El peso de todas las olas CAPITULO V #2
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CAPITULO V #2

En ese preciso instante un escalofrío recorre su médula espinal. Si la arqueta no se hundió, significa que alguien la recuperó... o que sigue flotando en algún lugar que la lógica no alcanza a explicar.

Aparta la silla con un chirrido que le devuelve a la realidad física de su habitación.

Levantándose empieza a caminar por el pasillo, sintiendo la necesidad de estirar las piernas y, sobre todo, de descomprimir el cerebro .

Se detiene en la cocina, apoyándose en el mármol frío de la encimera y mira la cafetera vacía. Su mente es ahora mismo un tablero con demasiadas piezas moviéndose a la vez.

Intenta poner orden en el caos, enumerando mentalmente los frentes abiertos como si fuera el esquema de uno de sus thrillers:

El Barco que respira: Lo que empezó como una leyenda de taberna con el Cachalote se ha convertido en una estructura física de madera de ataúd que, según los archivos, se rige por leyes que desafían la gravedad y el tiempo.

Los Vigilantes: Ese mensaje en el móvil ha convertido su investigación en un juego de espionaje real. Ya no solo teme a los fantasmas del siglo XVIII, sino a personas vivas, con tecnología y poder, que no quieren que se abra la arqueta de los Velasco.

El Enigma del Norte: Esa frase, “madera que fluye hacia el norte”, le da vueltas en la cabeza. ¿Es una corriente marina? ¿O es una metáfora de cómo el navío se mueve buscando algo que se perdió en la costa cántabra?

El Dilema del Autor: Y por encima de todo, su propia conciencia. Eufrasia Torres le pidió que fuera el "portador de las palabras". Escribir para salvar a los olvidados o callar para salvarse a sí mismo.

–        De madera de sepulcro que fluye hacia el norte... –repite en voz alta, saboreando las palabras.

Abre el grifo para mojarse la nuca, dejando que el agua fría le baje por la espalda. Tiene la necesidad de ese choque térmico para no perderse en sus propias cábalas.

Cae en la cuenta de que, por mucho que use VPN`s y navegue por la Dark Web, las respuestas que busca no son digitales. La tecnología le ha servido para confirmar el peligro, pero no para resolver el misterio.

Se mira en el espejo del pasillo.

Tiene el aspecto de alguien que no ha dormido, pero sus ojos han perdido la duda del principio. Hay una determinación sombría en ellos. Sabe que el siguiente paso no se da frente a una pantalla.

Regresa al salón, apaga la televisión que seguía en estática y se queda un momento en silencio, escuchando su propia respiración.

Mañana será el día de las decisiones físicas.

Mañana, las arenas del tiempo tendrán que enfrentarse a alguien que no tiene miedo de removerlas.

Al día siguiente, despierta sin el sobresalto de la noche anterior. Abre los ojos lentamente y se encuentra con una habitación inundada por una luz blanca y limpia.

El temporal ha dado paso a un día espléndido, de esos en los que Santander parece recién pintada; el cielo tiene un azul sólido, sin una sola nube, y el sol rebota en los edificios de Castilla-Hermida con una intensidad que hace daño a la vista.

Permanece unos minutos bajo el edredón, disfrutando del silencio. No hay campanas, no hay salitre, no hay susurros de archiveros muertos. Es una mañana perfecta, una que invita a olvidar las leyendas y a salir a pasear por El Sardinero.

Sin embargo, el peso en su pecho sigue ahí, un recordatorio sordo de que la tregua es solo meteorológica.

No si cierta reticencia se levanta y se dirige a la cocina.

El ritual de hoy es más pausado. Prepara la cafetera con cuidado y, mientras el aroma del café llena la estancia, pone dos rebanadas de pan de hogaza en el tostador.

Saca del frigorífico la mantequilla y un tarro de mermelada de fresa, su favorita, la que siempre le devuelve a una infancia donde el mar solo era un lugar para jugar.

Sentado en la mesa frente a la ventana unta la mermelada con parsimonia, observando el brillo rojizo de la fruta bajo el sol.

Desayuna despacio, saboreando cada bocado, intentando que el azúcar y la cafeína le devuelvan al mundo de los vivos. Es un momento puramente mundano, una burbuja de normalidad necesaria para alguien que empieza a dudar de su propio juicio.

Sin embargo, mientras mastica la última tostada, su mirada se pierde en el horizonte de la bahía. La belleza del día no logra ocultar los frentes que tiene abiertos. Su mente, de forma automática, empieza a organizar el caos:

–        Por un lado, el mensaje en el móvil - enumera mentalmente, dando un sorbo al café– Me vigilan, eso es un hecho. Saben quién soy y qué busco.

–        Por otro, Eufrasia –un escalofrío le recorre la espalda a pesar del sol– No fue un sueño normal. Ella me dio un encargo, una misión. Nómbralos, me dijo.

–        Y luego está lo del archivo –suspira, dejando la taza sobre el hule– El fletamento secreto, los Velasco y esa maldita frase: “madera de sepulcro que fluye hacia el norte”.

Mira sus manos.

Ya no tiemblan, pero sabe que esa calma es ficticia .

