El peso de todas las olas CAPITULO X #3
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CAPITULO X #3

Aunque no comprenda nada de lo que le dice, el viejo asiente.

Sin embargo, Álvaro no se detiene ahí. Su mente de escritor, acostumbrada a los giros finales, le grita que dos copias no son suficientes.

Si los Velasco son tan poderosos como dicen, pueden registrar a José Luis, pueden interceptar el mensaje programado o pueden, simplemente, destruir cualquier rastro físico que lleven encima.

Ignorando por un momento el murmullo de la hamburguesería y el olor a carne a la plancha, el escritor baja la mirada hacia su muñeca izquierda.

Bajo la manga de su cazadora de cuero, el cristal negro de su Smartwatch brilla con una luz tenue.

Hasta hace un segundo era solo un accesorio caro para contar pasos y recibir notificaciones de correos que ya no le importan.

Ahora se ha convertido en su Plan C.

Mientras su mano derecha sigue apoyada en la mesa de plástico, con el dedo índice empieza a deslizar la corona digital de su Smartwatch .

No busca archivos ni transferencias imposibles ya que su mente ha ido un paso más allá: si van a verse cara a cara con el "hombre de seda", si van a estar frente a frente con el mal que ha gobernado Santander durante dos siglos, necesita que cada palabra, cada amenaza y cada confesión quede registrada para siempre.

Abre la aplicación de notas de voz.

El pequeño icono del micrófono aparece en la pantalla, vibrando con el ruido ambiente del local.

Ajusta la sensibilidad y lo deja preparado, oculto bajo la manga de su cazadora.

Sabe que, por muy profesionales que sean los Velasco, despreciarán el reloj una vez que le arrebaten el móvil.

Para ellos, será solo un juguete de lujo desconectado.

José Luis, que no le quita ojo, frunce el ceño con una mezcla de sospecha y desesperación.

–        ¿Pero qué demonios haces ahora con el relojito de los cojones? –gruñe a la vez que baja el tono de su voz– ¿Te vas a poner a mirar la hora mientras Carmen está a saber dónde? ¡Pareces un crío con un juguete nuevo en mitad de un entierro!

Álvaro levanta la vista y mira al Cachalote con una frialdad que hace que el viejo se calle de golpe. Es una mirada que no tiene nada de humana, es la mirada de alguien que está escribiendo el final de una tragedia.

–        Estoy creando un fantasma –responde casi sentenciando– Algo que va a seguir hablando por nosotros incluso cuando nos hayan dejado mudos.

Aturdido por una respuesta que no comprende, se queda en silencio, mirando el cristal negro del reloj como si fuera un amuleto oscuro. No sabe de bits ni de grabaciones digitales, pero entiende la determinación en los ojos del escritor.

Sin previo aviso, Álvaro nota un rugido en el estómago que le devuelve a la realidad física de la hamburguesería.

Resulta extraño, casi obsceno, sentir hambre cuando la vida de Carmen cuelga de un hilo a pocos kilómetros de allí, pero su cerebro, satisfecho por haber tejido su propia red de seguridad, ha reclamado energía.

–         Me voy a pedir un menú –dice con resolución, poniéndose en pie.

El Cachalote le mira como si acabara de confesar un asesinato. Su rostro es una máscara de indignación y asco.

–        ¿Un menú? ¿Te vas a poner a zampar esa basura de cartón y aceite usado ahora mismo?

– despotrica el marinero, levantándose también, pero con la intención de huir del local– Tú estás perdiendo el juicio.

Yo no pienso mirar cómo te metes eso entre pecho y espalda mientras mi hermana está con la soga al cuello.

Me voy a la calle, a que me dé el aire y a fumarme una pipa de verdad, que aquí dentro huele a plástico quemado.

José Luis sale del establecimiento con paso firme, dejando que la campana de la puerta anuncie su retirada, mientras su amigo se queda solo en la cola de la caja .

Pide una hamburguesa doble con todo, patatas y un refresco grande. Da cuenta del menú sentado en un rincón, devorando la comida de forma mecánica, casi sin sentir el sabor, mientras sus ojos no dejan de vigilar la calle a través del cristal.

Fuera, en la acera, la silueta del Cachalote destaca contra el trasiego de la gente que camina por el centro de la ciudad.

El viejo está de espaldas, con el cuello de la zamarra subido para protegerse de la brisa, concentrado en el ritual de encender su pipa. Para él, ese establecimiento es un insulto a su tragedia; prefiere el humo del tabaco y el aire de la calle a la "basura" que está ingiriendo.

Con rapidez termina la consumición y se limpia los dedos con una servilleta de papel mientras no deja de observa al viejo.

José Luis parece una roca batida por el mar, inmóvil entre la marea de peatones que pasan a su lado sin sospechar que ese hombre tiene a su hermana secuestrada por una estirpe de intocables.

Quedan nueve horas para la cita .

Nueve horas de luz solar en las que tendrán que deambular por Santander como fantasmas, cargando con un reloj que graba y un pendrive que puede destruirlo todo.

Ajusta su Smartwatch bajo la manga, se levanta y sale a la calle para reunirse con su amigo.

El sol está en lo más alto, pero para ellos, la larga sombra del Faro de Cabo Mayor ya ha empezado a proyectarse sobre sus cabezas…