El peso de todas las olas CAPITULO VI #3
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CAPITULO VI #3

Con un gesto grave le entrega la pluma de ave que acaba de recoger del suelo. Al hacerlo, Álvaro se fija en que, justo debajo de donde estaba el portátil, hay una hoja en blanco que ha quedado sobre la madera desnuda del escritorio.

No es un folio cualquiera; tiene el mismo gramaje rugoso que el mensaje del parabrisas. Lo toma con dedos que parecen de cristal. En el centro exacto de la página, la tinta negra brilla todavía, húmeda y espesa, formando una caligrafía que parece herir el papel.

La frase es una sentencia definitiva:

Ya no hay vuelta atrás, Rivas.

Aturdido deja caer el papel, que planea hasta el suelo con una lentitud desesperante. La sensación de ser un juguete en manos de algo, o alguien, que maneja el tiempo y la tecnología a su antojo es total.

Han entrado en su santuario, han robado su voz y han tenido la sangre fría de sentarse en su propia silla para escribirle una nota con una pluma antes de marcharse.

–        Es un aviso de excomunión, muchacho –sentencia el Cachalote, agarrándolo del brazo para sacarlo del despacho– Te han echado de tu propia vida.

José Luis no le deja tiempo para lamentarse. Lo arrastra hacia el pasillo, sorteando los libros destrozados. El escritor mira de reojo su salón, sintiendo que cada sombra entre los muebles ahora tiene ojos.

La amenaza ya no es una posibilidad; es una realidad que ha devorado su casa.

Justo antes de cruzar el umbral del pasillo se detiene en seco. Un destello de lucidez atraviesa la bruma de pánico que le nubla el juicio. Se suelta del agarre del marinero para regresar al despacho, moviéndose con una urgencia eléctrica entre los libros desparramados.

–        ¡Sal de ahí ya! –apremia el Cachalote desde la entrada, vigilando el rellano con la mirada de quien espera una emboscada– ¡No hay tiempo para tonterías!

Pero él no le escucha.

Se dirige a un rincón de la estantería de historia náutica, allí donde los lomos de los libros han sido arrancados con saña.

Sus dedos buscan febrilmente detrás de un pesado volumen sobre cartografía antigua que, milagrosamente, sigue en su sitio.

Al meter la mano en el doble fondo de una caja de madera de cedro, un objeto pequeño y frío choca contra sus yemas. Lo saca y lo aprieta contra su pecho como si fuera un amuleto.

Es un pendrive de metal, desgastado por el uso, sin etiquetas ni marcas llamativas.

–        Aquí está –susurra, y por primera vez en toda la tarde, un destello de triunfo brilla en sus ojos– No se lo han llevado todo .

Aquellos que habían saqueado su casa con precisión milimétrica han cometido el error más mundano de todos: subestimar lo analógico frente a lo digital.

Han buscado en el ordenador, posiblemente en la nube y en las carpetas, pero no han contado con el hábito obsesivo de un escritor que, desde que empezó su carrera, desconfía de la volatilidad de la tecnología.

En ese pequeño trozo de memoria está cada palabra, cada nota de los archivos de Bilbao y cada párrafo de la investigación sobre los Velasco.

–        Ahí está todo –le dice a José Luis mientras se guarda el dispositivo en el bolsillo más recóndito de su pantalón– Mi vida, mi novela... y la prueba de lo que hicieron con esos soldados.

–        Entonces ya tienes lo que necesitas para que te maten de verdad –gruñe el viejo, empujándolo finalmente hacia el ascensor– Vámonos. Ahora ese trozo de metal es lo único que nos separa del naufragio total.

Salen del edificio de la calle Castelar sin mirar atrás, dejando la puerta entreabierta y el caos a sus espaldas .

Ya no es solo un escritor; ahora es el custodio de una verdad que alguien ha intentado borrar con pluma y fuego.

Álvaro pulsa el botón de arranque y el motor diésel del coche ruge en el silencio del aparcamiento. Sus manos están tan tensas sobre el volante que los nudillos le duelen.

En cuanto enciende las luces cortas, el haz de luz blanca rebota en la columna de hormigón frente a él, pero es el reflejo en el retrovisor lo que le hiela la sangre.

A unos veinte metros, oculto hasta ahora en la penumbra de una de las plazas del fondo, un vehículo oscuro enciende sus faros simultáneamente.

Es un movimiento coordinado, una respuesta simétrica que no deja lugar a la casualidad.

–        ¡Saca el coche de aquí! ¡Ahora! –ruge el Cachalote, pegando la espalda al asiento y agarrándose al asidero de la puerta .

A toda prisa, casi sin pensar, engrana la marcha atrás con un chirrido de la caja de cambios y pisa el acelerador.

El coche sale disparado, gira en un ángulo imposible y enfila la salida.

