CAPITULO X
EL SILENCIO DE LOS VENCIDO S
C on una parsimonia que resulta cruel, el autobús que los lleva de vuelta a Santander avanza lentamente hacia la capital. Quizás el chófer se haya adelantado en el servicio anterior y ahora deba ajustar su horario para cuadrarlo perfectamente.
Es un pequeño mazazo para las expectativas de Alvaro y Jose Luis. Aunque dispongan todavía de tiempo, éste corre en su contra.
Los dos están sentados en la penumbra de las filas traseras, rodeados de pasajeros anónimos que dormitan o miran sus móviles, ajenos a la tormenta que ellos llevan dentro.
No se atreven a cruzar palabra; la paranoia les dicta que cualquier susurro podría ser captado por un micrófono invisible o por el oído atento de un viajero que no sea lo que parece .
Grabada en cada surco del rostro del Cachalote se marca una crueldad que Álvaro jamás, desde que se conocieron, ha visto.
Su amigo, ese viejo marinero que siempre ha tenido una respuesta brava para cada galerna, permanece mudo, con las manos nudosas apretadas sobre las rodillas.
Tiene la mirada perdida más allá del cristal, en un paisaje de prados húmedos y viaductos que saltan sobre rías plateadas, pero él sabe perfectamente que no ve el exterior.
Apostaría su propia vida a que lo Jose Luis está viendo no es otra cosa que la cara su propia hermana atrapada Dios sabe dónde, pero que, con total seguridad, debe ser en algún refugio seguro de los Velasco.
La vibración del vehículo les recorre el cuerpo, recordándoles que cada segundo que pasa, los acerca más a la cita de las nueve en el Faro de Cabo Mayor.
Su mente, sin embargo, no se rinde.
El autobús enfila la recta final. La silueta de Santander se va agrandando tras el parabrisas del ALSA, devorando el horizonte con una voracidad metálica .
Como las mandíbulas de un animal inmenso, las grúas del puerto y los edificios de la entrada parecen cerrarse sobre ellos, amenazando su existencia.
Álvaro observa cómo el asfalto desaparece bajo el chasis, como cada vuelta de las ruedas, rítmica y monocorde, los acerca a un final del que no saben nada.
Un destino que ha sido escrito por otros en despachos con aroma a cedro.
No hay heroísmo en ese trayecto, solo la inercia de un motor que los entrega, puntual y eficiente, en manos de quienes controlan el tiempo y la vida en la ciudad.
El Cachalote aprieta los puños hasta que los nudillos le clarean, consciente de que el asfalto de su propia tierra se ha vuelto extraña y peligrosa.
Con suavidad al entrar en la dársena, el autobús frena dando por finalizado ese trayecto. El largo bufido de los frenos de aire suena como el último suspiro de una tregua que ya ha expirado y el siseo de las puertas del autobús al abrirse marca el inicio de una realidad que ya no admite tregua .
Álvaro desciende los peldaños de metal poniendo un pie en el andén de la Estación de Autobuses de Santander, percibiendo el olor a gasóleo y el bullicio de los viajeros que se cruzan con ellos.
Camina unos metros.
De repente nota que el eco de sus propios pasos es el único que le acompaña. Se detiene en seco y vuelve la mirada hacia atrás.
José Luis se ha quedado petrificado a pocos pasos de la salida del ALSA.
Aquel hombre que ha capitaneado barcos entre olas de diez metros, aquel que nunca ha bajado la mirada ante un temporal, está allí, inmóvil, con los brazos colgando y la vista clavada en las baldosas sucias del andén.
Sus hombros, siempre anchos y fuertes, parecen haberse hundido bajo un peso invisible, como si el mundo entero hubiera decidido reposar sobre su espalda en ese preciso instante.
Es una imagen inconcebible: el Cachalote, el lobo de mar, ha sido vencido por su propia ciudad.
– ¿Selu? ¿Qué te pasa? –pregunta, acercándose con una punzada de alarma en el pecho– Tenemos que movernos, no podemos quedarnos aquí parados.
Lentamente, como si la vida le fuera en ellos, el viejo levanta la cabeza. Sus ojos, antes fieros, ahora están nublados por una vulnerabilidad que desgarra. Mueve los labios un par de veces antes de que las palabras logren salir, cargadas de una gravedad que detiene el tiempo.
– Alvaro... –dice con voz rota.
Ese nombre, el suyo, resuena en el aire de la estación con la fuerza de una campana de naufragio. Hoy, después de tanto tiempo, de tanto vivido, es la primera vez que no le llama "muchacho", "escribidor" o "periodista".
Usar su nombre de pila ha derribado la última barrera del orgullo de un hombre inquebrantable antes las vicisitudes de la vida.
Álvaro es incapaz de evitar que se le erice la piel, pues sabe que esa palabra es la señal de que su amigo ha llegado al límite absoluto de su resistencia.
El Cachalote ya no está luchando contra el mar, está luchando por la vida de su hermana, y esa es la única batalla que no sabe cómo ganar.
