El peso de todas las olas CAPITULO VII #3
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CAPITULO VII #3

Después se apoya en la estantería de madera crujiente, bajando la voz hasta convertirla en un susurro que apenas compite con el zumbido de la calefacción de la librería. Sus ojos, nublados por una rabia que ha macerado durante siete décadas, se clavan en los de él.

Álvaro la observa en silencio.

La mujer no ha dejado de mirar el reloj, pero ahora, al ver que el librero está distraído se vuelve hacia él con una dignidad antigua.

–        Usted no sabe quién soy, Rivas, y es normal.

Mi familia fue borrada de las notas a pie de página de esta ciudad hace mucho tiempo –dice ella, y su voz suena a papel que se rasga– Me llamo Elena de la Torre.

Soy la hija de Julián de la Torre, el archivero cuya fotografía sigue colgada en el vestíbulo como si no hubiera pasado nada.

En ese preciso instante, el escritor nota que el aire de la librería desaparece. La imagen de la foto en blanco y negro, la del hombre del traje gris que "murió en 1954", se le viene a la cabeza con una fuerza brutal.

–        ¿La hija de don Julián? Pero allí me dijeron que murió de un infarto sobre los legajos... –balbucea sorprendido.

–        Eso es lo que escribieron para que el escándalo no salpique a las mansiones del Paseo Pereda –responde con una amargura que hiela la sangre–A mi padre no se le paró el corazón por la edad, Rivas.

Mi padre "apareció" muerto con una botella de aguardiente a su lado en un callejón de la calle Alta.

Lo convirtieron en un borracho de cara a la ciudad para que nadie creyera lo que había descubierto sobre los Velasco.

Nadie escucharía a un archivero ebrio , ¿verdad?

Fue la forma más barata de enterrar la verdad .

Elena de la Torre lo mira con una fijeza que asusta.

–        Si, Rivas, soy la hija de un hombre al que mataron dos veces: una con la mano que le vertió el alcohol y otra con la mentira que ensució su nombre durante setenta años.

Y si he contactado es porque usted es el primero en décadas que ha vuelto a tocar ese legajo prohibido.

Los informes oficiales del 54 dicen que mi padre murió por un fallo multiorgánico derivado de un coma etílico –dice con una sonrisa amarga que hiela la sangre– Encontraron su cuerpo en un callejón cerca del archivo, con una botella de aguardiente barato a su lado y la ropa sucia.

Esa es la versión que le dieron a mi madre. La versión que cerró el caso.

Con una mezcla de asombro e impotencia, el escritor mira a su amigo, que ha dejado de vigilar la puerta para escuchar con la mandíbula apretada.

–        Pero hay un detalle que los que organizaron aquel teatro pasaron por alto– continúa ella, y su voz tiembla por primera vez– Mi padre era abstemio.

Jamás, en toda su vida, se había llevado una gota de alcohol a los labios.

Era un hombre de fe, de orden y de libros.

Aquella botella no era suya; se la vaciaron en la garganta después de que su corazón ya hubiera dejado de latir por otros medios.

Elena se acerca un poco más a los dos, invadiendo su espacio personal. El aroma a naftalina y a papel viejo de su abrigo los envuelve hasta casi asfixiarlos

–        Semanas antes de morir, estaba desquiciado.

No dormía. Decía que había encontrado un hilo que no debía existir, una genealogía de sombras que conectaba el naufragio del “Piedad” con los cimientos de los bancos y las familias que hoy pasean por el Paseo Pereda.

Decía que la “mercancía sagrada” eran reliquias, Rivas.

Era un secreto de sangre que convertía a los Velasco en dueños de algo que no les pertenecía y que les podría traer unas consecuencias inimaginables.

Álvaro traga saliva, recordando la nota en su limpiaparabrisas y el asalto a su casa. La historia se está repitiendo con una precisión macabra.

–        Lo quitaron de en medio porque sabía demasiado –concluye Elena, sacando una pequeña nota del bolso que entrega a su interlocutor– Y ahora usted está haciendo exactamente lo mismo.

Le han dejado vivo hasta ahora porque creen que pueden recuperar lo que usted tiene...

o porque quieren que usted los lleve directamente al lugar donde mi padre no se atrevió a llegar.

Todavía aturdido por aquella confesión, Alvaro asiente, mientras asimila la información con la frialdad del investigador que por fin encuentra el móvil del crimen.

Ya no hay barcos fantasmales; hay un delito histórico que sigue pesando en el presente.

–        ¿Sabe qué era exactamente lo que descubrió su padre? –pregunta bajando la voz– ¿Qué contenía esa arqueta para que valiera la pena matar a un hombre y destruir su buen nombre?

La anciana mira hacia los pasillos de la librería para asegurarse de que el dueño sigue distraído y se inclina hacia Álvaro.

–        Mi padre no creía en aparecidos, Rivas.

Él creía en los inventarios. Lo que los Velasco trajeron de Lisboa no eran reliquias milagrosas, era el tesoro litúrgico de la Patriarcal de Lisboa, rescatado de entre las llamas del terremoto antes de que los muros cayeran.

Oro, custodias y, sobre todo, documentos de propiedad de tierras que la iglesia lusa daba por perdidos.

Los Velasco no lo "salvaron"; lo robaron.

Elena aprieta los labios, recordando las notas ocultas de su padre. Pero antes de que pueda continuar hablando, el sonido de la campanilla de la puerta al abrirse resuena como un disparo en el silencio del local.

Ambos se separan instintivamente, fingiendo un interés repentino por una biografía de Pereda.

Un hombre joven, con uniforme de mensajería y cargado con una pesada caja de cartón, entra con paso rápido.

–        ¡Don Julián! ¡Traigo los pedidos de Madrid! – grita el mensajero hacia el fondo del local .

El dueño de la librería, que comparte nombre con el padre de la anciana por una ironía del destino, sale de detrás el mostrador.

Comienzan una charla trivial sobre albaranes y el tráfico en la calle Burgos.

Es una escena absolutamente mundana, pero para el escritor, el ruido del celofán al ser rasgado por el repartidor suena como una cuenta atrás.

La anciana aprovecha el ruido de la descarga para acercarse una última vez al oído de su interlocutor.

–        Esa mercancía tiene un valor incalculable para la Iglesia de Portugal.

Si hoy se supiera que la inmensa fortuna de los Velasco-Tovar se levantó vendiendo parte de ese tesoro y chantajeando con esos documentos, la familia sería despojada de todo.

Perderían sus bancos, sus fundaciones y su apellido.

Acabarían en la cárcel o en la miseria. Por eso el barco tenía que desaparecer.

Por eso el manifiesto de carga se borró.

Y por eso mi padre tuvo que morir con una botella en la mano.

Abrumado por la confesión, siente el peso de la responsabilidad en el bolsillo donde guarda el pendrive .

La investigación ya no es sobre un naufragio, es sobre un expolio que ha financiado el poder de Cantabria durante siglos.

–         Si yo publico esto...

–        Si usted publica esto sin las pruebas físicas, lo matarán a usted y a su amigo –le interrumpe la anciana con una dureza cortante– Los Velasco tienen ojos en la policía, en la prensa y en los juzgados.

No se enfrentan a un fantasma, Rivas. Se enfrentan a una corporación que lleva doscientos años protegiendo un robo.

José Luis, que ha estado escuchando en silencio, suelta un gruñido profundo.

–        Entonces la "madera que fluye al norte" no busca el descanso eterno... busca el escondite de ese botín.