Al salir a la calle Castelar, la luz del atardecer de Santander le deslumbra un segundo, pero no se detiene.

Gira a la derecha de forma violenta, obligando a un taxi a frenar en seco entre bocinazos.

Por el espejo ve cómo el coche oscuro, una berlina de cristales tintados y sin distintivo, sale detrás de él con una precisión gélida y se sitúa a su estela, manteniendo una distancia constante.

–         Me están siguiendo. Me tienen– balbucea con el sudor corriéndole por las sienes.

–         ¡No pienses, conduce! ¡Métete por las calles estrechas!

Abrumado por las circunstancias, entra en un estado de adrenalina pura. Gira bruscamente hacia el área de Puerto Chico, adentrándose por una calle en dirección prohibida durante unos metros para luego doblar por un callejón estrecho .

Efectúa tres giros impulsivos, de esos que solo alguien que conoce Santander de memoria intentaría, subiendo hacia la zona alta para intentar perderlos en el laberinto de cuestas. Pero el coche de atrás es como una sombra enganchada a su defensa.

Cada vez que él gira, los faros del perseguidor aparecen un segundo después, implacables, sin luces de policía, sin sirenas, solo esa presencia metálica y oscura que parece anticipar cada uno de sus movimientos.

Da un volantazo final hacia la zona de San Martín, sintiendo que los neumáticos pierden adherencia en el asfalto húmedo. Su corazón golpea contra las costillas al mismo ritmo que el limpiaparabrisas que ha activado por error.

–         No se van... no se van... –repite mirando desesperadamente el retrovisor.

Ya no hay duda racional que valga. No es un algoritmo, no es una advertencia digital.

Es una cacería física por las calles de Santander .

Los que entraron en su casa están ahora a pocos metros de su maletero, y sabe que, si le obligan a detenerse, el pendrive que lleva en el bolsillo será lo último que verá en su vida... si no se la arrebatan antes.

Desesperado pisa el acelerador a fondo, sintiendo cómo el motor ruge en un grito de hierro.

Entonces, el destino, caprichoso y mundano, se materializa en forma de un enorme camión de la basura que empieza su maniobra de carga, bloqueando casi por completo la estrecha calle por la que circulan.

–        ¡No frenes! ¡Pasa por el hueco o estamos muertos! –brama el Cachalote, pegándose al respaldo.

Sin pensárselo dos veces cierra los ojos parcialmente y lanza el coche hacia la rendija imposible que queda entre la pared de sillería y el costado del camión.

El sonido es desgarrador: el metal de su coche raspa contra la piedra y un estruendo seco anuncia que el retrovisor derecho ha saltado por los aires, convertido en mil pedazos de plástico y cristal. El coche se sacude violentamente, pero la inercia los empuja hacia el otro lado del bloqueo.

El conductor del camión suelta un improperio que resuena en todo el callejón, golpeando la cabina con furia, pero ya están en la siguiente bocacalle.

Mira por el espejo interior. La berlina oscura ha tenido que clavar los frenos para no empotrarse contra la parte trasera del camión de la basura.

El bloqueo es total; los operarios ya están bajando los contenedores y el perseguidor ha quedado atrapado en un laberinto de sentido único sin escapatoria inmediata.

–         ¡Los hemos perdido! –exclama con los pulmones ardiéndole por el esfuerzo de respirar.

–        No cantes victoria todavía –responde el Cachalote, aunque su respiración también empieza a normalizarse– Nos han perdido el rastro, pero saben qué coche tenemos.

Sal de aquí, coge la zona de las naves industriales y da un rodeo hasta el Barrio Pesquero.

Tenemos que esconder ese coche antes de que den el aviso .

Álvaro conduce con el corazón todavía desbocado, sintiendo el aire entrar por el hueco donde antes estaba su ventana. Santander se ha convertido de repente una ciudad desconocida, en un mapa de sombras donde cualquier luz de freno le parece una amenaza.

Logran llegar al Barrio Pesquero dando un rodeo infinito, entrando por la zona de los tinglados donde la oscuridad es más densa y el olor a gasóleo y salitre lo inunda todo.

Allí, en un callejón sin salida, oculto tras unos contenedores de redes viejas aparcan el coche dañado.

Álvaro apaga el motor y, por primera vez en años, agradece que el silencio sea un regalo.

Se queda apoyado en el volante, temblando, mientras el Cachalote recupera su pipa y la aprieta entre los dientes, aunque no la encienda.

–        Ya estamos en mi territorio –dice el viejo con una voz sombría– Aquí las sombras son nuestras. Pero mañana, cuando salga el sol, tendrás que decidir si ese pendrive vale más que tu pellejo, porque esta gente no va a parar hasta que el mar o ellos te dejen mudo .

Álvaro mira a su amigo.

Sobran las palabras…

Sabe que tiene razón.