El peso de todas las olas CAPITULO V #4
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CAPITULO V #4

–        Entonces... si la marea nos da permiso, ¿podríamos bajar hasta allí? ¿Podríamos ver esas cuevas de las que hablaba tu abuelo? –pregunta, con la vista clavada en la silueta de la iglesia de Santa María que ya asoma sobre el horizonte.

El Cachalote guarda un silencio prolongado, de esos que huelen a tormenta. Mira sus manos curtidas y luego fija la vista en el rompiente de las olas contra el espigón de Castro

–        Poder, se puede. Pero una cosa es poder y otra es deber –responde el viejo con una voz que parece salir de una tumba de sal– Si bajamos a las gargantas de Santa Ana con la marea baja, estaremos pisando la tierra de los ausentes.

Los marineros decimos que hay lugares donde el tiempo se queda enroscado como un cabo viejo, y esas cuevas son uno de ellos.

Álvaro se gira su amigo. No le cabe la menor duda de que el viejo está hablando totalmente en serio.

–        Ten por seguro una cosa: en esas cuevas el eco no devuelve tu voz, sino los lamentos de los que no tuvieron tierra santa. Es el lugar donde la madera de sepulcro busca su descanso.

Mi abuelo decía que, si entras allí con una pregunta, el mar te responde con una deuda. Es suelo de ánimas sin puerto.

Si bajamos, no solo estaremos pisando piedra húmeda; estaremos caminando sobre el techo de un cementerio que no acepta flores, solo respeto... o nuevas almas.

Como puede, el escritor traga saliva. El contraste entre el sol radiante de la mañana y la oscuridad de las palabras del Cachalote es casi insoportable.

–        Llevo el respeto en el bolsillo, Selu. Y la promesa que le hice a Eufrasia en mis sueños.

Resignado, el marinero asiente lentamente.

–        Entonces que Dios nos pille confesados.

Aparca cerca de la rampa. Comeremos algo rápido, pero no bebas demasiado vino.

Con esas rocas vamos a necesitar los cinco sentidos y un sexto que nos avise cuando el mar decida que ya es hora de cerrar la puerta.

Recuerda que la marea baja es solo un préstamo del mar, y el Cantábrico siempre reclama lo que presta con intereses de sangre.

Aparca lo más cerca que puede de la rampa de San Guillén.

Al bajar del coche, el sol de mediodía le golpea con una fuerza que le parece irreal.

El puerto de Castro Urdiales está en pleno dominical: familias con niños, el olor a sal mezclado con el de las rabas recién hechas y el sonido de las risas que rebota en las fachadas blancas.

–        Vamos a “El Mar” –sentencia el Cachalote, señalando una taberna de madera oscura y solera que parece resistir el paso del tiempo frente al muelle– Si vamos a bajar a las cuevas, mejor que sea con el estómago caliente.

Entran en la taberna. El local está a reventar, pero consiguen un hueco al final de la barra de madera, entre marineros jubilados y cuadrillas de amigos.

El suelo está cubierto de serrín, allí dentro el aire huele a vinagre, anchoas y vino blanco.

Álvaro se siente como un impostor; lleva una nota de muerte en el bolsillo de su cazadora de cuero mientras a su lado un hombre discute apasionadamente sobre el precio del bonito.

–        Dos raciones de caracoles y unos chicharros – pide José Luis al camarero, sin consultar la carta– Y un jarro de vino de la tierra. Rápido, que la marea no espera a los hambrientos.

Comen casi en silencio, una escena puramente mundana que actúa como una cámara de descompresión.

Clava el palillo en los caracoles, concentrándose en el sabor picante de la salsa, intentando que el ruido de los vasos y las voces altas de la taberna tapen el eco de la campana que aún resuena en su mente.

–        Mira a esa gente –dice José Luis en un susurro, señalando con la barbilla a los turistas que pasean por el muelle– No tienen ni idea de que bajo sus pies hay una catedral de piedra llena de maderas que no quieren pudrirse. Comen, ríen... y el mar los vigila desde abajo.

–        Quizá sea mejor así. No todos están preparados para saber de qué está hecho el suelo que pisan.

–        Tú tampoco lo estabas –le espeta el viejo, mirándolo fijamente– y mira dónde estás. Te has convertido en el notario de los muertos.

Álvaro deja el palillo sobre el plato. Ya no tiene hambre. Mira el reloj de pared de la taberna, un timón de madera que marca las dos y cuarto.

–         La marea está en el punto más bajo, ¿verdad?

Apurando el contenido de su vaso, José Luis asiente, se limpia la boca con un pañuelo papel y se ajusta la gorra.

–        Es la hora. Si el Navío de los Ausentes tiene algo que decirte, lo hará ahora. Pero recuerda lo que te dije: en esas cuevas, el aire es distinto. No respires más de la cuenta y, pase lo que pase, no te alejes de mi sombra.

Pagan la cuenta – el escritor deja una propina generosa con mano temblorosa– y salen de nuevo a la luz cegadora del puerto.

Caminan hacia la parte trasera de la iglesia, donde el rugido del mar contra las rocas empieza a imponerse sobre el ruido de la ciudad.

Álvaro aprieta el papel en su bolsillo y comprende que, a partir de este paso, el sol de mediodía ya no podrá protegerle de lo que la bruma ha decidido reclamar.