Una alarma silenciosa se enciende en su interior. Su amigo, ese ser que le servía de ancla se está desmoronando, y ahora es él quien tiene que decidir si se hunde a su lado o, por el contrario, asume el mando de un barco que hace tiempo que hace aguas.
José Luis no se mueve. Sigue allí, varado en mitad del andén, mientras el resto de los pasajeros le esquivan como si fuera un estorbo en su prisa cotidiana. Cuando habla, su voz no es el trueno de siempre; es un susurro infantil, torpe, donde cada palabra parece una piedra que le cuesta arrastrar.
– Álvaro... tengo miedo –balbucea, y el nombre del escritor suena en su boca como una súplica– No es por mí. A mí que me echen al fondo si quieren... pero Carmen... no podría perdonarme que le pasara nada por mi culpa. Por mis silencios. Por mis secretos.
Levanta las manos observándolas con un desprecio infinito. Son grandes, toscas, con los nudillos deformados por décadas de tirar de redes y sujetar timones en mitad de la galerna, manos que han luchado a muerte de tú a tú con el mar y han salido victoriosas mil veces.
Sin embargo, ahora, bajo los fluorescentes amarillentos de la estación, las contempla como si fueran objetos inútiles, dos trozos de carne muerta que no sirven para proteger lo único que ama.
– Míralas –dice con los ojos empañados– ¿De qué me sirven ahora? De nada. Toda una vida de fuerza para acabar así... sin poder hacer nada contra un hombre que habla educado por teléfono.
Álvaro siente un nudo en la garganta que apenas le deja respirar. La imagen de ese gigante de mar reducido a una sombra es el golpe de realidad más duro de todo el viaje. Comprende que el Cachalote no es que no quiera andar; es que siente que sus piernas ya no tienen tierra que pisar.
Invadiendo su espacio con una desesperación que huele a derrota y a salitre, José Luis se acerca a su amigo. Le agarra del antebrazo con una presión que ya no busca guiarle, sino sostenerse a sí mismo para no caer.
– Tenemos que hacer todo lo que nos digan –repite el viejo, y una lágrima solitaria se pierde en los surcos de su mejilla– Dale ese cacharro que llevas en el bolsillo y el cacho de papel del archivero...
dáselo todo. Que se queden con el secreto, con el barco y con la verdad de los muertos.
A mí ya no me importa la historia, solo quiero que me devuelvan a mi hermana.
El Cachalote está dispuesto a quemar el último puente con la justicia y con su propia dignidad con tal de detener el cronómetro que pesa sobre la cabeza de Carmen. Para él, el pendrive y la nota han pasado de ser pruebas históricas a ser simples monedas de cambio en un mercado de carne y miedo.
– Dáselo. Por lo que más quieras... –suplica con la mirada clavada en el bolsillo del escritor, donde se adivina la silueta del dispositivo.
Álvaro mira a su alrededor .
La estación sigue con su ritmo indiferente, pero para ellos el tiempo se acaba de congelar en ese rincón de la dársena.
Es consciente de que, si hace lo que José Luis le pide sin rechistar, los Velasco ganarán por completo, borrando setenta años de crímenes con un simple gesto.
Pero también sabe que no puede pedirle a un hermano que sacrifique a su sangre por un puñado de archivos digitales.
Bajo el peso de una verdad que no admite dudas, asiente, mientras su mirada se clava en un punto incierto más allá de las cristaleras de la estación. No hay duda alguna, sin remitirse a las pruebas, de que, para tipos como los Velasco, los cabos sueltos no se dejan en libertad; se cortan de raíz.
El miedo del marinero es puro, pero el suyo es una rabia helada que le dice que, si entregan todo sin un plan, los tres acabarán alimentando a los peces en el fondo del Cantábrico antes de que amanezca.
Sin embargo, no abre la boca.
No puede decirle a un hombre que acaba de romperse que su sacrificio podría ser en vano .
Se guarda esa sospecha letal en el mismo lugar donde guarda su instinto de escritor: en la recámara, esperando el momento de disparar.
– Tienes razón –le responde con una calma fingida, mientras le pone una mano en el hombro para infundirle una firmeza que él tampoco tiene– Hagamos lo que piden. Pero no aquí. Salgamos de la estación. Este lugar tiene demasiados ojos y muy poco aire.
Sabedores de que la urgencia ya no es solo por llegar a la cita; sino sobrevivir a ella, caminan hacia la salida. En su mente, ya no repasa el pasado de los Velasco, ahora intenta adivinar cuál puede ser su próximo movimiento en la sombra.
Bajo el cielo plomizo de la capital, en la calle, la partida de ajedrez ha subido de nivel de maestría: ahora cada jugada, cada paso que den hacia el Faro de Cabo Mayor puede ser el última.
No tienen rumbo fijo, solo necesitan quemar el tiempo que les queda hasta las nueve, huyendo de una realidad que les ha acorralado .
El Cachalote sigue con la mirada perdida mientras el escritor mantiene los ojos abiertos, buscando desesperadamente una grieta en el muro que los Velasco han levantado a su alrededor.