrir.
Deja la bandeja sobre la mesa desvencijada y se queda un momento observando a la anciana sentada en la cama.
No hay odio en su mirada, solo una indiferencia profesional que asusta más que la violencia.
– El señor dice que, si necesita algo más, solo tiene que pedirlo –comenta, ajustándose el cuello de la camisa– No desea que luego se diga que somos unos "descorteses".
Carmen mira la comida sin hambre y hasta con cierta repulsa a lo que significa realmente.
Una ironía del jefe de la casa que le llega como una bofetada sin manos.
Se le ofrece cortesía a cambio de robarle la libertad; se le entrega un sándwich vegetal mientras deciden si la arrojan a los acantilados.
La puerta se cierra tras la salida del secuaz, dejándola otra vez con el eco de sus oraciones y el brillo mortecino de la bombilla .
Mientras, en las aceras de Santander el Cachalote exhala el humo, ahora amargo, de su pipa contando los minutos para una cita con la muerte mientras su hermana, en la soledad de una celda sin lujo, mastica el sándwich de la cortesía con el mismo miedo con el que se espera un naufragio.
Dos destinos unidos por un hilo de acero, y un final que solo el Cantábrico conoce.