CAPITULO VII
LA TRINCHERA DE SALITR E
E ntumecido, con la espada dolorida y la sensación de que el mundo se ha vuelto mucho más pequeño, el escritor despierta en el sofá de la pequeña sala de José Luis.
La luz de la tarde se filtra en láminas afiladas a través de las persianas bajadas, iluminando las partículas de polvo que flotan en el aire.
No hay rastro del sol radiante de ayer. Santander ha recuperado hoy su manto gris, y el sonido de las gaviotas sobre la dársena suena más a una advertencia que a un saludo.
Moviéndose en un silencio absoluto el marinero está en la cocina. El único sonido que se oye es el siseo de la radio, sintonizada en una frecuencia de avisos marítimos que emite un zumbido constante de estática y voces lejanas.
Agarrotado por la incómoda postura en el sofá, se incorpora, frotándose la cara palpa el bulto del pendrive en el bolsillo de su pantalón. Es el único objeto sólido que le queda de su antigua vida.
– Has dormido cuatro horas, escribidor –gruñe José Luis sin darse la vuelta, mientras vierte café en dos tazas de loza– Es más de lo que yo he conseguido.
Amodorrado aún se acerca a la mesa.
La casa es una prisión voluntaria. La puerta tiene echados todos los cerrojos y el viejo ha colocado una silla debajo del pomo, un gesto tan mundano como efectivo que subraya la gravedad de la situación.
Están atrapados en un apartamento que huele a tabaco viejo y a miedo, esperando un movimiento de un enemigo que tiene plumas de ave y tecnología de satélite.
– No podemos quedarnos aquí para siempre, Selu –dice el escritor aceptando la taza. El calor del café le devuelve un poco de pulso– Tarde o temprano, alguien preguntará por mi coche o por qué mi apartamento está abierto de par en par.
– Aquí nadie pregunta lo que no debe –sentencia sentándose frente a él– Pero tienes razón. Estamos quietos, y en el mar, el que se queda quieto acaba en el fondo. Tenemos ese trozo de metal que salvaste. Es hora de ver qué hay dentro de ese pendrive que tanto les interesa.
Pone el dispositivo sobre la mesa. Le parece increíble que algo tan pequeño contenga el peso de una maldición del siglo XVIII y la razón por la que casi pierden la vida en un callejón.
– Si lo conecto, podrían rastrearnos –advierte, recordando el mensaje en el móvil– Si tienen acceso a la red de la Fundación Velasco, sabrán en qué momento se abre ese archivo.
José Luis esboza una sonrisa amarga señalando una vieja televisión de tubo y un equipo de radio aficionado que tiene en un rincón.
- En esta casa no hay fibra óptica ni moderneces de esas, muchacho. Tengo un portátil viejo que me trajo mi sobrino para ver el tiempo, que no tiene ni tarjeta de esas de internet. Úsalo. Que busquen en el aire si quieren, pero aquí dentro las señales no entran ni salen si yo no quiero.
Conteniéndose un poco en los comentarios por la indudable antigüedad de aquel ordenador, el escritor observa el aparato que su amigo deposita sobre el hule de la mesa con la misma delicadeza con la que se maneja una bomba de relojería.
Es un portátil grueso, de un plástico gris que ha empezado a amarillear por el tiempo, con el logotipo de una marca que probablemente ya ni fabrique ordenadores.
– Selu, esto es una reliquia –dice con todo respeto hacia el gesto de su amigo mientras pulsa el botón de encendido sin éxito– No tiene batería. ¿Tienes el cable?
El viejo gruñe algo inteligible sobre “los trastos que no funcionan cuando se necesitan” y empieza a abrir cajones con energía.
En la pequeña sala se pueden oír perfectamente el choque de cubiertos, herramientas oxidadas y sedales de pesca, hasta que finalmente el Cachalote regresa con un transformador pesado, lleno de polvo y con el cable enrollado de cualquier manera.
– Toma, a ver si esto le da la vida que le falta – refunfuña el viejo.
Rápidamente conecta el cargador a la red y al puerto del ordenador.
Una pequeña luz naranja, débil como la llama de una vela en medio de una galerna, se ilumina en el frontal y pulsa de nuevo el encendido.
El ventilador arranca con un quejido asmático, un zumbido que parece que va a hacer saltar las piezas de plástico por el aire.
Tras unos segundos de oscuridad absoluta, aparece el logotipo de Windows XP en la pantalla.
– Hacía años que no veía esto – murmura.
Comienza entonces una espera agónica, puramente mundana.
El sistema operativo, cargado de archivos viejos y con un procesador que ya ha dado todo lo que tenía que dar, se toma su tiempo.
Una barra azul se desplaza lentamente por el centro de la pantalla, pixelada y parpadeante.
El disco duro emite un sonido rítmico, un clac-clac-clac que a Álvaro le recuerda, de forma inevitable, al golpeteo de la madera contra una ventana.
Pasan dos minutos. Tres. José Luis observa la pantalla con desconfianza, cruzado de brazos.
