CAPITULO VII #2
Es un plan arriesgado pero simple: camuflarse entre los vecinos del barrio, señoras con bolsas de la compra y trabajadores que regresan a casa. Nadie esperaría ver a un fugitivo en un autobús municipal de Santander.
Salen del portal con cautela.
El aire del Barrio Pesquero es frío y huele a gasóleo. Caminan rápido hacia la parada, evitando las calles principales. Al llegar, no puede evitar sentirse expuesto bajo la marquesina, pero por suerte, el autobús número 4 aparece doblando la esquina a los pocos minutos.
Suben y pagan con calderilla.
Álvaro se sienta al fondo, pegado a la ventanilla, mientras José Luis se queda de pie, sujetándose a la barra con una mano y vigilando la puerta con la otra.
El autobús arranca, traqueteando por Marqués de la Hermida, deja atrás la seguridad del refugio de salitre para adentrarse de nuevo en la boca del lobo: el corazón de la ciudad.
El contraste es brutal: el murmullo de la gente hablando de fútbol, o de lo caro que está el pan frente al silencio sepulcral de la nota que él lleva en el bolsillo.
Deteniéndose en cada parada obligatoria, el autobús va acercándoles paso a paso a ese lugar donde espera poder abrir, por fin, el secreto de los Velasco.
Traquetea al cruzar las vías del tren cerca de las estaciones.
Aprieta el pendrive a través de la tela de su bolsillo. Sabe que lo que lleva ahí no es una respuesta mágica, sino un montón de piezas sueltas: la foto borrosa del manifiesto de los Velasco, los nombres de los capitanes del convoy de 1755 y sus propias teorías sobre la “mercancía sagrada”.
Necesita esos archivos para saber cuál es el siguiente paso físico que debe dar. Sin ellos, está ciego.
– Llegamos –anuncia José Luis, señalando con la cabeza la parada de Jesús de Monasterio.
Bajan del autobús y el bullicio del centro de Santander les envuelve.
Es la hora punta: el tráfico es denso y las aceras están abarrotadas de gente que camina deprisa.
Entre la multitud se siente insignificante, una sensación que antes le resultaba difícil de digerir pero que ahora le parece la mejor forma de no ser una diana fácil.
Caminan un par de manzanas hasta que encuentran un “Cash Converters” en una calle lateral cuyo escaparate está lleno de cámaras, consolas y, sobre todas las cosas, lo que busca: una fila de ordenadores portátiles de segunda mano, encendidos y listos para ser probados por los clientes.
Entran en la tienda que les recibe con un olor a electrónica usada. Hay un par de adolescentes mirando videojuegos y un hombre regateando por un televisor. Sin titubeos, pues el peso del tiempo es cada vez más palpable, se dirige directamente a la sección de informática.
Uno de ellos logra llamarle la atención: un portátil moderno, un modelo robusto con Windows 11 que brilla bajo los focos del local.
– ¿Puedo ayudarles en algo? –pregunta un dependiente joven, acercándose con desgana.
– Solo quiero comprobar si este equipo es compatible con un archivo de trabajo que traigo – miente sacando el dispositivo con naturalidad– Tengo que comprar un ordenador nuevo porque el mío se ha averiado y necesito saber si este lee mi formato de archivos encriptados. ¿Le importa si lo pruebo un segundo?
El dependiente se encoge de hombros.
– Adelante, mientras no instale nada raro...
Álvaro introduce el metal en el puerto USB-C. Esta vez no hay quejidos ni relojes de arena eternos. El sistema reconoce el dispositivo al instante. Una ventana se abre en la pantalla limpia y nítida.
« Unidad E: Historias del Mar »
Doble clic. Las carpetas aparecen: «Archivos Lisboa», «Legajos Velasco», «Borrador Capítulo 3». Empieza a abrir archivos a toda velocidad.
Respira hondo, a todas luces aliviado.
Ver sus carpetas de nuevo, con sus nombres y su estructura lógica, le devuelve una parte de la identidad que le arrebataron en el asalto a su casa. El dependiente se ha alejado para atender a una pareja, dejándoles un margen de privacidad en ese rincón de la tienda.
– Lo tengo, Selu. Está todo aquí –susurra, moviendo el cursor con rapidez– Las fotos de los legajos de Lisboa, los nombres de los oficiales... todo lo que necesitamos para entender por qué ese barco no quiere hundirse.
Después abre un documento de texto donde había empezado a cruzar los nombres de los “pasajeros” del “Piedad” con los de los actuales directivos de la Fundación Velasco-Tovar. Necesita un hilo conductor, algo que conecte la “mercancía sagrada” con el presente.
José Luis se acerca un poco más, mirando con recelo la pantalla nítida y moderna.
– Date prisa, escribidor. Este sitio tiene demasiados cristales y estamos muy a la vista desde la calle. No me gusta la cara que pone el vigilante de la puerta.
El viejo tiene razón. Asiente, concentrado en buscar una entrada específica sobre el «Libro de las Guardias».
Sabe que en algún lugar de sus notas está la clave de por qué ese objeto pesaba más que el oro.
