CAPITULO V #3
Mira hacia las ventanas de los edificios colindantes, buscando unos ojos de obsidiana o un traje gris, pero solo ve el reflejo del cielo.
Sube al coche, cierra el pestillo y se queda unos segundos con las manos apoyadas en el volante, intentando recuperar el aliento. La excursión a Castro Urdiales ya no es una opción para recabar datos; puede que ahora sea una huida hacia delante.
Arranca el coche y conduce hasta el Barrio Pesquero con los ojos fijos en el retrovisor, convencido de que el tráfico de Santander se ha vuelto una coreografía de sombras que le persiguen.
El papel en su bolsillo parece emitir un calor gélido que le quema el muslo .
Al llegar frente al portal de José Luis, el viejo ya está allí, apoyado contra la pared con las manos en los bolsillos de su zamarra y la pipa apagada entre los dientes. Fuerza una sonrisa, baja la ventanilla y le hace un gesto para que suba.
– Buenas, Selu. Vaya día nos ha salido, ¿eh? –dice, tratando de que su voz no delate el temblor de su alma.
El Cachalote sube al coche con su balanceo habitual, haciendo que la suspensión proteste. Ajusta el cinturón, se quita la pipa de la boca y, antes de que pueda meter primera, se gira y le clava una mirada que parece escrutarle hasta el último pecado.
– Buenas por decir algo, escribidor –gruñe el viejo con voz de lija –Pero déjate de meteorología. ¿Qué tripa se te ha roto ahora? Traes una cara que no es de este mundo. Parece que te has cruzado con el mismo diablo y te haya pedido fuego .
Un sudor frío resbala por la sien del escritor que agarra el volante con fuerza, sintiendo el papel de la amenaza crujir en su bolsillo.
– No es nada, Selu. Es que el café de hoy... no sé, me ha sentado como un laxante –responde con una risa nerviosa que suena a cristal roto– Ya sabes, estas mezclas que compramos en el súper, me han revuelto las tripas y me han dejado el cuerpo del revés.
José Luis entorna los ojos.
Se queda en silencio un segundo, observando el perfil tenso de su amigo mientras este enfila la salida de la ciudad. El viejo, que ya está de vuelta de todo; ha visto a hombres mentir para ocultar deudas, amantes y crímenes, y sabe que él no está sufriendo por un café en mal estado.
– Ya –responde con una ironía pesada– Y yo soy la reina de los mares.
Si ese café te ha puesto la cara blanca como la cera y las manos como si estuvieras tocando las castañuelas, es que le has echado mercurio en vez de azúcar.
Pero allá tú. Si quieres jugar a que te duele la panza mientras la muerte te sopla la oreja, conduce y calla.
Ya hablaremos cuando tengas el besugo delante.
Esta vez no responde.
Aumenta la velocidad al entrar en la A-8.
Cada kilómetro que le aleja de Santander es un respiro, pero sabe que el mensaje escrito con pluma viaja con ellos, escondido en la oscuridad de su chaqueta.
Esquivando como puede la mirada inquisidora de su compañero mantiene la vista fija en la carretera.
El silencio de José Luis es como una red que se va cerrando sobre él. Sabe que el viejo no va a dejar pasar la excusa del café, así como así.
– No es solo el café, Selu –empieza el escritor soltando el aire por la boca como si liberara presión– Es que... después de lo que vi en el archivo, siento que las paredes de mi casa se han vuelto de papel.
El Cachalote no dice nada.
Se limita a juguetear con la pipa apagada, esperando.
– Ayer, después de dejarte, encontré algo más en los papeles –continúa, bajando la voz como si alguien pudiera escucharlos por los conductos del aire acondicionado– Había una orden de los Velasco.
El barco, el Nuestra Señora de la Piedad, tenía prohibido entrar en puerto oficial.
Tenía que descargar en los acantilados, de noche.
Y hablaban de una “mercancía sagrada” que pesaba más que el oro.
José Luis suelta un gruñido bajo, un sonido que parece nacer en el fondo de sus pulmones.
– Eso ya lo sospechaba yo, muchacho. Los ricos nunca traen solo huesos de vuelta. Traen lo que les permite seguir siendo ricos. Pero eso no te pone esa cara de espanto. ¿Qué más?
A duras penas traga saliva.
Siente el roce del papel en su bolsillo, pero su mano se niega a sacarlo. Es un secreto demasiado físico, demasiado presente.
