El peso de todas las olas CAPITULO VIII #4
66%

CAPITULO VIII #4

–         Interrumpimos nuestra programación para informar de un trágico suceso ocurrido hace apenas unos minutos en el centro de Santander –dice la periodista, cuya voz compite con el ruido del tráfico de fondo en la conexión en directo– Una mujer de avanzada edad ha fallecido tras ser arrollada por un vehículo de alta gama en la zona de la calle Burgos, muy cerca de la Librería Campillo.

Según testigos presenciales, una berlina de color gris oscuro ha irrumpido a gran velocidad en el paso de cebra, arrollando a la víctima y dándose a la fuga de inmediato sin prestar auxilio

Álvaro deja la porra sobre el plato. Siente que el estómago se le cierra como un puño de hierro mientras José Luis detiene su taza de café a medio camino de los labios, con los ojos clavados en la pantalla.

–        Los servicios de emergencia desplazados al lugar solo han podido certificar el fallecimiento de la mujer debido a la violencia del impacto – continúa la locutora– Las fuerzas del orden han acordonado la zona y revisan las cámaras de seguridad para localizar al autor de este brutal atropello.

Según fuentes policiales, la víctima ha sido identificada como Elena de la Torre, vecina de la capital...

El resto de la noticia se convierte en un zumbido blanco para ambos.

La cafetería entera estalla en comentarios: “Qué barbaridad” …

“Ya no se puede andar tranquilo” … “Ojalá pillen a ese salvaje” …

Sin embargo, en la mesa del fondo, el silencio es absoluto.

Ambos se miran. El viejo tiene la cara de color ceniza y las manos le tiemblan levemente sobre el hule.

–        ¡La han matado Selu, la han matado –exclama– La han matado delante de la librería! La berlina gris. Estoy seguro que fue la misma que nos siguió la otra noche.

El mensaje del sobre “No te podrás esconder siempre” adquiere ahora un significado macabro.

No se trata solo de una advertencia para ellos; es el anuncio de una limpieza.

Han eliminado a la guardiana del secreto para que el hilo se rompa definitivamente.

Con un movimiento mecánico, ocultando sus ojos, el Cachalote se cala su gorra dirigiéndose a su amigo:

–        Se acabó el desayuno, escribidor– dice el viejo con una voz que parece venir de ultratumba– Ya no hay tregua.

Si nos quedamos aquí parados, el siguiente paso de cebra será el nuestro.

Vámonos a la roca. Si ese "secreto de sangre" vale la vida de una mujer como Elena, es que el diablo está más cerca de lo que pensábamos.

Álvaro se levanta, dejando unas monedas sobre la mesa con dedos torpes. La muerte de Elena de la Torre ha convertido su investigación en una deuda de honor. Ya no es por la novela. Es por don Julián y ahora por su hija, los últimos guardianes de un secreto que ahora ellos cargan sobre sus hombros.

Salen de la cafetería "El Ancla" al frío de Castro Urdiales.

El sol brilla, sin embargo, el mundo se ha vuelto oscuro de repente para ellos.

Avanzan por las calles del pueblo con los nervios a flor de piel.

Caminan a paso raudo, casi trotando, cambiando de acera constantemente para evitar patrones predecibles y esquivando coches que maniobran por el centro.

De vez en cuando, se detienen en seco frente a un escaparate, no para mirar la mercancía, sino para comprobar de soslayo en el reflejo del cristal si esa berlina gris o cualquier otra sombra sospechosa les pisa los talones.

Están a apenas unas manzanas de su destino, con el rugido del mar ganando volumen, cuando el silencio tenso se rompe por un pitido estridente.

–        ¡Tu teléfono, Selu! Está sonando –exclama, con un sobresalto que casi le hace perder el equilibrio.

El viejo introduce la mano en su zamarra con un gesto brusco y saca el aparato. Al mirar la pantalla, sus ojos se entornan y un color rojizo de pura indignación le sube por el cuello. Es su hermana.

–        ¡Me cago en la mar salada! ¡Es Carmen! –espeta malhumorado– ¡Esta mujer no tiene otro momento para dar la tabarra! ¡Si serás pesada, Carmen! ¡Que nos van a dar caza por culpa de tus malditas llamadas de control!

Aprieta el teléfono con tal fuerza que parece que va a cruzar los circuitos, mientras el escritor mira desesperado a su alrededor, temiendo que el griterío haya atraído más atención de la necesaria.

Sin dejar de caminar pulsa el botón de aceptar con el pulgar tembloroso por la rabia.

No deja ni que se oiga el primer susurro al otro lado.

–        ¡Pero serás pesada, Carmen! ¡Que te he dicho que estoy ocupado con el escribidor! ¡Que no me llames más, coño, que pareces una sirena de aviso de temporal! ¡Deja de dar la tabarra que ya tengo bastantes problemas como para...!

José Luis frunce el ceño, extrañado porque su hermana no le ha devuelto el grito como hace siempre.

