CAPITULO IV
EL REFUGIO EN LAS REDE S
Á lvaro detiene el coche cerca de la dársena del Barrio Pesquero.
Al bajar, el aire le golpea con una bofetada de realidad: el griterío de las gaviotas sobre los barcos que regresan de faenar y el traqueteo de los carritos de pescado son sonidos mundanos que, por un momento, logran acallar el eco de la campana en su cabeza.
Sin embargo, camina con los hombros tensos, mirando de reojo cada figura que viste de gris.
Llega al portal de José Luis. Es un edificio modesto, de esos donde todos los vecinos se conocen por el nombre.
Sube las escaleras de dos en dos hasta el segundo piso.
Antes de que pueda llamar, la puerta se abre.
El Cachalote aparece en el umbral; no lleva su gorra de capitán, y bajo la luz del pasillo, su rostro parece aún más surcado por las preocupaciones que esta tarde en el paseo.
– Pasa, pasa rápido –dice el viejo, haciéndose a un lado y cerrando la puerta con dos vueltas de llave.
El apartamento huele a tabaco de pipa, café recalentado y a algo que Álvaro solo puede describir como "mar vieja". Sus paredes están cubiertas de fotografías amarillentas de tripulaciones, barómetros de latón y redes de pesca convertidas en adornos de pared. Es un búnker de recuerdos marineros.
El Cachalote señala una mesa de madera robusta en la cocina, donde ya espera una botella de orujo y dos vasos pequeños.
No hay preámbulos. De alguna manera, como si algo se lo cantara en los huesos, sabe que, si su amigo ha aparecido así, es porque el agua ya le llega al cuello.
– Te he visto por la ventana. Traes la misma cara que trajo mi hermano la noche antes de que el Nuevo Amanecer se fuera al fondo –gruñe mientras sirve el líquido transparente– Habla de una vez. ¿Qué te ha pasado?
El escritor aprieta el vaso con ambas manos, buscando el calor del vidrio.
Mira a su amigo y, por primera vez, deja que toda la historia salga de golpe: el fletamento secreto de los Velasco, el origen del barco hecho de madera de féretro, la pesadilla con Eufrasia Torres y, finalmente, el encuentro con Don Julián de la Torre .
Cuando termina de contar que el hombre que le habló en el archivo murió en 1954, José Luis no ríe.
No dice que está loco. Simplemente deja la botella sobre la mesa con un golpe seco y se santigua, esta vez con una lentitud solemne.
Después exhala un suspiro pesado, de esos que parecen arrastrar arena del fondo.
Levantándose de la silla, sin decir palabra, se dirige a un pequeño hornillo.
Con movimientos lentos y precisos, pone a calentar un cazo con leche.
El sonido del metal chocando y el siseo del fuego son reconfortantes, casi ordinarios.
– Bebe eso –dice señalando el orujo– No es para emborracharse, es para que la sangre recuerde que tiene que circular.
Sin pensarlo dos veces obedece.
El líquido le quema la garganta arrancándole un escalofrío, pero surte efecto: el temblor de sus manos empieza a remitir.
Observa la cocina de su amigo: un calendario de una cofradía de pescadores de hace dos años, una ristra de ajos colgada de un clavo y una radio vieja que emite un zumbido apenas audible.
Es un escenario tan normal que hace que la historia del archivero muerto parezca, por un momento, como una alucinación lejana.
José Luis regresa a la mesa con dos tazas de barro desconchadas llenas de un café oscuro y espeso. Se sienta con un quejido de sus rodillas y envuelve la taza con sus manos nudosas.
– Aquí en el barrio –comienza el viejo, mirando el vapor que sube del café– cuando las cosas no tienen sentido, no buscamos explicaciones en los libros.
Buscamos el equilibrio. Tú has removido algo.
Algo que estaba quieto. No me hace falta saber de archivos para ver que traes el frío de Don Julián pegado a la gabardina.
Se hace un silencio largo, solo interrumpido por el paso de un camión de reparto en la calle de abajo y el grito de una vecina llamando a alguien desde un balcón.
Álvaro da un sorbo al café; está fuerte, amargo, pero le devuelve el sentido de la realidad.
- ¿Lo conocías? - pregunta, recuperando por fin el tono de voz - ¿Sabías quién era ese hombre del archivo?
El viejo marinero se encoge de hombros, como restándole importancia con un gesto puramente mundano.
– He oído historias, como todo el mundo en el puerto.
Dicen que ese hombre amaba más sus papeles que a la luz del sol.
Pero deja eso ahora. Estás aquí, estás seco y estás vivo.