El desayuno ha sido el último refugio. Tiene que decidir qué hacer con ese rompecabezas. Si el barco se mueve hacia el norte siguiendo una corriente que no es de agua, sino de historia y muerte, él no puede quedarse sentado en su cocina de Castilla-Hermida untando mermelada.

Seguro de lo que va a hacer, deja el cuchillo de la mermelada a un lado y toma el móvil. Sus dedos dudan unos segundos antes de marcar el número de José Luis, pero la decisión ya está tomada.

No puede ir solo; necesita los ojos de quien conoce cada roca de esa costa.

–        ¿Diga? –la voz del Cachalote suena más ronca de lo habitual, acompañada de un ruido de sartenes de fondo.

–        Selu, mira el día que hace fuera. He pensado que podrías dejar las redes un rato y que nos fuéramos de excursión a Castro Urdiales.

Se hace un silencio al otro lado de la línea.

Álvaro puede oír la respiración pesada de su amigo .

El viejo, que no es tonto; sabe que no le llama para ir a tomar el sol como un turista más de Bilbao.

–        A Castro, ¿eh? –gruñe el Cachalote– Tú no das puntada sin hilo, escribidor. Sabes de sobra que no me gusta volver allí cuando el mar está tan tranquilo. Es cuando más engaña. Vas a buscar ese mástil negro, ¿a que sí?

Sorprendido por esa intuición de su viejo amigo, esboza una sonrisa mientras se levanta de la mesa y empieza a recoger los platos.

–        Te iré contando cosas por el camino, Selu.

He descubierto algo en los archivos que te va a dejar helado.

Y, además –añade, lanzando el anzuelo definitivo– he pensado que podríamos comer allí.

Yo invito. Elige el sitio que quieras, el que tenga los mejores caracoles o el besugo más fresco. Tú mandas.

Se oye un bufido al otro lado, una mezcla de resignación y hambre.

–        Eres un perro viejo, muchacho. Sabes que a un buen plato en el puerto no se le dice que no...

y menos si paga un señor de ciudad. Está bien.

Pasa a buscarme por el Barrio Pesquero en media hora.

Pero como vea que la bruma se cierra, nos volvemos para Santander, aunque me dejes a medias con el postre. ¿Estamos?

–         Estamos –responde, colgando con una sensación de triunfo.

Se viste rápido: vaqueros, una camisa cómoda y su cazadora de cuero. No olvida su cuaderno de notas. Al salir al rellano, nota como el desasosiego de la noche anterior siendo sustituido por una adrenalina fría.

Sabe que hoy, bajo el sol radiante de Castro, la leyenda del Nuestra Señora de la Piedad puede dejar de ser una historia de papel para convertirse en algo que podrá tocar con sus propias manos.

Baja las escaleras del portal con la llave del coche en la mano y una sensación de falsa seguridad que le dura exactamente lo que tarda en cruzar la acera.

El sol de Santander le da en la cara, obligándole a entornar los ojos mientras localiza su vehículo aparcado bajo una de las farolas de la calle .

Al acercarse, ve algo extraño en él. Un pequeño rectángulo blanco destaca contra el cristal delantero, sujeto firmemente por el brazo del limpiaparabrisas.

–         Maldita sea... –masculla– Una multa no puede ser, estoy aparcado donde siempre.

Se acerca con paso rápido, ya preparado para protestar, pero al llegar a la altura del capó, se detiene. La nota no es el típico recibo térmico de la policía local. Es un papel grueso, con una textura rugosa que recuerda al pergamino, doblado con una precisión casi militar.

Mira a su alrededor. La calle está llena de vida: gente paseando al perro, niños con balones, el murmullo de la ciudad por la mañana.

Nadie parece fijarse en él.

Con un nudo en el estómago, tira del brazo del limpiaparabrisas y recoge el papel.

Al desdoblarlo, el corazón le da un vuelco tan violento que siente un mareo repentino.

No hay ordenador de por medio esta vez. Lo que ve es trazo real, tinta negra que ha calado en las fibras del papel, escrita con una pluma de ave y una caligrafía antigua, de esas que ya solo se ven en los archivos que Don Julián de la Torre custodiaba.

La frase es corta, pero pesa más que todo el acero del puerto:

“Rivas, ¿aprecias tu vida?”

Álvaro se queda petrificado, con el papel temblando entre sus dedos. La caligrafía es idéntica, letra por letra, a la que vio en el fletamento de los Velasco y Tovar en el archivo.

Es como si la mano del siglo XVIII hubiera salido de la estantería para escribirle una nota en pleno siglo XXI.

No es una advertencia digital.

Es un contacto físico.

Alguien ha estado ahí, a centímetros de su coche, mirándolo, sabiendo quién es y dónde vive. La pregunta no busca respuesta; es una sentencia que flota bajo el sol radiante de Santander.

–        Escritor, buenos días ¿Qué haces ahí pasmado? –el grito de un vecino que pasa por la acera lo trae de nuevo a la realidad .

Devuelve el saludo, sonriendo con la frialdad de una máscara veneciana, después guarda el papel en el bolsillo de su cazadora de cuero como si quemara.

Tiene la sensación de que el sol ya no calienta.