El peso de todas las olas CAPITULO VII #4
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CAPITULO VII #4

Con disimulo guarda la nota que le ha dado la anciana en el bolsillo interior, justo al lado del dispositivo.

La librería Campillo, que hace un minuto le parecía un refugio, ahora le resulta claustrofóbica.

Siente que los miles de ojos de los personajes de los libros lo observan, juzgando su indecisión.

–         Vámonos, Selu –susurra, indicándole la salida con un gesto de cabeza.

Salen a la calle Burgos.

La luz de la tarde ha empezado a caer, volviendo las sombras de Santander más largas y azuladas. El gentío de las compras de última hora fluye a su alrededor: parejas que ríen, estudiantes con auriculares y ancianos que caminan despacio.

Es la imagen misma de la normalidad, pero para él, cada persona es un informante potencial. Al llegar a la esquina, se detiene en seco. No mira hacia atrás, pero su instinto, afilado por el miedo, le grita que la berlina oscura no es el único recurso de la familia Velasco

–        No vamos a volver al Barrio Pesquero, José Luis – dice con firmeza, mirando hacia las estaciones.

El Cachalote se detiene y lo mira con el ceño fruncido.

–         ¿Qué dices, muchacho? Mi casa es el único sitio donde...

–        No –le corta con brusquedad– Tu casa es el primer sitio donde irán cuando comprueben que no estoy en mi apartamento.

Si han matado a un archivero y le han inventado un coma etílico, no van a tener reparos en entrar en un piso del Barrio Pesquero.

No quiero que Carmen se vea envuelta en esto.

Ahora mismo somos fugitivos en nuestra propia ciudad.

El viejo marinero guarda silencio.

Mira hacia el puerto, hacia su refugio de redes y salitre, y por primera vez en su vida, el Barrio Pesquero le parece un lugar vulnerable. Asiente lentamente.

–        ¿Y a dónde vamos, escribidor? No podemos dormir en un banco del Paseo Pereda.

–        Hay un pequeño hostal cerca de la calle Castilla, de esos que no piden el DNI si pagas en efectivo y que apenas tienen carteles.

Me alojé allí para una documentación hace años –miente a medias, buscando una salida desesperada– Necesitamos un sitio donde no haya cámaras, donde seamos solo dos sombras más que entran y salen .

Caminan en silencio, confundiéndose con la masa de gente que se dirige a los autobuses. La responsabilidad de ser el portado del pendrive y del plano que le ha entregado la anciana pesan como si estuvieran hechos de plomo.

Ya no tiene casa, ni coche, ni ordenador. Solo la ropa que lleva puesta y una verdad que quema.

Mientras cruzan la plaza del Ayuntamiento, Álvaro mira hacia las oficinas de las grandes fundaciones que rodean la plaza. En algún lugar de esos edificios acristalados, alguien está revisando cámaras de seguridad o esperando un mensaje.

La caza ha pasado de las cuevas de Castro al asfalto de Santander, y ellos acaban de empezar la guardia más larga de sus vidas.

Sus pasos apenas suenan por la calle mientras van dejando atrás el brillo de los escaparates del centro para adentrarse en una zona de luces más mortecinas y fachadas desconchadas.

José Luis, a su lado va con la mirada baja, oculto bajo la visera de su gorra, moviéndose con esa cautela de quien sabe que el peligro no siempre viene de frente con una tormenta, sino que a veces se desliza por debajo, silencioso, como una vía de agua en el casco.

–        Hemos pasado de buscar un barco a convertirnos en el naufragio –murmura el viejo cuando alcanzan el portal del hostal, un edificio gris que parece querer fundirse con el asfalto.

Álvaro no responde.

Mira por última vez hacia atrás, hacia el perfil de una ciudad que hasta ayer era su hogar y que hoy se ha convertido en un laberinto de enemigos invisibles.

Sabe que no pueden retroceder.

Al entrar en el portal y cerrar la puerta tras de sí, el sonido del tráfico de Santander se amortigua, dejando paso a un silencio cargado de incertidumbre.

Están solos, cansados y marcados.

La noche se extiende ante ellos como un océano negro, y lo único que tienen para guiarse es el mapa de un muerto y el coraje de los que ya no tienen nada que perder .

El portal del hostal se cierra tras ellos con un chasquido metálico que resuena en el pasillo vacío, un sonido que marca el fin de su existencia como ciudadanos de pleno derecho.

Suben por una escalera que huele a humedad y a desinfectante barato, evitando el contacto visual con un espejo desconchado que les devuelve una imagen que apenas reconocen: a él, con la ropa aún rígida por el salitre y los ojos hundidos por una paranoia que ya es su única brújula; y a su amigo, convertido en una sombra encorvada.

Son dos náufragos que han encallado en el corazón de su propia ciudad.

Sus vidas, ahora despojadas de nombres y de rutinas, penden del hilo invisible que conecta el pendrive que guarda como un amuleto y ese recorte de papel amarillento en el que un muerto escribió su última voluntad.

En el silencio del hostal, el rugido del mar parece más cercano que nunca, como si el Cantábrico hubiera decidido subir las cuestas de la ciudad para reclamar lo que es suyo.

Tal vez lo haga…