El peso de todas las olas CAPITULO VIII #2
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CAPITULO VIII #2

José Luis suelta un bufido, resignado a la idea de viajar como un pasajero anónimo entre trabajadores y madrugadores.

–        A las seis y media, ¿eh? Habrá que madrugar más que para ir a la costera del bonito. Pero es un buen plan. Entre la gente de esa hora seremos invisibles.

Decidido el rumbo, la realidad de su precaria situación se les cae encima por su propio peso.

Álvaro entra en el minúsculo aseo del hostal.

Con movimientos lentos se desviste, sintiendo el cansancio en cada músculo.

Deja que el agua tibia le limpie el rastro del sudor frío de la persecución bajo la ducha, aunque es una sensación agridulce, pues, aunque el agua lo conforte, tener que volverse a poner la misma ropa, algo que le incomoda: los pantalones vaqueros que ya se sienten como una armadura y la camisa arrugada que le hace recordar tiempos pasados que pretende olvidar.

Esa falta de una muda limpia le hace sentirse, por primera vez, como un verdadero fugitivo.

Tras salir de una no tan reconfortante ducha, nota que el estómago ruge con una violencia que es imposible ignorar. Mira a su compañero, que está sentado en la butaca de skay con cara de pocos amigos, y saca el móvil.

–        Selu... ¿te gusta la pizza? –pregunta mientras va buscando una aplicación de comida a domicilio– Es lo único que podemos pedir aquí sin que nos vean la cara en un restaurante.

El viejo arquea una ceja soltando un bufido que suena a puro desprecio marinero.

–        ¿Pizza? ¿Te refieres a esa torta de pan con cosas encima que comen los italianos?

¡Por Dios, muchacho! Eso es comida para gente que no sabe lo que es un buen chicharro o una marmita de verdad.

¡Pan con queso y tomate! Si mi madre levantara la cabeza y me viera cenar eso, me arreaba con el remo hasta dejarlo hecho astillas.

–        Es lo que hay. No podemos salir a cenar un chuletón– replica con una media sonrisa– O pizza o pasar hambre hasta el desayuno.

Resignado El Cachalote gruñe cruzándose de brazos sobre el pecho.

–        Está bien, pide esa guarrería italiana. Pero como le pongan piña de esa o alguna porquería dulce, te la comes tú solo. Yo soy un hombre de mar, no un turista de crucero.

Convencido de que es la única solución para aplacar el hambre, llama a una de esas pizzerías cuya publicidad machaca la televisión a todas horas. Da el nombre del hostal y el número de la habitación con voz baja, rezando para que el repartidor no sea un lince.

Veinte minutos después, un golpe rápido en la puerta les hace saltar de la silla.  Semioculto tras la puerta paga en efectivo, dejando una buena propina para el repartidor y regresa con una caja de cartón impregnada de un fuerte olor a orégano que inunda la pequeña estancia.

Comen sentados en el borde de la cama, usando servilletas de papel que apenas absorben la grasa. José Luis mastica con desconfianza, analizando cada bocado como si fuera una especie marina desconocida, mientras él devora su parte casi sin sentir el sabor .

Es una cena absurdamente mundana: dos hombres perseguidos por una conspiración de siglos, refugiados en un hostal de mala muerte, compartiendo una pizza familiar de oferta mientras planean su última incursión en la tierra de los muertos.

Al terminar, con el cartón vacío sobre la mesilla al lado de la nota de don Julián, el silencio vuelve a caer sobre ellos.

–        Pues no estaba tan mala la torta esa –admite el marinero, limpiándose los dedos con la servilleta– Pero mañana, si salimos de esta, me vas a invitar a algo que haya tenido escamas, ¿estamos?

–        Estamos, Selu. Estamos… –Responde Álvaro conteniendo una medio sonrisa por aquella escena que, al menos es humana– Mañana a las seis en punto salimos de aquí. Intenta descansar. No sabemos cuánto tiempo tendremos antes de que la marea o ellos nos encuentren.

Satisfecho, al menos en la parte física, se tumba en la cama, completamente vestido, mirando cómo las sombras de la persiana dibujan barrotes en el techo . El peso de la nota de Elena de la Torre late en su pecho con un peso tal vez muy elevado: “Donde el agua dulce llora sobre el mar”.

Sabe que esa frase es su última oportunidad de rescatar la verdad antes de que el silencio de los Velasco los trague a ellos también.

Con ese pensamiento, y el sonido lejano de un motor en la calle cierra los ojos, esperando que la tregua de las sombras dure, al menos, hasta el amanecer.

Son las cinco y media de la mañana.

La alarma del móvil de Álvaro suena con una insistencia martilleante sobre la mesilla de noche. Un sonido que taladra el espeso silencio reinante dentro de la habitación 204.

Sobresaltado, el adormecido escritor abre los ojos de golpe, con el corazón disparado y la sensación de que nunca llegó a dormir del todo .

