CAPITULO VI #2
Cada paso que dan se convierte en una lucha contra la corriente que intenta succionarlos hacia el fondo de la gruta. El agua, gélida, les llega ya a las rodillas.
El peso de su ropa empapada no ayuda, entorpeciendo sus movimientos con la desesperación de ver cómo el camino de vuelta se cierra.
No hay nada esotérico en esto; tan solo la poderosa presencia del mar reclamando su territorio .
Dentro de la cavidad el rugido del agua se ha transformado en un trueno ensordecedor que hace vibrar las paredes de roca.
Al mismo ritmo que el nivel del mar, que ya les golpea con fuerza por las rodillas, haciendo imposible dar un paso más, el pánico va ascendiendo por sus gargantas.
– ¡A la pared! ¡No dejes que el retroceso de la ola te arrastre hacia el fondo! –grita José Luis, cuya voz apenas se distingue entre el fragor del agua.
Este clava los dedos en las grietas de la piedra, sintiendo cómo el frío le muerde los huesos. Una nueva ola entra por la boca de la cueva, ahora convertida en un embudo mortal, provocando que el nivel el agua suba de golpe hasta su cintura.
Por un segundo, pierde pie. Lucha contra la sensación física del arrastre de la corriente que intenta llevarlo hacia la oscuridad de la galería trasera, hacia ese "norte" que ahora solo parece significar la muerte.
José Luis lo agarra por la correa de la mochila con una fuerza desesperada y tira de él hacia la abertura.
– ¡Ahora! ¡Antes de que venga la siguiente!
Se lanzan hacia la luz moribunda de la entrada en un esfuerzo agónico. Reciben el golpe del agua contra sus espaldas, una masa de toneladas que los empujan contra las rocas afiladas del exterior.
Arrastrándose sobre verdín y mejillones, salen a gatas, mientras una lengua de espuma blanca lame sus talones como si intentara reclamar una última pieza.
Extenuados, logran trepar unos metros por el acantilado hasta que el agua ya no puede alcanzarlos. Álvaro se desploma sobre una roca plana, jadeando, con los pulmones ardiendo y el sabor amargo de la sal inundándolo todo. Está empapado hasta la médula, tiritando de puro agotamiento y frío.
José Luis se sienta a su lado, apoyando la espalda en la piedra caliente por el sol. El viejo se quita la gorra y escurre el agua de su cara con una mano temblorosa.
Ambos miran hacia abajo, donde la entrada de la cueva ha desaparecido por completo bajo el oleaje furioso del noroeste.
– Por los pelos, escribidor –masca el Cachalote con la voz rota– Un minuto más y el Navío de los Ausentes habría tenido dos inquilinos nuevos sin necesidad de arqueta ni de libros.
Pero no responde.
Mira sus manos ensangrentadas por los cortes de la roca y luego hacia la iglesia de Santa María, que sigue ahí arriba, impasible bajo el sol de la tarde.
El contraste es brutal: a pocos metros, la gente sigue paseando y riendo, ajena a que ellos acaban de pelear por cada gramo de oxígeno en un agujero negro.
Suben hacia el pueblo con movimientos torpes, como dos náufragos que han sido devueltos a la orilla por puro milagro.
El agua les chorrea de la ropa, dejando un rastro oscuro y salado sobre las escaleras de piedra de la fortaleza. Para el escritor, el peso de la mochila le da la sensación de estar hecha de plomo, y el escozor de la sal en los cortes de sus manos no ayuda .
Al llegar al coche, el sol de la tarde todavía calienta el asfalto, un contraste insultante con el frío sepulcral que han dejado atrás.
José Luis se apoya en la aleta del vehículo, jadeando, mira hacia el horizonte con una mezcla de cansancio y respeto que roza el pavor.
– Sube, Selu. Vámonos de aquí –dice con la voz apagada.
Se despojan de las cazadoras empapadas y las tiran en el maletero. Después arranca el coche y pone la calefacción al máximo. El ruido del motor y el aire caliente que empieza a salir por las toberas son los únicos sonidos en un habitáculo que huele a humedad y a miedo contenido.
Conduce por las calles de Castro Urdiales de regreso hacia la autovía. Pasa por delante de las terrazas llenas de gente, de los niños jugando con helados y de las parejas que caminan de la mano bajo el sol.
Son fantasmas cruzando una ciudad que ya no reconocen. Hace apenas una hora, él era uno de ellos; ahora, es alguien que sabe que bajo toda esa alegría hay una garganta de piedra dispuesta a tragarse la vida en un suspiro.
No hablan.
No hay teorías que discutir ni archivos que citar.
José Luis se queda dormido a los pocos kilómetros, vencido por el esfuerzo y la edad, con la barbilla pegada al pecho y la respiración pesada.
Álvaro mantiene los ojos fijos en la carretera, sintiendo cómo el papel de la nota, que milagrosamente ha permanecido seco en un bolsillo interior, parece pesar más que toda su ropa mojada.
Llegan a Santander cuando las primeras sombras de la tarde empiezan a alargar las siluetas de los edificios. El viaje, que por la mañana fue de expectación, ahora es de una retirada silenciosa.
