El peso de todas las olas CAPITULO X #2
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CAPITULO X #2

Al doblar una esquina, el resplandor de los carteles luminosos de un Burger King inunda la acera.

A través de la inmensa cristalera, el local hierve de vida: es la hora en la que los grupos de amigos y las familias empiezan a llenar las mesas.

Como si una poderosa fuerza le impidiera dar un paso más, Álvaro se detiene en seco, observando la escena con una fijeza extraña.

Ve a los chavales con sus auriculares puestos, las bandejas llenas y, sobre todo, ve los portátiles abiertos sobre las mesas de plástico. El brillo de las pantallas se refleja en el cristal, y con él, una idea salvaje empieza a cobrar forma en la mente del escritor.

Es una epifanía, una revelación mundana y eléctrica que no esperaba encontrar entre el olor a carne a la parrilla y el bullicio de los adolescentes.

Dentro de su bolsillo el pendrive empieza a quemarle, pero esta vez no es por miedo, sino por la repentina comprensión de que, sin querer, acaba de encontrar una salida.

Mira el Wi-Fi gratuito anunciado en la puerta, se fija en un chico que teclea absorto en un rincón y siente que la suerte, esa amante caprichosa que les había abandonado en el archivo y en la carretera, acaba de sentarse a su mesa.

–        Selu, mírame –exclama agarrando al viejo por los hombros con una energía nueva que le hace reaccionar– Mírame bien. Carmen va a volver a casa. Te lo juro por mi vida.

El Cachalote le mira sin entender, pero él ya está empujando la puerta del establecimiento. El aire acondicionado y el sonido de las máquinas registradoras les reciben como si fueran el refugio más seguro del mundo.

Allí donde menos lo esperaba, como si hubiera hallado un tesoro de esos que hablan las leyendas, está a punto de resolver la incógnita de como desarmar a los Velasco sin que ellos, en su arrogancia de despacho y lujo, se den cuenta de que el orden, su orden, está a punto de saltar por los aires .

Justo antes de cruzar el umbral José Luis se detiene en seco, clavando los talones en la acera como si el suelo del local quemara.

Mira a su amigo con una mezcla de asco y absoluto desconcierto, señalando con un gesto despreciativo el cartel luminoso de la hamburguesa gigante que preside la entrada.

–        ¿Qué coño haces? ¿Te has vuelto loco de remate?

–gruñe y, por un segundo recupera algo de su habitual aspereza– ¿Cómo pretendes que me meta ahí a comer?

Con lo que tenemos encima, con mi hermana en manos de esos carniceros...

no me pasaría ni un vaso de agua por la garganta.

Y menos esas porquerías industriales que venden ahí dentro.

¡Eso es bazofia para turistas! ¡No pienso sentarme a masticar cartón mientras Carmen no puede ni respirar!

Para el marinero, la idea de entrar en un templo de la comida rápida es la gota que colma el vaso de su humillación.

No entiende que el brillo en los ojos de Alvaro no tiene nada que ver con el hambre, sino con la supervivencia pura.

Mira el local con odio, como si el olor a aceite frito fuera una afrenta personal a su tragedia.

Consciente de que no puede explicarle el plan a voz en grito en mitad de la calle, lo sujeta con fuerza arengándolo para que entre.

–        Confía en mí. Solo una vez más –le suplica en un susurro urgente– No vamos a comer. Vamos a luchar. Entra y siéntate, pon cara de estar esperando un pedido... pero no me quites el ojo de encima.

Inmediatamente localiza su objetivo, ese que ha visto apenas hace unos segundos a través de las grandes vidrieras del local:  un chico de unos veinte años, con auriculares puestos, absorto en un portátil mientras un pendrive con luces LED parpadea en el puerto lateral.

Fingiendo calma, como si nada pasar, se le acerca tocándole suavemente el hombro. El chico se sobresalta, bajándose los cascos.

–        Perdona la molestia, chaval –empieza Alvaro, que baja la voz mientras va sacando un billete de cincuenta euros del bolsillo, manteniéndolo a la vista, pero bajo– Tengo una emergencia de trabajo.

Se me ha estropeado el puerto de mi equipo y tengo que entregar este archivo en media hora.

Te doy esos cincuenta euros ahora mismo si me dejas copiar mi pendrive en el tuyo, y luego me vendes el tuyo.

Te quedas el dinero y te compras tres memorias nuevas si quieres.

El chico mira el billete de cincuenta y luego al misterioso interlocutor. La lógica del dinero fácil gana a la sospecha.

–        Vale, tío... sin problema. Pincha ahí –dice el chaval, apartando su bandeja de patatas fritas.

Con un rápido movimiento, procurando que nadie lo vea, introduce el pendrive original en el portátil del chico.

Sus dedos vuelan sobre el teclado ajeno.

Ve cómo sus archivos, la herencia de Don Julián, las fotos de los legajos se deslizan por la pantalla del portátil en una barra de progreso que parece durar una eternidad .

Es un intercambio invisible: no hay rastro en la red, no hay servidores, solo una transferencia física entre dos trozos de plástico en medio de un local que huele a kétchup.

–        Hecho –Comenta el escritor extrayendo los dos dispositivos. Después le entrega el billete al chico, que lo guarda como si hubiera visto un milagro– Gracias tío, nos has salvado la vida. Literalmente.

Guarda el pendrive original en su bolsillo de siempre, pero el nuevo, el del chaval del Burger King, se lo entrega a José Luis por debajo de la mesa en la que, aparentemente, están esperando su pedido.

–        Selu, esconde esto. En el sitio más profundo de tu zamarra. Si nos registran a mí primero, ellos creerán que ya lo tienen todo.

–        ¿Y qué hacemos con esto –pregunta el viejo, palpando el pequeño objeto de plástico?

–        Es parte de nuestro seguro de vida, amigo mío. Necesito que ahora confíes en mí más de lo que nunca hayas podido hacer .