Mirándolo incrédulo, aparta el teléfono un centímetro de su oreja, para comprobar que la llamada sigue activa, y vuelve a pegárselo a la sien, con el gesto ya mudado de la irritación al desconcierto.

Es entonces cuando, tras ese silencio denso y cargado, surge la voz.

No es la de su hermana. Es una masculina, pausada, de una educación exquisita que corta el aire como un bisturí.

–         Buenos días, José Luis.

El Cachalote se queda de piedra, con la palabra "Carmen" muriendo en sus labios.

Álvaro se frena a su lado. De repente, el frío del asfalto le sube por las piernas al ver la expresión de terror absoluto que se dibuja en el rostro de su amigo.

Por unos instantes una lividez cadavérica pinta su rostro curtido por el sol y el salitre del mar, un matiz que contrasta fuertemente con el rojo de sus inyectados en sangre.

El insulto sube por su garganta como una marea negra.

–        ¿Quién coño eres? ¡¿Y por qué tienes el teléfono de mi hermana?! –vocifera, ignorando por completo que está en mitad de la calle .

Álvaro lo sujeta por el brazo intentando que baje la voz, sin embargo, el Cachalote es un volcán en erupción.

Un contraste diametralmente opuesto con el tono al otro lado de la línea que no se altera en absoluto.

De hecho, sigue manteniendo esa voz cordial, casi funcionarial, que resulta mil veces más aterradora que un grito.

–        Eso no importa ahora –responde el hombre con una calma glacial– Lo importante es que se han tomado ustedes un desayuno excelente en El Ancla.

Una elección muy castreña, sí señor. Pocas cosas hay mejores que unas porras recién hechas con un café bien caliente para asentar el cuerpo en una mañana tan... movida.

José Luis abre la boca, pero no sale ningún sonido. Álvaro, que está lo suficientemente cerca para oír el murmullo de la voz, siente que el mundo empieza a girar demasiado rápido.

–        Supongo que les habrá gustado la noticia de Tele Cantabria –continúa el interlocutor– Es una lástima lo de la señora De la Torre. Una imprudencia cruzar así por el centro, ¿verdad? Los accidentes ocurren cuando uno no mira por dónde pisa. Espero que hayan tomado buena nota.

Aterrado por las palabras que acaba de escuchar, el Cachalote aprieta el móvil con tanta fuerza que los nudillos le crujen.

Mira a su alrededor desesperado, buscando entre la gente, en las ventanas, en los coches aparcados.

El mensaje es nítido: No solo les han seguido, sino que han estado sentados a su mesa.

Han visto cómo mojaban las porras mientras Elena moría en una pantalla.

La reacción del marinero es visceral, un estallido de furia marinera que nace del miedo más profundo que ha sentido en su vida. Por un momento se olvida de la discreción, de los Velasco y de la calle en la que está.

–        ¡Escúchame bien, hijo de la gran puta!

–ruge con la cara congestionada y las venas del cuello a punto de reventar– ¡Como le hayáis tocado un solo pelo a mi hermana, os voy a buscar hasta en el infierno y os voy a sacar las tripas con mis propias manos!

¡Me cago en vuestra estirpe y en todo lo que os rodea! ¡¿Dónde está Carmen?! ¡¿Dónde está?!

Temeroso de que el viejo sufra un infarto allí mismo Álvaro intenta sujetarlo, pero José Luis es una fuerza de la naturaleza desatada.

Suelta una retahíla de blasfemias tan crudas y antiguas que parecen hacer vibrar el aire de Castro.

Es el grito de un animal herido que sabe que su punto más débil está ahora mismo bajo el cuchillo del enemigo.

Al otro lado de la línea, se produce un silencio de apenas dos segundos, un vacío que parece burlarse de la desesperación del viejo. Y entonces, la voz regresa, tan imperturbable y educada como si estuvieran discutiendo el precio del pescado.

–        No hace falta ser tan grosero. De verdad –dice el hombre, y se oye el tintineo de una cucharilla chocando contra una taza de porcelana– La mala educación es el primer paso hacia el caos, y nosotros estamos aquí precisamente para mantener el orden.

Su hermana es una mujer encantadora, no hay necesidad de usar ese lenguaje tan vulgar .

José Luis se queda mudo, temblando de rabia contenida, con el teléfono pegado a la oreja como si fuera un arma cargada. La tranquilidad del interlocutor es lo que más le aterra: es la calma de quien tiene el control absoluto sobre la vida y la muerte.

–        Álvaro... –balbucea mirando a su amigo con unos ojos que ya no piden ayuda, sino que suplican un milagro– tienen a Carmen…

Después baja el brazo lentamente, con el teléfono aún encendido en la mano, como si pesara una tonelada.

Por primera vez, el escritor ve en los ojos del viejo lobo de mar el brillo del naufragio definitivo.

Están atrapados en un laberinto de ojos invisibles, vigilados por una educación que esconde un cuchillo y vivos solo porque, de momento, sus enemigos han decidido que la función debe continuar.