Sus dedos vuelan sobre el teclado, abriendo y cerrando ventanas, ignorando el murmullo de la tienda y el pitido de la caja registradora.
Está inmerso en sus propios datos, tan aliviado por haber recuperado su brújula digital, que por un momento olvida que el peligro no solo viaja por cables y señales de wifi.
Tras haber comprobado que todo está en orden, desconecta el pendrive con un movimiento brusco. Satisfecho por haber recuperado sus archivos, todo se desvanece ante una nueva sacudida de la realidad.
Justo cuando se dispone a decir que es hora de salir de allí, su móvil vibra en el bolsillo.
Es un correo electrónico. Sin asunto. Remitente desconocido.
Al principio, la rabia le nubla la vista. Piensa que son ellos otra vez, burlándose de su seguridad, recordándole que no hay red cifrada que los detenga. Pero al abrirlo, sus ojos recorren unas líneas que no esperaba:
“ Señor Rivas, puedo ayudarle. Aunque no tenga pruebas, sé que le están buscando para quitarlo del medio. Como hicieron con mi padre. Llámeme”.
Debajo, un número de teléfono móvil de lo más común, con prefijo español.
– Vámonos, Selu. Ahora mismo –susurra guardando el dispositivo y el móvil mientras el dependiente se acerca de nuevo.
Salen de la tienda a la luz gris de la tarde en la calle San Francisco. El bullicio del centro de Santander, con su tráfico de autobuses y el murmullo de los transeúntes, les sirve de escudo.
Caminan rápido, con el corazón martilleando contra las costillas, intentando procesar esa frase:
Como hicieron con mi padre…
Esa confesión de vulnerabilidad es lo que, paradójicamente, le da una bofetada de confianza. No suena a amenaza; más bien a una mano tendida desde la misma sombra en la que él se encuentra ahora.
– ¿Qué te pasa ahora, muchacho? –gruñe el Cachalote, que apenas puede seguirle el ritmo entre la multitud– ¿Es otra de esas notas de muerto?
– No Selu, es algo distinto. Alguien que dice que mataron a su padre por esto mismo –responde deteniéndose cerca de una marquesina de autobús para recuperar el aliento– Y ha dejado un número.
Si nos rastrean por la señal del móvil mientras llamo, que nos busquen aquí, entre miles de personas.
No van a poder aislarnos tan fácil en pleno centro.
Mira el número en la pantalla.
Sabe que llamar es tirar del hilo de una red que puede ser su salvación o su condena definitiva. Después, su mirada se dirige al Cachalote, que asiente con una seriedad sombría, después pulsa el botón de llamada.
Sostiene el teléfono con una mezcla de sudor frío y esperanza. Al otro lado, suena una voz de mujer, rasgada y precisa, alguien que acumula en su haber un buen número de años. Habla rápido, de forma escueta, como si la vida le fuera en ello.
– Escúcheme bien, Rivas –dice ella con una frialdad que asusta– Usted cree que está escribiendo un libro, pero está pisando los cimientos de algo que sostiene a los que mandan en esta ciudad.
Mi padre lo sabía, y por eso no llegó a verme crecer.
No use más el móvil para esto. Venga a la Librería Campillo, en la calle Burgos.
Lleva allí desde antes de que yo naciera.
Busque en la sección de Historia Local. Estaré allí en veinte minutos.
La llamada se corta con un chasquido seco. Álvaro guarda el aparato en uno de los bolsillos de su pantalón y de reojo mira a José Luis, que lo observa con los brazos cruzados y el ceño fruncido bajo la gorra de plato.
– Tenemos una cita. En la calle Burgos. Una librería vieja –le comenta mientras empiezan a caminar rápido entre la gente que sube por la calle Jesús de Monasterio.
– Mal sitio, muchacho. Los libros tienen mucho polvo y las estanterías no te protegen de una bala –gruñe el viejo, pero le sigue el ritmo sin rechistar, vigilando los portales y los coches que pasan a su lado.
Caminan hasta llegar al punto de encuentro mencionado.
Es un local que parece un búnker de papel cuyo escaparate está lleno de libros con los lomos desgastados por el sol.
Dentro, el pasillo es tan estrecho que apenas caben dos personas a la vez.
Es el lugar perfecto para una cita clandestina: allí dentro el silencio es absoluto y el olor a tinta y pegamento antiguo oculta cualquier rastro de miedo.
Entran y el sonido de la calle desaparece. Tal y como le habían indicado se dirige al fondo, hacia la sección de Historia Local y Temas Cántabros.
Entre monografías sobre la pesca en el siglo XVIII y genealogías de familias nobles, hay una mujer mayor, vestida con un abrigo oscuro y un pañuelo de seda al cuello. No está mirando los libros; está mirando su reloj .
Al verlos llegar, entorna los ojos. Su rostro es un mapa de arrugas que hablan de décadas de silencio autoimpuesto.
– Es usted más joven de lo que imaginaba, Rivas –dice ella, sin moverse de la estantería– Y mucho más imprudente. Mi padre murió intentando que lo que usted lleva en ese bolsillo saliera a la luz. No por maldad, sino por piedad hacia los vivos.