CAPITULO VIII
LA TREGUA DE LAS SOMbrAS
Álvaro se ha quitado la cazadora de cuero y la ha colgado en el respaldo de una silla desvencijada, sintiendo cómo el peso de la responsabilidad física parece aliviarse por un momento al dejar de llevar el dispositivo pegado al cuerpo.
– Toma, bebe un poco, muchacho. Tienes la boca más seca que el ojo de un mulo –dice el marinero, extendiéndole un vaso de plástico con agua del grifo.
José Luis toma asiento en la única butaca de la estancia, una pieza de skay granate que exhala un suspiro de polvo cada vez que se mueve.
Ha dejado su gorra de plato sobre la mesilla de noche y, por primera vez, el escritor ve su frente pálida y surcada de arrugas, en contraste con el resto de su rostro curtido por el salitre .
Bebe el agua que le ha ofrecido su amigo de un largo sorbo. Sabe a cloro y a tubería vieja, sin embargo, por unos instantes le devuelve a la realidad del presente.
Sentado en el borde de una cama que cruje bajo su peso, observa detenidamente la habitación que ahora se ha convertido en refugio: una televisión de apenas catorce pulgadas que cuelga de un soporte metálico amenazando con caerse en cualquier momento, una ventana que da a un patio de luces donde alguien ha colgado una sábana blanca ondeando como una bandera de rendición, y el papel pintado con motivos florales que empieza a despegarse por las esquinas.
– Es increíble, Selu... –murmura mirándose las manos– Ayer estaba planeando mi próxima novela en la seguridad de mi apartamento y hoy me escondo en un sitio que huele a rancio y a humedad de hace cien años.
Pretendiendo ser una risa, el viejo suelta un gruñido que al final se queda en un sonoro carraspeo.
– El mar no entiende de diseños. Y la gente que nos sigue, tampoco. Al menos aquí eres invisible, y eso es lo más valioso que tienes ahora mismo. Relájate un minuto, que el corazón te va a saltar de la camisa.
Apesadumbrado por las circunstancias, Álvaro se tumba de espaldas en la cama, mirando distraídamente las manchas de humedad del techo.
Por un momento, el peligro de la berlina oscura y la voz de aquella misteriosa anciana parecen quedar al otro lado de la puerta cerrada con doble vuelta de cerradura.
Es una calma ficticia pero necesaria para que su cerebro deje de proyectar mapas y empiece a funcionar de nuevo con la claridad de siempre.
– Mañana será otro día –dice el viejo, sacando su pipa, aunque no la encienda por respeto al espacio cerrado– Ahora descansa, que para leer esa nota de Don Julián vas a necesitar los ojos frescos y la sangre fría.
Sin embargo, hace caso omiso. Su maldita inquietud de escritor pragmático le impide cerrar los ojos en calma. De un salto se incorpora en la cama. El muelle del colchón emite un quejido metálico que parece un grito en el silencio de la habitación.
No puede más.
Sobre la mesilla de noche, bajo la luz mortecina de una lámpara cuya pantalla presenta manchas de quemado, reposan el pendrive y el papel amarillento que la anciana le entregó en la librería.
– No puedo dormir Selu –comenta mientras estira la mano hacia el papel– Si me quedo quieto tengo la impresión de que el techo se me va a venir encima.
El Cachalote, que está con los ojos entrecerrados en la butaca, asiente lentamente.
– Las sombras muerden más cuando uno está parado, muchacho. Mira ese papel de una vez, a ver qué dejó dicho el viejo Julián antes de que le cerraran la boca.
Con una delicadeza extrema desdobla el recorte.
No es un plano .
Es una nota escrita con la misma caligrafía apretada y elegante que vio en el archivo, pero los trazos son más irregulares, como si don Julián la hubiera escrito con una urgencia febril.
No hay coordenadas.
Solo cinco líneas que parecen un epitafio o una adivinanza:
“ Lo que el fuego de Lisboa no pudo quemar, la sal de Castro no lo puede corromper. Buscad donde el agua dulce llora sobre el mar, bajo la mirada de la que no tiene ojos. Allí, la madera de sepulcro guarda el Libro de las Guardias ”.
Lee la nota una, dos, tres veces en voz alta.
El sonido de las palabras en la habitación 204 parece invocar una corriente de aire frío.
– "Donde el agua dulce llora sobre el mar" –repite mirando a su amigo– ¿Eso te suena a algo? Tú conoces cada palmo de esa costa. Piensa dónde puede ser …
El marinero frunce el ceño, apretando la pipa entre los dientes. Levantándose del viejo sofá José Luis se acerca a la mesilla, entornando los ojos para leer la caligrafía de su antiguo conocido.
– Agua dulce que llora sobre el mar...
–masca el marinero mientras su mente procesa lugares que coincidan con la descripción– Hay pocos sitios así en Castro.
La mayoría de los regatos se pierden en la arena o van por tuberías ahora.
Pero hay un lugar, cerca de los acantilados de la ermita, donde una filtración de agua de la montaña cae directamente al mar desde una grieta en la roca.
