CAPITULO IV #2
Suspirando, el Cachalote regresa a la mesa y se sienta.
Mira a su amigo con una mezcla de complicidad y fastidio, pero hay un brillo de advertencia en sus ojos.
El momento de la confesión sobre la “mercancía sagrada” se ha evaporado, pero la presencia de tía Carmen trae consigo otro tipo de información, una que fluye de forma natural entre el ruido del grifo y el olor a pescado fresco.
– Déjale en paz, que está trabajando en sus cosas– gruñe el Cachalote– Andaba preguntando por historias viejas de Castro, de esas que contaba abuelo.
La mujer se detiene un segundo, con un chicharro en la mano. Se gira hacia ellos, secándose las manos en el delantal.
– ¿Historias viejas? ¿De las del barco de los muertos?
–La mujer suelta una risita seca– No sé qué le veis de interesante a esas penas.
Madre siempre decía que a los Velasco los castigó Dios por querer traerse lo que no era suyo.
Recuerdo que bisabuela, que en paz descanse, conoció a una de las criadas de la casona...
También que después del naufragio, la señora de la casa no dormía, que se pasaba las noches escuchando el golpeteo de la madera contra la ventana, como si alguien quisiera entrar a devolverle un encargo .
Álvaro siente que el corazón le da un vuelco. Ahí está otra vez. Lo mundano conectando con lo imposible de la forma más casual.
– ¿Qué encargo, Carmen? –pregunta, inclinándose hacia delante, olvidándose por completo del camión del hielo.
– ¡Qué sé yo! –responde ella, volviendo a su tarea- Cosas de ricos y de santos. Decían que el barco no traía solo huesos de soldados, sino algo que pesaba más que el oro y que el mar no quería soltar. Pero mira, Jose, este pescado está fresquísimo, lo voy a dejar adobado para almorzar.
Esa comida en el Barrio Pesquero es el ancla perfecta.
De repente se ve rodeado de una normalidad casi aplastante: el sonido de los cubiertos contra el plato, el sabor del chicharro adobado y Carmen hablando de lo caro que está el aceite en el mercado.
Es una escena tan cotidiana que, por momentos, logra convencerse de que Don Julián de la Torre fue solo un espejismo de biblioteca .
Sin embargo, cuando intenta desviar la conversación hacia el naufragio, la anciana le corta en seco con una de esas sentencias de vieja estirpe marinera:
– Come, muchacho, y deja a los muertos que se arreglen entre ellos. Remover esas aguas solo trae hambre y mala suerte. No seas cabezota, que la curiosidad llenó los cementerios antes que la peste.
En ese momento entiende que no sacará nada más. Existe una frontera de silencio que esa familia no va a cruzar.
Tras la comida, el atardecer empieza a teñir de naranja los mástiles de la dársena.
Álvaro se despide con un abrazo contenido y camina hacia su coche.
Siente el cuerpo pesado, pero la mente algo más serena.
La "normalidad" del Barrio Pesquero ha funcionado como un bálsamo temporal.
Conduce de vuelta hacia el barrio y, como cada tarde, cumple con su ritual sagrado: el paseo al atardecer hasta el Bar de Amador.
Es la hora azul de Santander. El viento ha amainado y la ciudad huele a asfalto mojado y a salitre suave.
Al entrar en el bar, el sonido de la televisión de fondo, el murmullo de los clientes habituales discutiendo sobre el Racing y el golpeteo de las fichas de dominó en la mesa del fondo le devuelven esa sensación de ser solo un ciudadano más, un hombre que pasea y observa.
- Lo de siempre, ¿no, Rivas? - le pregunta el viejo camarero mientras limpia la barra con un paño blanco.
Asiente con una media sonrisa. Se apoya en la barra, mira el reflejo de las botellas en el espejo y, por un segundo, se permite creer que el Navío de los Ausentes es solo un buen título para una saga de ficción.
Termina su consumición en el Bar de Amador dejándose acunar por el ruido blanco de las conversaciones ajenas. Paga, se despide con un gesto distraído y camina de vuelta a su apartamento en Castilla-Hermida.
El aire de la tarde es fresco y limpio, una tregua necesaria tras el peso asfixiante del archivo y las advertencias del Cachalote .
Al entrar en casa, el silencio ya no le parece una amenaza, sino un lienzo en blanco.
Realiza sus gestos nocturnos con una lentitud deliberada, buscando en la rutina una forma de recuperar el control sobre su vida.
Se mete en la ducha dejando que el agua caliente le golpee la nuca, tratando de imaginar que el vapor se lleva consigo el olor a salitre antiguo y la mirada gélida de Don Julián de la Torre.
Sale del baño, enfundándose en su ropa más cómoda, prepara una infusión, evitando el café que tanto le alteró la noche anterior.
Finalmente, vuelve a sentarse frente al ordenador.
El dispositivo emite un leve zumbido al encenderse.
Observa el escritorio, con el icono del documento de “Historias del Mar” esperando en el centro de la pantalla.
Sus dedos tamborilean sobre la madera de la mesa, pero no se atreve a pulsar el ratón.
Está en el epicentro de una duda atroz.
Su mente pragmática, reforzada por el almuerzo con la tía Carmen y el paseo por Santander, le susurra que lo más sensato sería cambiar el rumbo .
Podría transformar la novela en un thriller de contrabando histórico, omitir las leyendas, borrar las menciones al Navío de los Ausentes y convertir el mástil negro en una simple alucinación de su protagonista.
También, y sería una apuesta segura, podría salvarse a sí mismo simplemente cambiando las palabras. Sin embargo, se acuerda de los ojos de Eufrasia Torres en el fondo del mar de su sueño.
… Si tú callas, ellos nunca habrán existido…
Se queda ahí, inmóvil, con la luz del monitor bañándole el rostro en la penumbra del salón. Como escritor, tiene el poder de crear y el poder de borrar, pero por primera vez en su carrera, Álvaro Rivas entiende que el teclado no es una herramienta, sino un contrato.
¿Seguir adelante y arriesgarse a que el golpeteo en la ventana vuelva a sonar, o dar media vuelta y traicionar la memoria de los que el mar escupió en el siglo XVIII?