– Eso va más despacio que una trainera con el ancla echada –espeta el marinero.
– Es el sistema. Tiene que cargar los controladores, la memoria... –intenta sonar paciente, pero el sudor frío vuelve a asomar en sus sienes.
Tras varios minutos de tensa espera, por fin aparece el escritorio: el fondo de pantalla es el clásico paisaje de la colina verde y el cielo azul, pero se ve apagado, como si el tiempo también hubiera pasado por ese prado virtual.
Álvaro introduce el pendrive en el único puerto USB lateral, rezando para que el hardware sea capaz de reconocer un dispositivo moderno.
El ordenador emite un pitido agudo, una señal de protesta, y se queda "congelado" mientras intenta leer la memoria.
El cursor se transforma en un pequeño reloj de arena que gira y gira sobre el fondo azul.
– Vamos, vamos... –susurra, apretando los puños.
Ahí están, en el silencio del Barrio Pesquero, dos hombres pendientes de una máquina obsoleta que guarda el secreto de una tragedia de hace tres siglos, mientras fuera, el mundo real sigue buscándolos .
Con los ojos inyectados en sangre por la espera, observa cómo el Windows XP lanza un último suspiro de incompetencia tecnológica. En la pantalla aparece un mensaje fatídico:
«El disco en la unidad E: no tiene formato. ¿Desea darle formato ahora?».
– ¡No, maldita sea, no! –grita retirando la mano del ratón como si hubiera tocado hierro al rojo vivo.
La frustración acumulada de las últimas veinticuatro horas estalla en un golpe seco sobre la mesa de madera provocando que las tazas de café tintinean y el ordenador se estremezca amenazando con apagarse para siempre.
Derrotado se apoya en el hule, con la cabeza entre las manos, respirando de forma errática.
– ¿Pero qué demonios le pasa a esa caja de plástico? –gruñe el viejo, que se ha mantenido al margen observando la pantalla con recelo– ¿Se ha roto el invento?
Álvaro levanta la vista, desbordado por la rabia técnica.
– Es el sistema de archivos. Este ordenador es de la Edad de Piedra.
Usa un protocolo de lectura que no reconoce la arquitectura exFAT del pendrive.
Además, el puerto USB 1.1 no tiene ancho de banda suficiente para gestionar la encriptación de los datos.
Necesita unos controladores que no existen en este disco duro y, sin conexión a un servidor remoto para descargar los drivers específicos, el kernel del sistema operativo simplemente ignora la entrada de datos. ¡Es un callejón sin salida digital!
El Cachalote se queda mirándolo con la boca entreabierta, con la pipa a medio camino de los labios. Después, el silencio que sigue es sepulcral, solo roto por el zumbido asmático del ventilador del portátil.
– Escúchame bien, muchacho –dice con un tono que mezcla la lástima con la irritación– No sé si te ha poseído un espíritu de esos de la radio o si es que ahora hablas en arameo.
Me estás soltando una verborrea que me suena a chino mandarín.
Habla en cristiano, para la gente que vivimos en el Barrio Pesquero .
Lamentándose del error de haberse comunicado tan “técnicamente” con su amigo, cierra los ojos y suelta un suspiro largo, tratando de simplificar su pánico para el hombre que tiene delante.
– Lo que pasa es que este ordenador no sirve. El pendrive está bien, los datos están ahí, pero esta máquina es demasiado vieja para entender lo que le estoy pidiendo. No se puede abrir. Estamos ciegos.
Mirando el aparato con desprecio, José Luis suelta un bufido y se recuesta en la silla.
– Vaya por Dios. Tanto lío con el cacharrito de metal para que ahora una caja gris nos diga que no. Pues si ese chisme no abre, habrá que buscar otra forma de leer lo que los muertos quieren decirnos, porque el tiempo se nos acaba y el agua sigue subiendo.
Con una resolución que raya en lo eléctrico, Álvaro se pone en pie. Si la tecnología del pasado le ha fallado, tendrá que buscar la respuesta en la del presente, pero lejos de los radares de la Fundación Velasco.
– No podemos perder más tiempo. Si este ordenador no abre el dispositivo, tengo que ir a un sitio con máquinas modernas. Un locutorio o una tienda de informática de segunda mano en el centro. Pero ni se te ocurra tocar mi coche; es una diana con ruedas.
El Cachalote lo mira con escepticismo, pero asiente.
– Sabia decisión, escribidor. Sacar ese coche ahora es llamar a la muerte a voces.
– ¿Pasa algún autobús por aquí que nos deje en el centro? –pregunta mientras se enfunda su cazadora, ocultando el pendrive en el bolsillo interior.
– Claro que pasa, hombre –responde, cogiendo su gorra– Tienes la línea 4 del TUS, la que va de Barrio Pesquero hasta el centro.
En diez o quince minutos nos planta en Jesús de Monasterio, justo al lado del Ayuntamiento.
Allí hay de todo: tiendas de esas de cacharros modernos y locutorios llenos de ordenadores nuevos que seguro que entienden tu arameo .