El peso de todas las olas CAPITULO VI
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CAPITULO VI

DONDE EL MAR SE RETIR A

E l descenso es mucho más penoso de lo que había imaginado.

En cuanto dejan atrás los muros de sillería de la iglesia de Santa María, el mundo amable del domingo desaparece.

El sol sigue ahí arriba, pero su luz parece rebotar en las rocas afiladas sin calentar, creando reflejos cegadores sobre el agua que retrocede.

José Luis se mueve con una agilidad sorprendente para su edad, apoyando las manos en los salientes de piedra con la seguridad de quien conoce cada grieta. Álvaro, en cambio, lucha con sus botas de montaña, que parecen no encontrar agarre en la superficie cubierta de algas y percebes.

–        ¡Cuidado donde pisas, muchacho! –le grita por encima del rugido del mar– Esa roca negra resbala más que el jabón. Si te partes un tobillo aquí abajo, no habrá risto que te saque antes de que suba la marea.

Concentrado en su propia respiración, asiente .

Allá abajo el aire es distinto: denso, frío y saturado de una pulverización de agua salada que le empapa la cara. Tiene los dedos entumecidos por el contacto con la piedra húmeda, y el ruido de las olas rompiendo a pocos metros es un trueno constante que le impide pensar.

Finalmente, llegan a la base del acantilado, justo donde la erosión ha excavado una serie de grutas naturales que solo quedan al descubierto durante unas pocas horas al día.

El suelo es un laberinto de pozas de marea llenas de restos de redes, plásticos traídos por el mar y astillas de madera que el Cantábrico ha ido puliendo durante años.

Se detienen frente a la entrada de la cueva más grande. No hay brumas mágicas ni luces extrañas. Solo una cavidad oscura que huele a marisco podrido, hierro oxidado y humedad estancada. Es un lugar puramente físico, crudo y peligroso

–        Es aquí –dice José Luis, sacando una linterna de mano de su zamarra– Las corrientes de las que te hablé mueren en esta garganta. Todo lo que flota y viene del este acaba aquí dentro .

Álvaro activa la linterna de su móvil. Antes de encenderla, mira hacia arriba.

Desde allí los muros de la fortaleza de Castro Urdiales parecen inalcanzables, como si pertenecieran a otra ciudad.

Se siente pequeño, vulnerable, atrapado entre la piedra inmensa y un mar que empieza a detener su retirada para prepararse para el asalto de la tarde.

–        Vamos –murmura ajustándose la mochila– Veamos qué es lo que fluye hacia el norte.

Entran en la cueva en las que le recibe un suelo irregular, cubierto de guijarros que crujen bajo sus botas.

La luz de las linternas corta la oscuridad, revelando paredes de roca desgastada por siglos de embates.

No hay nada paranormal, solo el eco de sus propios pasos y el goteo incesante de las filtraciones de agua dulce que bajan desde el promontorio de la iglesia.

Se detienen ante una amalgama de restos que la última marea ha dejado depositada en el fondo de la gruta. Las luces de sus móviles barren una superficie caótica: trozos de poliespán amarillento, cabos de nailon deshilachados, una bota de goma solitaria y astillas de madera de palés modernos .

Es la basura del siglo XXI refugiándose en una grieta del XVIII.

–        Menudo vertedero –masculla el escritor, sintiendo una punzada de decepción– Si el "Norte" es esto, hemos venido a hacer de barrenderos.

José Luis no responde.

Se acuclilla con la pesadez de sus años y empieza a rebuscar con un palo largo los detritos más grandes. El olor a podrido y a fuel se intensifica al remover las capas inferiores de la montaña.

–        Ten paciencia, escribidor –dice el viejo sin levantar la vista– El mar es como un trapero; lo mezcla todo. Lo nuevo siempre flota encima, pero lo que pesa, lo que tiene historia, se queda abajo, lamiendo la roca.

Álvaro se une a él.

Imitando a su amigo empieza a apartar las redes enredadas que parecen redes de araña gigantescas. Es un esfuerzo físico agotador; el aire es escaso y la humedad reinante logra que el sudor se le pegue a la frente.

De repente, su linterna ilumina algo que no es plástico ni madera de pino clara. Es un objeto metálico, parcialmente enterrado bajo una masa de algas secas.

Tira de él con fuerza. El corazón le da un vuelco.

Es una pieza de hierro oxidado, pesada y roma, que parece haber formado parte de la estructura de un barco, pero no de uno moderno. No tiene restos de pintura, solo una costra de óxido y sal que le da un aspecto casi geológico.

–         Selu, mira esto.

Acercando su luz, el viejo examina la pieza con el ceño fruncido. Después la deja caer con indiferencia.

–        Un herraje de un pesquero de los años cincuenta, nada más. Esta cueva se traga todo lo que naufraga en la ensenada.

Siguen avanzando por la cavidad, que empieza a estrecharse.

Ahora el suelo se ha vuelto más resbaladizo, cubierto de un limo fino que les obliga a apoyar las manos en las paredes.

