CAPITULO VIII #3
Álvaro apoya la frente contra el cristal frío.
Ve pasar las luces de las naves industriales y los carteles de las salidas de Maliaño y Astillero.
José Luis ha cerrado los ojos, pero él sabe que no duerme; sus dedos no dejan de tamborilear sobre el asidero del asiento delantero, siguiendo un ritmo que solo él conoce.
En la penumbra del autobús, rodeados por el murmullo de otros cuatro o cinco pasajeros que dormitan camino al trabajo, una vez más, como queriendo comprobar que sigue ahí, mete la mano en el bolsillo hasta rozar el papel amarillento de don Julián.
Ya no hay vuelta atrás. Han dejado la seguridad de la trinchera en las sombras para dirigirse directamente al corazón del enigma en un transporte público de línea. En el horizonte el sol empieza a asomar tímidamente sobre el Cantábrico.
Con monotonía mecánica el autobús de ALSA devora los kilómetros de la A-8.
A través de las grandes ventanas observa cómo el paisaje cántabro desfila al otro lado: los prados sumergidos en la bruma del amanecer, las siluetas de las vacas que parecen estatuas de piedra y los viaductos que saltan sobre rías plateadas.
Dentro del habitáculo el silencio solo se rompe por el zumbido de los neumáticos y el ronquido suave de un pasajero unas filas más adelante .
José Luis mantiene la vista clavada en la carretera, con esa expresión de quien vigila el horizonte en busca de una galerna. Entre ambos el silencio y la tensión son dos pasajeros más, ocupando el espacio que deja el miedo.
Al llegar a la entrada de Castro Urdiales, el autobús reduce la marcha para adentrarse en el casco urbano. La luz del día ya es plena, una luz gris y limpia que ilumina las fachadas blancas y el perfil de la iglesia de Santa María.
Acompañado de un suspiro de frenos hidráulicos en la parada de la calle Leonardo Rucabado el vehículo detiene su marcha.
– Hemos llegado –anuncia Álvaro, levantándose con las piernas entumecidas.
Bajan los peldaños de metal y Castro Urdiales les recibe con un aire de sal y frío matinal. Apenas han caminado unos pasos por la acera, deseando alejarse rápido del autobús, cuando oyen que la puerta del conductor vuelve a abrirse y un grito hace que se le claven los pies al asfalto.
– ¡Oiga! ¡Señor Rivas! Disculpe. Por poco se me olvida en el salpicadero del autobús.
El aludido se queda petrificado con el corazón dándole un vuelco tan violento que le hace temer que estalle dentro de su pecho.
Lentamente se gira, con su amigo ya en posición de defensa a su lado.
El conductor, un hombre de mediana edad con el uniforme impecable de la compañía, se asoma por la puerta con el brazo extendido.
– Tenga. Esto es para usted dice el conductor con una naturalidad que hiela la sangre –Me lo han dado en la estación de Santander justo antes de cerrar las puertas.
Han dicho que era para el señor con aspecto de pescador que se bajaría en Castro con una gorra de plato, acompañando a otro hombre más de ciudad y que se lo entregara nada más comprobara que ustedes se bajaban.
Que no les dijera nada porque es una sorpresa.
Como en un trance, Álvaro se vuelve para tomar el sobre blanco que el chófer le ofrece. No tiene remitente, ni sellos, solo su apellido escrito con esa caligrafía de imprenta, gélida y perfecta, que ya ha visto antes.
– Gracias... –acierta a decir.
Después, el conductor asiente, cierra la puerta, arranca el autobús para alejarse alejándose calle abajo dejándolos solos en la acera.
Álvaro sostiene el sobre entre sus manos temblorosas.
No es papel viejo esta vez; es un sobre de oficina moderno, pesado, que parece contener algo más que una simple carta.
José Luis se acerca, con el rostro más pálido que el mármol de la iglesia.
– ¿Cómo demonios sabían que íbamos en ese autobús? –gruñe el viejo, mirando a su alrededor con desesperación– Nos han tenido en el punto de mira desde que salimos del hostal.
Sin embargo, el escritor no responde, limitándose a rasgarlo con un movimiento brusco, casi violento. Sus dedos tropiezan con el papel. Por un segundo teme que dentro haya algo peor que palabras.
Pero solo hay una nota. Al desdoblarla, la luz fría de la mañana de Castro ilumina la tinta negra.
No es un mensaje impreso por una máquina.
Es, de nuevo, esa caligrafía de pluma, elegante y anacrónica, que parece burlarse del siglo XXI.
Escrita en ella una es escueta frase que, no obstante, al leerla lo golpea con la fuerza de una galerna:
“No te podrás esconder siempre”.
Sin casi poder sostener el peso de su cuerpo, Álvaro nota como las rodillas le flaquean.
Mira hacia el autobús de ALSA, que ya dobla la esquina mezclándose con el tráfico matinal.
El conductor no era un cómplice, ha sido solo un recadero ciego, un peón en un tablero que no es capaz de alcanzar a comprender.