Los viejos lo llamaban "El Pañuelo de la Virgen".
En ese momento siente un chispazo de adrenalina.
– ¿Y qué hay de lo otro? "Bajo la mirada de la que no tiene ojos"…
José Luis guarda silencio un segundo mientras su mente ubica el lugar más parecido a aquel enigma heredado de otra época.
– En la base de la muralla vieja, hay una hornacina de piedra picada por el salitre.
Dentro había una talla de piedra, una virgen de los navegantes muy antigua.
El tiempo y la sal le borraron la cara hace siglos.
Es una estatua ciega. Una mujer sin ojos que mira directamente a esa grieta por donde cae el agua.
El silencio sepulcral de la habitación, solo roto por el zumbido de la bombilla, estalla de repente en mil pedazos. Un sonido estridente y chirriante, el tono de llamada de un móvil antiguo configurado al máximo volumen, hace que dé un salto en la cama, casi tirando la lámpara de la mesilla.
Soltando una de sus maldiciones marineras, el Cachalote comienza a palmearse los bolsillos de la zamarra con urgencia. Saca un teléfono robusto, de esos de teclas grandes, cuya pantalla brilla con una luz azulada en la penumbra.
– Maldita sea... es mi hermana –masculla mirando a su compañero con una mezcla de disculpa y fastidio .
Este le hace una señal desesperada para que baje el volumen, pero ya ha pulsado el botón verde. La voz de la tía Carmen sale por el altavoz con tal fuerza que parece estar allí mismo, entre las sábanas del hostal.
– ¡Muchacho! ¿Se puede saber dónde te has metido? He subido a tu casa con un poco de cocido y allí no está ni el apuntador. ¡Y el coche del escritor ese tampoco está! ¿Os habéis ido de jarana o qué pasa?
Alejándose un poco el aparato de la oreja mientras mira de reojo la puerta de la habitación, el marinero suspira.
– Cálmate, mujer, que pareces una sirena de niebla –le responde intentando recuperar su tono brusco habitual para no levantar sospechas– Estoy con el escribidor.
Le ha surgido un asunto de esos de sus libros, una entrevista importante en la otra punta de Cantabria, y me ha pedido que le acompañe para que no se pierda. Vamos a estar un par de días fuera.
– ¿Un par de días? ¿Pero qué entrevista es esa que necesita a un viejo cascarrabias de escolta?
– insiste Carmen, aunque su tono ya no es de enfado, sino de esa sospecha intuitiva que tienen las mujeres del barrio– Jose...
¿estás bien? Te noto la voz rara, como si estuvieras hablando desde dentro de una caja.
Álvaro contiene la respiración, rezando para que la cobertura o la acústica del hostal no delaten que están en una habitación de dos por dos en la capital.
– Que sí, demonios, que estoy bien. Es que aquí hay mala señal. Tú cierra bien la puerta, cena tu cocido y no me esperes hasta pasado mañana. Y no andes preguntando por ahí, que ya sabes que a este le gusta la discreción con sus cosas.
– Está bien, pero ten cuidado, que ya no tienes edad para andar de hostales y carreteras. ¡Y dile a ese muchacho que coma algo, que tiene cara de no haber visto un plato de cuchara en un siglo!
Cuelga y se queda mirando el teléfono en silencio. La habitación vuelve a sumergirse en la tregua de las sombras, pero ahora el aire se siente más pesado.
– Ya está –dice mientras va guardando el móvil– Mi hermana ya tiene su explicación. Pero, si esto se alarga, no tardará en llamar a la Guardia Civil o a media cofradía de pescadores. Tenemos que movernos rápido muchacho. Lo mundano nos está pisando los talones tanto como los Velasco.
Álvaro se queda sentado en el borde del colchón, con la mirada fija en las motas de polvo que bailan bajo la bombilla. La adrenalina de la llamada de Carmen empieza a dejar paso a una preocupación mucho más práctica y urgente: la logística de su huida.
– Selu, tenemos un problema –dice, bajando la voz– No podemos volver a por mi coche al Barrio Pesquero. Si nos están siguiendo, ese vehículo es ahora mismo un faro encendido. Estarán esperando a que aparezcamos por allí.
El marinero se rasca la nuca, entornando los ojos.
– Tienes razón, escribidor. Sería como meter la cabeza en la boca del tiburón. Pero a Castro no podemos ir andando, y a mis piernas ya no les pidas milagros.
– Iremos en autobús –Responde con la frialdad resolutiva que siempre le ha caracterizado.
Álvaro toma su propio móvil, consultado datos en la red para dar forma al siguiente paso que tiene en mente. Cuando cree tenerlo todo previsto, le comunica su plan al viejo.
– Estamos en la calle Castilla. La estación de autobuses de Santander está a menos de cinco minutos de aquí, cruzando la calle Navas de Tolosa.
He mirado los horarios: el primer ALSA directo a Castro Urdiales sale a las 06:30 de la mañana.
Es un trayecto corto, unos cuarenta y cinco minutos por la autovía.
A las siete y cuarto nos deja en la parada de la calle Leonardo Rucabado.