No hay nada extraño, tan solo la sensación opresiva de tener toneladas de piedra y una iglesia entera sobre sus cabezas.

De alguna manera empieza a pensar que la frase del archivo era, efectivamente, solo una metáfora poética, hasta que llegan al final de la primera galería, donde el agua dulce que filtra desde arriba ha creado una pequeña charca estancada.

Allí, flotando en el centro de la misma, hay algo que le devuelve el pulso a mil por hora.

Álvaro se inclina sobre la charca, con el corazón martilleando contra las costillas y la linterna vibrando en su mano.

La luz rebota en la superficie del agua estancada, iluminando un objeto rectangular y oscuro que flota pesadamente, medio sumergido entre el limo.

Por un segundo, la mente del escritor vuela hacia la arqueta de roble de los Velasco; visualiza los herrajes de plata y la madera de sepulcro que “fluye hacia el norte”.

–          ¡José Luis, mira! ¡Ahí está! –exclama, con la voz quebrada por la excitación.

Se estira con cuidado, hundiéndose en el barro hasta casi el borde de sus botas, y agarra el objeto con ambas manos.

Pesa bastante…

Está cubierto de una capa babosa de algas y restos de fuel, lo que le da un aspecto antiguo y solemne bajo la luz artificial.

Sin embargo, al sacarlo del agua y dejarlo sobre una piedra seca, la realidad le golpea con la frialdad de una ola.

Álvaro pasa la mano por la superficie para limpiar la suciedad y lo que aparece es plástico negro, rígido y moderno.

No es madera de ataúd, ni un cofre del siglo XVIII.

Es una caja de herramientas, de esas que venden en cualquier ferretería industrial, con el cierre de metal roto y el logotipo de una marca de bricolaje medio borrado por la erosión del salitre.

–        Es una caja de herramientas –murmura, dejando caer los hombros en un gesto de absoluta derrota.

El viejo se acerca, observa el objeto y suelta una risita seca que retumba en las paredes de la cueva.

–        Te lo he dicho. El mar es un basurero. Eso habrá caído de algún yate en el puerto o lo habrá tirado algún albañil descuidado desde el paseo. La marea lo ha traído aquí para que tú te lleves el susto.

Decepcionado, abre la tapa con un chasquido. Dentro solo hay agua sucia, un par de llaves inglesas oxidadas y una cinta métrica inservible. Es la definición perfecta de lo mundano: chatarra contemporánea en el lugar donde él esperaba encontrar el corazón de una leyenda.

Desanimado se queda sentado en una roca, mirando la caja de plástico, sintiéndose ridículo con su impermeable y sus teorías de arqueología mística. La quietud de la cueva, que hace un momento aparentaba estar cargado de presencias, ahora solo le parece el silencio de un agujero húmedo y oscuro.

–        Nos hemos equivocado, Selu –dice, apagando la linterna para ahorrar batería– La madera que fluye al norte... debe ser otra cosa. O quizá solo sea una frase en un papel viejo que no significa nada.

El escritor sigue con la mirada fija en la caja de plástico, frustrado, cuando un sonido diferente se cuela por la entrada de la gruta.

Ya no es el rugido lejano y rítmico del mar; es un borboteo sordo, un gorgoteo que parece nacer de las grietas del suelo.

–         ¿Has oído eso? –pregunta, encendiendo de nuevo la linterna.

El cachalote no responde con palabras.

Se ha puesto de pie de un salto, con una agilidad que ignora el paso de los años, y está mirando hacia la boca de la cueva. Su rostro, iluminado lateralmente por el haz de luz, muestra una preocupación que no tenía hacía cinco minutos.

–        ¡Maldita sea! –exclama el viejo– El viento ha rolado a noroeste. Está empujando el agua con más fuerza de la que decía la tabla de mareas.

Álvaro mira hacia sus pies.

La quietud del agua de la charca estancada donde encontró la caja de herramientas ha desaparecido. El nivel ha empezado a subir, mezclándose con una lengua de espuma blanca que entra con una velocidad alarmante desde el exterior.

Asciende centímetro a centímetro, cubriendo poco a poco los guijarros que antes estaban secos.

–        Tenemos que salir. ¡Ya! –José Luis le agarra del brazo con fuerza– Si el agua tapa la entrada, esta cueva se convierte en un pulmón de piedra. El aire se acabará y el mar nos machacará contra el techo.

Recoge su mochila a toda prisa, dejando la caja de plástico olvidada sobre la roca. El pánico empieza a aflorar, pero es un pánico físico, de supervivencia .

Chapotean a través del agua, que ya les llega por encima de los tobillos.

El suelo, que antes era solo resbaladizo, ahora es una trampa invisible bajo la espuma turbia.

Llegan a la galería principal y Álvaro se queda helado.

La luz del día que se veía al fondo, esa abertura que prometía libertad, se ha reducido a la mitad.

Una ola rompe con fuerza en la entrada, inundando la cueva con un estruendo ensordecedor y lanzando una ráfaga de aire comprimido que casi les tumba.

–         ¡No pienses, corre! –exclama el Cachalote, empujándolo hacia delante.