– Nos han visto Selu –exclama mientras le enseña la nota al viejo– Han estado en la estación con nosotros, han esperado a que subiéramos y hasta han visto en qué fila nos íbamos a sentar.
El Cachalote agarra el papel estrujándolo con una rabia sorda. Mira hacia los edificios que rodean la parada, hacia las ventanas que empiezan a iluminarse con la gente que despierta.
– Son como el aceite en el agua, muchacho –exclama el viejo, escupiendo cada palabra que pronuncia–Están en todas partes, pero no los ves venir. Ese mensaje es para que te rindas antes de llegar a la roca. Quieren que sepas que el hostal era de cristal para ellos.
Álvaro guarda la nota en el bolsillo, junto al pendrive y la nota de don Julián. La paranoia de ayer se ha convertido hoy en una certeza asfixiante. Ya no es una investigación; es una carrera de ratas donde el laberinto tiene ojos.
– Si saben que estamos aquí, significa que ya no tenemos tiempo para sutilezas– responde con una chispa de desesperación en los ojos– Vamos a buscar "donde el agua dulce llora sobre el mar" ¡Ahora!
¡Antes de que decidan que la siguiente nota no venga en un sobre, sino en un disparo en la cabeza!
José Luis asiente, ajustándose la gorra con un gesto de desafío hacia un enemigo que está en todos lados pero que ellos no logran ver.
– Entonces anda rápido, escribidor. En mi barrio decimos que al diablo se le despista en el agua, pero en el asfalto siempre tiene ventaja.
Caminan a paso ligero, con los hombros encogidos contra el viento que llega de la zona del puerto, evitando las avenidas principales, buscando el refugio de los callejones del casco viejo que bajan hacia los acantilados hasta que encuentran una cafetería de las de siempre, con el mostrador de acero inoxidable y el suelo de gres desgastado.
Se llama "El Ancla" o algo parecido, un local que a estas horas huele a café recién hecho y a fritura matinal.
Entran y se dirigen directamente a una mesa del fondo, en un rincón sombrío, pero desde donde tiene una visión perfecta de la cristalera que da a la calle.
José Luis se deja caer en la silla de madera con un quejido de sus huesos.
El camarero, un hombre con delantal blanco que bosteza tras la barra, se acerca con desgana.
– Dos cafés con leche. De los de verdad, de los que despiertan a un muerto –pide el Cachalote – Y ponnos un par de raciones de porras. Recién hechas, que no parezcan cabos viejos.
Incrédulo, mira a su amigo. Tiene la nota de amenaza quemándole en el bolsillo, los nervios a flor de piel, y el viejo está pidiendo churros…le resulta increíble.
– ¿En serio? ¿Porras ahora? –exclama, sin dejar de vigilar el reflejo de la calle en el cristal.
Mirándolo con una calma aplastante mientras saca su pipa, aunque sabe que no puede encenderla dentro, le contesta:
– Escúchame bien, muchacho. Si esos hijos de puta nos tienen en el punto de mira y hoy va a ser el día en que nos manden a criar percebes, por lo menos que nos pille con un buen café y unas porras en la barriga.
No pienso presentarme ante San Pedro con el sabor de la torta de anoche y el café de polvos de la estación de esta mañana.
Un hombre tiene que tener su dignidad, aunque sea frita en aceite.
Álvaro no puede evitar que una pequeña carcajada nerviosa se le escape del pecho. El Cachalote tiene esa sabiduría “bruta” que te devuelve al suelo cuando el pánico te dice que has de volar.
– Tienes razón –admite relajando un poco los hombros– Con un café de máquina no se puede salvar el mundo.
Minutos más tarde, el camarero llega con los cafés humeantes servidos en taza de cerámica y un plato de porras doradas y crujientes.
A pesar de estar bajo el peso de la espada de Damocles, el hambre, devorándole las entrañas, puede más.
Muerde una, está caliente, grasienta y deliciosa.
Por un momento, el peligro de la berlina oscura y los secretos de los Velasco parecen quedar suspendidos en el vapor de la taza.
Es un momento de paz mundana en medio de la tormenta.
Se quedan allí, masticando en silencio mientras vigilan tras el vaho de los cristales.
En la calle, Castro Urdiales empieza a desperezarse bajo una luz grisácea, ajena a que, en una mesa al fondo de una cafetería, se está gestando el último acto de una tragedia que empezó hace dos siglos.
El famélico escritor, casi terminando su segunda porra, sintiendo cómo el aceite le mancha los dedos, se detiene en seco cuando el murmullo habitual de la cafetería se apaga de golpe.
Detrás de la barra, el camarero, que limpia la cafetera, se queda inmóvil con el paño en la mano, mirando hacia el televisor colgado sobre la entrada.
En la pantalla de Tele Cantabria, la sintonía de "Última Hora" rasga el ambiente.
La locutora, con una expresión de gravedad profesional que hiela la sangre, mira a cámara mientras un rótulo rojo parpadea en la parte inferior:
TRAGEDIA EN EL CENTRO DE SANTANDER.