Detiene el motor frente al portal del Cachalote en el Barrio Pesquero. El silencio en el habitáculo es denso, solo roto por el crujido del metal enfriándose, cuando de repente, un pitido agudo desgarra la calma.
En ese momento, sobresaltado, da un respingo .
Con las manos todavía torpes por el frío, saca el móvil del bolsillo interior de su chaqueta. Está intacto, protegido por el cuero. Al encender la pantalla, la luz blanca le hiere los ojos.
Es un mensaje de texto.
Del mismo número sin origen.
Solo cinco palabras que le hielan la sangre más que el agua de la cueva:
Esta vez has tenido suerte.
Con un jadeo entrecortado deja caer el teléfono sobre el regazo. José Luis, que ya tenía la mano en la manilla de la puerta para bajarse, se detiene en seco. El viejo ha captado el cambio de atmósfera al instante.
Mira el aparato y luego clava sus ojos de halcón en él
– ¿Qué pasa ahora? - gruñe con una sospecha que le ensombrece el rostro.
Pero él no dice nada.
En lugar de responder, mete la mano en el otro bolsillo y saca el papel doblado, el que encontró en el limpiaparabrisas. Se lo entrega con dedos temblorosos. El viejo lo desdobla con parsimonia, pero en cuanto sus ojos recorren la caligrafía antigua y leen la amenaza
– Rivas, ¿aprecias tu vida? –su expresión cambia por completo.
La piel curtida del Cachalote se vuelve de un color ceniza, una palidez que nunca creería ver en un hombre de su temple. El marinero mira el papel, luego el mensaje del móvil y finalmente la silueta de los edificios que les rodean, como si esperara ver a un verdugo en cada esquina.
– Maldita sea... –susurra, y su voz suena como el roce de dos piedras– Esto no es el mar. Esto es tierra, y en tierra los demonios tienen nombres y apellidos. Alguien no es que no quiera que escribas... es que no quiere que respires.
El viejo dobla el papel con una seriedad que asusta y se lo devuelve. Luego, le agarra por el hombro, apretando con una fuerza que busca transmitirle algo de su propia firmeza.
– Escúchame bien. No vas a pasar ni un minuto más solo en ese apartamento de la calle Castelar.
Esa casa es una ratonera si ya saben dónde aparcas.
Vas a ir ahora mismo a recoger cuatro cosas básicas, lo justo para unos días, y te vienes a mi casa.
Aquí en el Barrio Pesquero sabemos quién entra y quién sale, y nadie va a tocarte un pelo mientras estés bajo mi techo. Voy contigo.
Álvaro siente que el coche es lo único que lo mantiene unido a la realidad mientras conduce de vuelta a su apartamento, con el Cachalote sentado a su lado como una gárgola de piedra vigilando el retrovisor.
No intercambian ni una palabra.
El miedo ha pasado de ser una curiosidad literaria a una amenaza física que ocupa todo el espacio.
Al llegar a su calle, aparcan en doble fila.
Bajan del coche, el escritor con las llaves temblando entre los dedos, pero al llegar al descansillo de su planta, se detiene en seco.
No necesita meter la llave.
– José Luis... mira - susurra con un hilo de voz.
La puerta está entreabierta.
La madera del marco presenta una astilla blanca, fresca, síntoma de un apalancamiento rápido y profesional. No ha habido delicadeza.
El Cachalote lo empuja suavemente hacia atrás y es él quien, con un movimiento brusco, abre la puerta del todo.
Su apartamento, ese refugio de orden y silencio donde Álvaro desayunaba mermelada de fresa hace apenas unas horas, ha dejado de existir.
Al entrar, el caos les golpea la vista.
Los libros de las estanterías han sido arrancados y arrojados al suelo, sus páginas abiertas como alas de pájaros muertos, los cajones del mueble del salón están volcados, y el contenido del armario de la entrada desparramado por el pasillo.
Es un saqueo sistemático, una búsqueda frenética que no ha dejado un rincón sin remover .
Con el corazón martilleando en sus oídos, corre hacia su despacho. Al llegar, frena en seco y suelta un sollozo de pura rabia y desamparo.
La mesa está vacía.
– Ya no está … - dice señalando el hueco donde antes estaba su vida– El ordenador ha desaparecido…
No se han llevado la televisión de plasma, ni el equipo de música, ni los objetos de valor que hay a la vista.
El robo es quirúrgico: han escogido su trabajo, sus archivos, sus investigaciones cifradas y el manuscrito de la novela.
De alguna manera le han robado su voz.
José Luis recorre la estancia con la mirada, sin tocar nada. Se agacha para recoger un pequeño objeto del suelo, cerca de la mesa de trabajo.
Es una pluma de ave, idéntica a la que escribiera la nota del coche, manchada todavía con un resto de tinta negra fresca.
– No buscaban dinero –gruñe el Cachalote con una voz sombría– Buscaban destruir el Libro antes de que termines de escribirlo. Vámonos de aquí ahora mismo. No cojas nada. Si el ordenador no está, ya no tienes nada que proteger en estas paredes.