CAPITULO IX
EL REVERSO DE LA MEDALL A
A quel despacho huele a madera de cedro, cuero caro y a una fragancia masculina sutil que flota en el aire acondicionado.
Es una estancia inmensa, bañada en una penumbra que solo rompe la luz dirigida hacia una mesa de caoba maciza, donde un cenicero de cristal de roca guarda una brizna de ceniza solitaria.
Los cuadros de antepasados con casacas oscuras vigilan desde las paredes. Sus ojos al óleo parecen aprobar la escena que se desarrolla en el centro de la alfombra persa. En su interior, rompiendo la armonía estética del lujo, se encuentra la hermana de José Luis.
Carmen es lo más parecido a una mancha de realidad sucia en un mundo de lujo y terciopelo.
Está sentada en una silla de respaldo alto, aunque su postura no sea natural.
La cinta americana plateada que brilla bajo el haz de luz, rodea muñecas y tobillos con una presión tan eficiente que logran fusionar su cuerpo menudo a la estructura de la silla.
Cruzándole la boca, otra tira de cinta le hunde las mejillas, mientras una venda oscura le tapa los ojos, impidiendo cualquier rastro de esa mirada vivaz que suele tener en el Barrio Pesquero.
Está inconsciente.
Balanceándose levemente con cada respiración sorda y dificultosa que logra escapar por su nariz, la cabeza le cuelga hacia un lado
Para sus captores, esa mujer no es una persona; es un daño colateral, una herramienta de negociación que han extraído de su mundo de cocidos y redes para colocarla en el tablero de la alta finanzas.
Como una marea sucia y pesada regresa la conciencia de Carmen.
Lo primero que siente es el sabor metálico del pegamento de la cinta contra sus labios y un dolor punzante que le recorre las sienes, como si alguien le hubiera clavado un clavo de hierro en la nuca.
Intenta mover las manos para llevárselas a la cabeza, pero sus muñecas están soldadas al frío metal de la silla.
El roce de la cinta americana contra su piel le provoca un escalofrío que la termina de despertar .
Está a oscuras, atrapada tras la venda, pero sus oídos, acostumbrados a distinguir el motor de una lancha entre el ruido del viento, captan una voz. Una que no pertenece al Barrio Pesquero, una que suena a seda y a cristal roto y que no tiene ni una pizca de humanidad.
– ...La mala educación es el primer paso hacia el caos, y nosotros estamos aquí precisamente para mantener el orden. Su hermana es una mujer encantadora, no hay necesidad de usar ese lenguaje tan vulgar.
Carmen intenta tragar saliva, pero la lengua se le pega al paladar reseco. El fragmento de conversación que acaba de captar, esa voz de seda hablando de "orden" y "lenguaje vulgar", flota en su mente, sin contexto, como una marea que sube y baja.
¿A quién le dice eso?
¿Dónde está?
Lo último que recuerda es estar cerrando la puerta de su casa en el Barrio Pesquero, con el olor del cocido todavía en la cocina, y de repente, un golpe de oscuridad y todo se volvió negro .
Ahora siente que el aire le falta.
La venda le aprieta las sienes y la oscuridad la asfixia.
No sabe quién es "su hermana encantadora" de la que habla el hombre, ni sospecha que ese "lenguaje vulgar" son los gritos desesperados de su propio hermano al otro lado del teléfono.
Para ella, el mundo se ha reducido al latido desbocado de su corazón y al sonido de esa voz que la trata con una cortesía criminal.
José Luis baja el teléfono lentamente, con el brazo temblando, no de vejez, sino de una impotencia que le devora las entrañas.
Brillando con una indiferencia insultante sobre las lanchas de la dársena, el sol de Castro sigue ahí, sin embargo, para el viejo marinero todo lo que le rodea se ha vuelto una trampa de cristal.
Álvaro lo tiene sujeto por el codo, sintiendo la rigidez que atenaza cada uno de sus músculos .
El Cachalote mira a su alrededor, buscando una sombra, un coche, un rostro que no encaje en la mañana dominical, pero solo ve turistas y vecinos.
Están en campo abierto, vulnerables, con el corazón de Carmen latiendo al ritmo de un cronómetro que ellos no controlan.
Vuelve a pegarse el aparato a la oreja y ahora su voz ya no ruge.
Se ha convertido en un susurro ronco, cargado de una claudicación que le rompe el alma.
– ¿Qué... qué es lo que queréis? –acierta a preguntar con los ojos empañados– Decidlo ya y dejadla en paz. Ella no tiene nada que ver con esto.
Justo a su lado, hombro con hombro, el escritor aguanta la respiración, con el oído pegado al teléfono, intentando captar la respuesta de la voz al otro lado de la línea.
