CAPITULO V
LA TINTA DE LA MEMORI A
Á lvaro observa el parpadeo del cursor.
Ese pequeño rectángulo vertical parece un latido electrónico, un recordatorio de que el tiempo de la duda se está agotando.
La infusión sobre la mesa ya no humea, y el silencio del apartamento es tan denso que casi puede oír el rumor de la marea subiendo en la bahía, a unas pocas manzanas de distancia.
Sus dedos acarician las teclas «Ctrl» y «Z».
Sabe que, con un par de toques, podría deshacer todo lo avanzado, borrar las referencias a los Velasco, al Nuestra Señora de la Piedad y a esa madera de ataúd que parece haberle seguido hasta Santander.
Podría y hasta tal vez, fuera lo más sensato, escribir una historia de piratas convencional, de tesoros perdidos y héroes de cartón piedra. El mercado lo aceptaría, su editor estaría encantado y, lo más importante, quizá el frío de Don Julián de la Torre dejaría de habitar en su despacho .
Sin embargo, al mirar la pantalla, no ve letras. Ve el rostro de la tía Carmen limpiando chicharros mientras hablaba del “golpeteo en la ventana”. Ve la palidez del Cachalote. Y, sobre todo, ve la mano de Eufrasia Torres sujetándole en el abismo del sueño.
– Si lo convierto en una mentira –murmura para sí mismo– los estaré hundiendo de nuevo. Y esta vez será para siempre.
Toma un sorbo de la infusión fría. El sabor amargo le devuelve a la realidad. Su espíritu de empirismo le dice que los muertos no leen novelas, pero su instinto de narrador le advierte que hay historias que, una vez que te eligen, no aceptan ser traicionadas.
Decidido, no borra nada.
Al contrario, abre una nueva ventana de búsqueda. Si el barco era un fletamento privado de los Velasco y Tovar para traer “mercancía sagrada” desde Lisboa, debe haber un rastro del manifiesto de carga. No el oficial, que ya vio que estaba falseado, sino el real.
El que Don Julián murió intentando clasificar .
Teclea con una energía nueva, buscando en los archivos digitalizados de la Hermandad de las Marismas, una organización que en el siglo XVIII controlaba mucho de lo que entraba y salía por los puertos del norte sin pasar por el filtro de la Corona.
Tras unos minutos, el ordenador emite un pequeño pitido. Un resultado. Un documento escaneado de una colección privada en Bilbao hace mención a una “partida de maderas y bultos sellados” consignada a los Velasco en diciembre de 1755.
Intrigado, acerca la silla.
El corazón le da un vuelco al leer la descripción de uno de los bultos principales:
… una arqueta de roble herrada en plata, rescatada de la cripta de los Jerónimos en Belém. Contiene el Libro de las Guardias y el Sello de la Piedad. Peso extraordinario. No abrir bajo pena de excomunión…
Tiene la vista fija en la pantalla, con la palabra “excomunión” grabada en las retinas, cuando un fogonazo de luz blanca sobre la mesa le hace dar un respingo .
Es su teléfono móvil.
El aparato vibra sobre la madera del escritorio con un sonido seco, metálico, que en el silencio del apartamento suena como un disparo. Álvaro traga saliva. No espera llamadas a estas horas y sus amigos saben que, cuando escribe, el mundo exterior deja de existir.
Alarga la mano con una vacilación que le irrita.
El dispositivo está frío. En la pantalla de bloqueo no aparece ningún nombre, solo una ristra de dígitos desconocidos, una numeración extraña que no parece seguir ningún prefijo nacional.
Desliza el dedo y el mensaje se abre.
Son solo seis palabras, desnudas de puntuación, escritas con una frialdad que le eriza el vello de los brazos:
No remuevas las arenas del tiempo.
Aterrado suelta el teléfono como si quemara .
El aparato aterriza sobre la alfombra con un golpe sordo. Se queda mirando el vacío, con la respiración entrecortada.
– No es posible –susurra, sintiendo que el aire del despacho vuelve a espesarse– Nadie sabe lo que estoy buscando. Nadie que no sea de su confianza…
Se levanta y camina hacia la ventana, descorriendo las cortinas con un movimiento brusco. La calle está desierta. Santander duerme bajo una capa de humedad que brilla bajo las farolas. No hay coches sospechosos, ni figuras en traje gris vigilando el portal. Solo la noche y el rumor lejano del mar.
Regresa al escritorio y recoge el móvil. Intenta devolver la llamada, pero una voz grabada, monocorde y metálica, le responde de inmediato:
– El número marcado no existe.
Mira de nuevo el monitor. Allí, el documento sobre la arqueta de roble y el Libro de las Guardias parece ahora una trampa abierta. La advertencia del mensaje es clara: su investigación ha cruzado la frontera de lo literario.
Sea lo que fuera lo que los Velasco trajeron de Lisboa no es solo historia; es algo que todavía tiene guardianes que no dudan en usar la tecnología del siglo XXI para proteger secretos del XVIII.