A su lado, en la butaca de skay, el Cachalote ya está despierto, sentado con la espalda recta y la mirada clavada en la rendija de la persiana.

–         Ya era hora, muchacho. La marea no espera a los que se pegan a las sábanas –gruñe con una voz que suena más ronca de lo habitual por la falta de sueño.

Somnoliento y dolorido, Álvaro se incorpora notando en su espalda todavía cada muelle de aquel colchón que lleva en su existencia el paso de ya demasiados años sin renovar.

Tropieza con los escasos muebles de aquella habitación antes de entrar en el pequeño servicio, abre el grifo al máximo y se echa agua fría en la cara queriendo despejar la bruma de su mente.

Al mirarse en el sucio y agrietado espejo, ve a un hombre que apenas reconoce: tiene ojeras profundas y una barba de dos días que le da un aspecto de náufrago urbano.

Ha llegado la hora de salir de su refugio provisional.

Tras asegurarse de que no hay nadie fuera de sus habitaciones, bajan las escaleras del hostal en silencio, evitando que los peldaños crujan demasiado.

Cuando salen al exterior del edificio, el aire de Santander les recibe con un frío húmedo con un aroma mezcla de asfalto mojado y puerto.

A estas horas de un nuevo día, la calle está desierta, solo iluminada por el resplandor amarillento de las farolas que aún no se han apagado.

Caminan en silencio los pocos metros que les separan de la estación de autobuses.

Al entrar en el vestíbulo, el eco de sus propios pasos resuena en las paredes de hormigón.

Allí dentro el ambiente es desolador: un par de viajeros adormilados sentados en los bancos de plástico y el aroma agrio de la limpieza de madrugada.

–        Necesito un café, Selu. Si no, me voy a quedar dormido en el camino –dice mientras señala una máquina de vending que zumba en un rincón– ¿Quieres uno?

–        Preferiría otra cosa, escribidor, pero a falta de pan buenas son tortas y no precisamente una de esas como la de anoche –Responde el marinero en su tónica habitual, entre mal humor e ironía .

Rebusca en los bolsillos de su pantalón la calderilla suficiente como para poder sacar dos cafés.

Por suerte aún tiene un buen fondo de monedas sueltas para satisfacer el importe que la máquina le solicita.

Tras introducir el precio exacto de cada café, un par de minutos más tarde vuelve hasta donde está sentado el viejo con un par de vasos de cartón llenos de un líquido oscuro y humeante.

Álvaro sujeta el suyo con ambas manos, buscando el calor del envase.

Da un sorbo largo; es un café de máquina, amargo y con regusto a plástico, pero el chute de cafeína le devuelve un poco de claridad.

–        Café de polvos... otra modernidad de las tuyas –masculla a regañadientes el viejo, pero se lo bebe con ganas –Mañana, si seguimos con el pellejo puesto, quiero un café de cafetera de hierro, de esos con los que se puede pintar el casco de un barco.

Puntual, marcando el reloj las seis y veinte, el altavoz de la estación anuncia, con voz monótona, la salida del ALSA con destino a Castro Urdiales para que los pasajeros vayan ocupando sus puestos en el autobús .

Como por instinto, Álvaro aprieta el dispositivo en su bolsillo dirigiendo su mirada hacia la cristalera de la entrada. Quiere asegurarse, por centésima vez, de que no hay ninguna berlina oscura esperando en el exterior.

–        Es la hora Selu –exclama apurando el contenido de “eso “que la máquina de vending anuncia como “café expreso”.

Tira el vaso de plástico a la papelera. A pesar de todo, siente cómo el calor amargo del líquido le asienta un poco el estómago.

A su lado, el Cachalote se ajusta la gorra, mirando con recelo el reloj digital de la estación que marca las seis y veinticinco.

El vestíbulo de la estación de Santander, con sus techos altos y sus bancos vacíos, parece el escenario de una película que nadie quiere ver.

–        El 402, andén siete –Alvaro señala la dársena donde un autobús de ALSA acaba de aparcar con un suspiro de aire comprimido– Vámonos Selu.

Son dos extraños caminando hacia el andén, sin equipaje, tan sólo lo que cabe en sus bolsillos: un pendrive que ahora tiene el mismo peligro que una bomba y la nota de un muerto que se ha convertido en su única esperanza.

Mientras suben al vehículo, el conductor los mira brevemente. Es una mirada rutinaria y aburrida, sin embargo, al nervioso escritor le quema como un foco de interrogatorio. Paga en metálico y se sientan al fondo, en la última fila, donde la oscuridad del habitáculo es un poco más densa.

Haciendo vibrar los cristales, el motor arranca con un ronroneo potente.

El siseo del freno hidráulico indica que se van a poner en marcha inmediatamente, saliendo de la estación, para cruzar la calle Navas de Tolosa, enfilar la salida hacia la autovía S-10 para después conectar con la A-8.

Santander queda atrás, sumergida en una bruma grisácea que empieza a clarear por el este.