El peso de todas las olas CAPITULO IX #2
70%

CAPITULO IX #2

–        Un lugar acorde con la magnitud de lo que guardan –responde la voz con un matiz de ironía– A las nueve de la noche, cuando el sol se esconda, nos veremos en el Faro de Cabo Mayor.

Es un punto apartado, al borde de los acantilados de Mataleñas.

Allí el viento del Cantábrico se encargará de que nadie oiga sus lamentos si deciden ser imprudentes.

Jose Luis, usted que conoce esta tierra como la palma de su mano, no tendrá problema para saber cómo llegar ¿Verdad?

–         Sí, sé dónde es –Responde a regañadientes.

Atada a la silla, testigo de toda la conversación, Carmen, deja escapar un gemido ahogado. Conoce ese faro y sabe que altura tienen esos acantilados.

–        Les pido, sobre todo por el bien de esta buena señora, que no alberguen la idea de avisar a la Policía –añade el hombre, acercándose a su rehén mientras pasa un abrecartas por el hombro de forma casi cariñosa– Tenemos ojos en cada comisaría y oídos en cada centralita de Santander.

Si vemos una sola sirena o un solo coche camuflado en las inmediaciones de Cabo Mayor, la negociación acabará antes de empezar y su hermana pasará a forma parte del paisaje marino.

Sean puntuales. Nuestra familia no tolera los retrasos.

Inmediatamente después la llamada se corta con un chasquido definitivo. En el despacho, el hombre guarda el teléfono y mira a su rehén que tiembla bajo la venda que tapa sus ojos.

Como saboreando una victoria que aún no se ha producido, camina lentamente hacia los grandes ventanales que iluminan el despacho.

Tiene ambas manos cruzadas a la espalda, un gesto que le hace sentirse victorioso mucho antes de haber acudido a la batalla.

Desde allí ve Santander, el bullicio de sus calles, el incesante ajetreo del tráfico que contrasta con el Cantábrico que, ahora mismo, rompe con lánguidas olas que mueren en la playa.

Sabe que es poderoso. Lo suficiente como para decidir el destino de cada persona que ose inmiscuirse en los asuntos de los Velasco.

Así ha sido durante más de doscientos años y así seguirá .

El silencio que sigue a la llamada es tan denso que el ruido de las olas contra el espigón de Castro Urdiales suena lejano, casi irreal.

Álvaro levanta la muñeca para consultar su reloj.

Son algo más de las diez de la mañana. Tienen once horas por delante, once horas en las que cada minuto se convertirá en una tortura de dudas y sombras.

Sin mediar palabra, saca su propio móvil para entrar en la aplicación de transporte.

Aunque entumecidos por la rabia y el miedo, sus dedos recorren la pantalla buscando el horario de los autobuses de ALSA para el regreso.

Comprueba las frecuencias de la tarde, calculando al milímetro el trayecto de vuelta a Santander.

Necesitan llegar con el margen suficiente como para cruzar la ciudad sin llamar la atención, para convertirse en sombras entre las sombras antes de enfilar la subida hacia el Faro de Cabo Mayor.

–        Hay tiempo, José Luis –murmura con firmeza– El suficiente para volver y no faltar a la cita. Pero también para hacer una última cosa. No pienso acudir a la cita en ese faro con las manos vacías.

José Luis no responde. Sigue mirando hacia el acantilado de Santa Ana. Lágrima de impotencia surcan su rostro aunque el viento del Cantábrico se encarge de secar al instante.

Sobre la mesa de la vida y la muerte, el tablero está dispuesto: una vida en Santander, un secreto en las rocas y una cuenta atrás que acaba de empezar a devorarlos.

Álvaro guarda el teléfono en el bolsillo con los dedos cerrados en un puño, apretando el metal del dispositivo.

Mira a José Luis y ve en el viejo marinero una derrota que le quema las entrañas; el Cachalote está dispuesto a entregar hasta su propia alma con tal de ver a Carmen entrar por la puerta de casa, sin embargo, él siente algo distinto.

Es una rabia fría, una lucidez eléctrica que empieza a conectar los puntos.

Su mente lógica funciona a toda prisa, barajando posibilidades, analizando una tras otras posibles variables de una solución que, a priori, parece inamovible .

No puede poner en juego la vida de la mujer. Él no es un estratega, mucho menos un héroe de acción, pero es escritor y, como tal, se ha acostumbrado a construir tramas en las que el poder siempre cree tener la última palabra.

Mientras caminan acercándose a la parada del autobús, un torbellino de ideas inunda con la fuerza de una galena su cabeza. Procesa tiempos, distancias y, sobre todo, la impunidad de esos hombres, de esa familia que ha hecho del terror y el silencio una muralla infranqueable.

–        No voy a dejar que se salgan con la suya Selu. Iremos a esa cita. Les daremos lo que quieren. Pero no antes de que la verdad deje de ser solo nuestra.

No le cabe la menor duda de que, si entrega el pendrive y la nota de Don Julián sin un plan B de respaldo, Carmen y ellos se convertirán en tres "accidentes domésticos" antes de que amanezca mañana.

El orden de los Velasco no admite supervivientes que hayan visto sus cartas .

Álvaro toca el pendrive a través de la tela del pantalón. Ese trozo de plástico, que ahora maldice, se ha convertido en un ancla que los arrastra sin remisión al fondo, sin embargo, también es la única arma capaz de hundir la flota de sus perseguidores.

La ironía a veces juega malas pasadas.