Álvaro deja el móvil sobre la mesa, pero esta vez no lo mira con miedo, sino con la frialdad de quien analiza un virus. Ignorando el temblor de sus manos, se sienta nuevamente y abre una nueva pestaña en el navegador.
– Algoritmos –masculla, mientras teclea con saña– Tiene que haber una explicación lógica.
Busca términos como “alertas de búsqueda por palabras clave”, “monitorización de archivos históricos” y “rastreo de IP`s en servidores privados”.
Como hombre del siglo XXI, sabe que la privacidad es un mito.
Entonces, cuando termina la búsqueda en la red, lee sobre cómo ciertas instituciones, fundaciones privadas o incluso agencias de seguridad configuran "alertas de bandera" (red flags).
Si alguien accede a un documento digitalizado que ha estado latente durante décadas, el servidor puede enviar un aviso automático a los administradores.
– Eso es... - dice para sí mismo, sintiendo un alivio amargo– Los Velasco, o quien quiera que gestione su legado, deben tener una alerta activa para el término “mercancía sagrada” o “Libro de las Guardias”. Al entrar en ese archivo de Bilbao, he activado una alarma silenciosa.
Se convence de que el mensaje no es magia, sino ingeniería. Algún "conservador de silencios" moderno, un informático a sueldo de alguna vieja estirpe cántabra, ha visto que alguien desde una IP de Santander estaba hurgando donde no debía y ha lanzado un aviso automático para asustarle.
– Quieren que pare porque me estoy acercando a algo real –concluye, apoyando la espalda en el respaldo de la silla.
Sin embargo, a pesar de la explicación lógica, el desasosiego no desaparece.
Una cosa es que un servidor detecte su búsqueda, y otra muy distinta es que tengan su número de móvil personal vinculado a su dirección IP en cuestión de segundos.
Eso requiere un nivel de intrusión que va más allá de un simple programa de seguridad.
Mira el cursor parpadeando en su documento de Word. El mensaje dice que no remueva “las arenas del tiempo”.
– Pues va a ser que las arenas están más vivas de lo que pensabais –desafía en voz baja.
En lugar de apagar el equipo, decide hacer algo puramente mundano para reafirmar su control: se levanta, va a la cocina y, con una calma forzada, se sirve un vaso de agua fría. Bebe despacio, escuchando el zumbido de la nevera, intentando que el latido de su corazón se acompase al ritmo de la casa.
Álvaro esboza una sonrisa amarga, una mueca de cazador que acaba de descubrir que el bosque tiene trampas.
Si el enemigo usa la tecnología para vigilar, él la usará para desaparecer .
Su faceta de escritor de suspense no es solo teórica; para sus anteriores novelas ha tenido que aprender cómo se mueven los que no quieren ser encontrados.
Regresa al escritorio con una determinación fría. No apaga el monitor. Al contrario, empieza a ejecutar un protocolo que conoce bien.
– ¿Queréis jugar a los espías? –murmura mientras sus dedos vuelan sobre el teclado– Muy bien. Vamos a apagar las luces.
Con movimientos precisos, activa una VPN de alta seguridad, que hace saltar su señal desde Santander a servidores en Suiza, luego a Islandia y finalmente a Malasia.
Enmascara su dirección IP y abre un navegador cifrado, una ventana al mundo donde los rastreadores automáticos se pierden en un laberinto de espejos digitales.
Pero no se detiene ahí; utiliza una máquina virtual para que cualquier “bandera roja” que salte se quede aislada en un entorno controlado que no pueda vincularse a su disco duro ni a su identidad .
Ahora se ha convertido en un fantasma digital navegando hacia el pasado.
– A ver quién rastrea esto ahora –dice, sintiendo un pequeño triunfo de adrenalina.
Bajo este nuevo escudo, vuelve a la carga.
Ya no busca solo el Libro de las Guardias.
Busca el nombre de los técnicos, de los historiadores o de los informáticos que podrían estar detrás de esa vigilancia.
Se adentra en los registros de la Fundación Velasco-Tovar, una entidad que, sobre el papel, se dedica a la restauración de retablos, pero que posee un entramado de seguridad privada impropio de una institución cultural.
Descubre que la fundación está vinculada a una empresa de "gestión de archivos sensibles". Álvaro siente que está tirando de un hilo que conecta los ataúdes de 1755 con una sala de servidores refrigerada en algún lugar de la meseta castellana.
Mientras investiga, algo mundano le devuelve a su habitación: el ventilador del portátil empieza a girar a toda potencia, un zumbido agudo que delata el esfuerzo del procesador por mantener todas las capas de seguridad activas.
El calor que desprende el aparato le calienta las manos.
De pronto, en la pantalla del navegador cifrado, aparece un documento que no estaba en el archivo público. Es un inventario de daños del naufragio de Castro, escrito a mano, pero escaneado en alta resolución. Al ampliar la imagen, se detiene en una anotación al margen:
“ La arqueta no se hundió. El peso del Libro la mantuvo anclada a la madera de sepulcro que fluye hacia el norte”.