Sólo silencio, uno que apenas dura un par de segundos. Sin embargo, tiene la suficiente fuerza como para que la angustia se transforme en asfixia. Algo les dice que el siguiente paso de los Velasco no será un mensaje, será una orden .
Al otro lado de la línea, la voz siempre educada, casi aterciopelada, se toma unos segundos antes de responder, como queriendo saborear la que, a buen seguro, será la capitulación del marinero.
– Mejor así, señor mío. Me congratula ver que la sensatez se impone al temperamento –dice el hombre.
De fondo se oye el leve murmullo de un segundero de reloj de pared al fondo– No tenemos necesidad de más escenas desagradables.
Primero, porque ya han comprobado ustedes mismos que nuestra mano es invisible, pero llega a todos lados.
Controlamos cada calle, cada autobús y cada respiración en Santander.
No hay rincón donde puedan esconderse que nosotros no hayamos visitado ya.
El interlocutor prosigue con su discurso, que al igual que su voz, es frío y del que se destila una amenaza que no necesita gritos para ser letal.
– Y segundo, porque somos personas que valoramos el orden.
Si no hacen exactamente lo que les voy a decir, su hermana aparecerá muerta en digamos…
extrañas circunstancias. Un accidente doméstico, quizá un escape de gas...
una de esas cosas que ocurren cuando uno no tiene a nadie que cuide de él.
Sería una lástima que el buen nombre de su familia se viera empañado por otra tragedia estadística.
José Luis aprieta los dientes con tanta fuerza que le duele la mandíbula. El mensaje es nítido: Elena de la Torre ha sido el preámbulo y Carmen será el punto final si no entregan lo que llevan en el bolsillo.
Están a merced de alguien que puede fabricar muertes por accidente, lo cual es peor que enfrentarse a un asesino con un arma. Es un cara a cara frente a un fantasma que tiene el poder de borrarte de la historia.
– ...así ha sido durante más de doscientos años – continúa la voz, con una solemnidad que suena a mármol y a tumba– Hemos protegido nuestro secreto con una discreción que su intelecto de escritor señor Rivas, que ya intuyo está escuchando esta conversación, apenas alcanza a vislumbrar.
Generación tras generación, hemos mantenido los cimientos de este orden sin que una sola fisura pusiera en peligro nuestro apellido.
Y no vamos a consentir que ahora, por la curiosidad de un novelista y la terquedad de un viejo marinero, todo ese esfuerzo se desmorone.
Tras una breve pausa, una cargada de una autoridad que parece emanar de la propia historia de Cantabria, continúa:
– Entiendan que no es personal. Es, simplemente… necesario.
En la penumbra del despacho, Carmen ha dejado de forcejear.
Está quieta, conteniendo la respiración para que el siseo de sus pulmones no delate que la conciencia ha regresado del todo.
A pesar del zumbido que todavía siente en los oídos, la voz del hombre del traje empieza a llegarle con una nitidez aterradora.
Cada palabra que escucha es como un jarro de agua fría.
Oye lo de las “extrañas circunstancias”, lo del “ accidente doméstico” y, sobre todo, esa confesión de los doscientos años protegiendo un secreto y, aunque no pueda ver, reconstruye la escena en su mente.
Sabe que ese hombre está hablando con su hermano.
Reconoce las pausas, imagina los silencios de José Luis al otro lado de la línea.
Son las piezas de un macabro puzle que están encajando en su mente.
Es en ese instante cuando siente una punzada de angustia al comprender que la están usando para que su hermano traicione lo que sea que está protegiendo con el escritor.
– Jose... huye... –intenta gritar en su pensamiento, pero la cinta americana le recuerda su realidad con un tirón en las comisuras de los labios.
Escucha al hombre hablar de “necesidad” y de “orden” con una educación que a ella le suena a veneno dulce. Comprende que no está ante un ladrón común, sino ante algo mucho más viejo y poderoso.
Siente el roce de la alfombra bajo sus pies atados y el olor a tabaco caro, consciente de que, para esa voz ella no es más que un cabo suelto en una historia que empezó mucho antes de que ella naciera. Está en el corazón de la bestia, escuchando cómo planean el final de la partida.
– Escúchenme con atención, porque no voy a repetir las condiciones –continúa el misterioso, con esa cortesía que corta como un cristal– El trato es simple: la vida de su hermana a cambio del pendrive y de ese trozo de papel que la hija del archivero le entregó al señor Rivas.
Nada de juegos, nada de copias ocultas. Si falta una sola coma de la investigación, el "orden" se restablecerá de una forma que no les va a gustar.
Kilómetros más allá, en Castro Urdiales, Álvaro aprieta el móvil de José Luis contra su oreja, intentando no perderse nada de la conversación.
– ¿Dónde? –pregunta el viejo con la voz quebrada por una rabia contenida que debe controlar. Hay demasiado en juego para dejarse llevar por los nervios.