– Es que siento que ya no soy yo quien busca la historia –responde con un hilo de voz– Pienso que la historia me ha encontrado a mí.
Anoche recibí un mensaje extraño... y hoy, al bajar al coche, me daba la sensación de que alguien había estado vigilándome desde el portal. Alguien que conoce cada paso que doy.
José Luis gira la cabeza y mira por la ventanilla hacia los acantilados que se adivinan cerca de Islares. Su rostro se endurece.
– Te lo advertí –dice el viejo con una gravedad que hiela el habitáculo– Hay historias que son como las minas de la guerra: están ahí, quietas, esperando a que alguien ponga un pie encima para recordarles a los vivos por qué se quedaron bajo tierra.
Si te sientes vigilado, no es por paranoia de escritor, es porque tú has puesto el pie donde no debías.
El escritor aprieta el volante.
No menciona la nota, ni menciona la caligrafía antigua ni la pregunta sobre si aprecia su vida.
Prefiere que su amigo crea que es solo una sensación, una sombra que le sigue, porque compartir el contenido de ese papel significaría aceptar que la muerte ya tiene su dirección.
– ¿Crees que en Castro encontraremos alguna respuesta, o solo más preguntas, Selu?
El Cachalote se encoge de hombros, pero sus ojos no dejan de vigilar los espejos retrovisores del coche.
– En Castro encontraremos lo que el mar quiera enseñarnos. Pero una cosa te digo: si ese barco te está siguiendo desde el archivo, hoy no vamos a comer solos. Ya te digo que él va a estar sentado a la mesa, aunque no veas su plato.
Álvaro guarda silencio durante unos kilómetros, pero la frase que descubrió anoche en el archivo cifrado le quema la lengua más que la sospecha de que alguien le vigila. Aprovecha que la autovía se abre en una recta larga antes de llegar a la salida de Laredo para soltar la verdadera incógnita.
– Selu, hay algo que encontré en una nota marginal de los archivos de la Hermandad de las Marismas. Una frase que no me deja dormir: “La madera no se hundió. El peso del Libro la mantuvo anclada a la madera de sepulcro que fluye hacia el norte”.
El viejo, que estaba a punto de encender la pipa por fin, se queda con el mechero a medio camino. Gira la cabeza con una agilidad sorprendente.
– ¿Qué has dicho? ¿Que fluye hacia el norte? –El tono del marinero ha perdido toda la ironía mundana. Ahora hay un respeto casi supersticioso en su voz.
– Eso ponía –responde sin apartar la vista del asfalto– Yo pensaba que al norte de Castro solo hay mar abierto, agua profunda hasta llegar a Irlanda. Pero la nota hablaba de esa madera como si tuviera un rumbo fijo, un flujo constante
José Luis suelta un bufido y guarda el mechero en el bolsillo sin encender la pipa. Se apoya en el salpicadero, escrutando la línea de la costa que aparece a su izquierda.
– Los de ciudad solo miráis los mapas de papel.
Pero el mar tiene sus propias calles. Si esa madera de ataúd "fluye al norte" desde Castro, no se va a mitad del océano.
Se refiere a la Corriente de las Ánimas.
Es un canal de agua fría que corre pegado a los acantilados cuando la marea empuja desde el este.
Si algo cae al agua en la zona de los acantilados de Santa María y no se hunde, esa corriente lo arrastra hacia las cuevas que hay bajo la ermita de Santa Ana.
En ese instante, el escritor nota como un escalofrío le recorre el cuerpo entero. El rompeolas de su lógica se está desmoronando.
– ¿Cuevas? –pregunta, bajando la velocidad al ver ya las primeras señales de Castro Urdiales.
- Cuevas que solo se ven cuando la marea está en su punto más bajo –responde el viejo con gravedad– Mi abuelo decía que el Piedad no está en el fondo del mar.
Decía que está "encallado en el aire". Siempre pensamos que era una borrachera de viejo, pero si esa maldita arqueta fluye al norte...
puede que el barco se haya quedado atrapado en las gargantas de piedra bajo el pueblo, alimentándose de la niebla .
La frase del archivo ya no es un enigma poético; es una coordenada. Están llegando a Castro y el "norte" de esa madera maldita está justo debajo de sus pies.
De repente, el habitáculo del coche se le ha quedado pequeño. La revelación de que el barco podría estar oculto bajo sus propios pies, en las entrañas de la roca, le produce una mezcla de vértigo y una necesidad eléctrica de llegar cuanto antes.