Come un poco de este bizcocho que me trajo ayer la sobrina.
Si vas a enfrentarte a lo que viene, no puedes hacerlo con el estómago vacío de un escritor asustado.
No sin cierta desgana, muerde el bizcocho.
Está seco, sabe a limón y a hogar, un sabor que choca violentamente con el rastro de salitre que aún cree notar en su lengua.
Bebe el café, que está tan caliente que le obliga a centrarse en el dolor físico de la lengua quemada, alejando por un instante la imagen de la foto en blanco y negro del archivo .
El cachalote lo observa comer en silencio, con la paciencia de quien ha esperado días a que amaine una galerna. No existe la prisa. Se limita a limpiar una mancha de café de la mesa con un paño de cocina raído.
– Está bueno –logra decir, y su propia voz, hablando de algo tan banal como un dulce, le devuelve un poco de cordura– gracias, Selu.
– La comida asienta el alma, muchacho –responde, soltando un gruñido que pretende ser amable– Ahora que parece que tus ojos han vuelto a su sitio y no están mirando al más allá, escucha lo que te voy a decir.
Apoyando los antebrazos sobre el hule de la mesa, el viejo se inclina hacia adelante. El ambiente mundano sigue ahí, pero el tono de su voz empieza a cambiar, volviéndose más bajo, más serio.
– Dices que Don Julián te habló de los Velasco y de lo que traían de Lisboa. Ese hombre, en vida, fue un guardián. Y por lo que cuentas, sigue siéndolo. Si se te ha aparecido es porque cree que eres un peligro... o porque cree que eres la solución .
Álvaro deja el trozo de bizcocho a medio terminar. La calma del café empieza a ser invadida de nuevo por la sombra.
– Me dijo que no era una novela lo que estaba escribiendo, sino que estaba reabriendo una tumba –dice, mirando a su amigo a los ojos– Y mencionó que yo no tengo lo que el barco reclama. ¿A qué se refería, Selu? ¿Qué es esa “mercancía sagrada” de la que hablaban los papeles?
De repente, el sonido de tres golpes secos contra la madera de la puerta del pasillo corta el aire como un hachazo.
Toc… Toc… Toc…
Sobresaltado, el escritor da un respingo tan violento que su taza de barro castañea contra el plato.
El café se derrama, formando un pequeño charco oscuro sobre el hule de la mesa.
Sus ojos se clavan en la puerta del salón, esperando ver cómo la madera de ataúd del siglo XVIII se materializa en el pasillo de una casa de vecinos del Barrio Pesquero .
José Luis, en cambio, no se mueve. Se queda con la taza a medio camino de los labios, entornando los ojos. Su calma es exasperante.
– ¿Esperas a alguien? –susurra Álvaro, con el corazón galopando de nuevo.
– A nadie que llame con esa prisa –responde el Cachalote, dejando la taza con una lentitud deliberada.
El viejo se levanta. Sus articulaciones crujen, un sonido cotidiano que al hombre de mundo le parece el preludio de un desastre.
Camina hacia la entrada, arrastrando las zapatillas por el pasillo mientras su amigo lo sigue con la mirada, paralizado en la silla de la cocina, con el trozo de bizcocho desmenuzado entre los dedos.
Después echa una visual furtiva por la mirilla. Se queda allí un segundo eterno. Álvaro ve cómo los hombros del viejo se relajan un poco, pero no del todo.
– ¿Quién es? –pregunta desde la cocina, sin atreverse a levantar la voz.
El marinero no responde. Abre la puerta.
– ¡Pero bueno, zagala! ¿A qué vienen estos golpes? Casi me tiras el tabique abajo –se oye la voz del Cachalote, recuperando su tono brusco y cotidiano.
– ¡Ay, hermano, no seas exagerado! Traigo los recados de la pescadería y he visto luz. Además, tienes el coche de tu amigo el escritor mal aparcado, que casi no deja pasar al camión del reparto de hielo.
Aliviado, José Luis exhala todo el aire que tenía retenido.
Es tía Carmen, la hermana mayor del Cachalote, una mujer menuda que entra en la casa como un torbellino, cargada con una bolsa de red de la que asoma la cola de un par de chicharros y el olor inconfundible del mercado.
Ignorando el ambiente de funeral que había hace un minuto, entra en la cocina, mira a la visita, le dedica una sonrisa desdentada y apoya la bolsa en la encimera.
– Hola, muchacho. Tienes mala cara, parece que has visto a la Santa Compaña –dice mientras empieza a sacar el pescado
– Jose, ponle otra copa de orujo a este chico, que está más blanco que la panza de un lenguado.
Álvaro se queda mirando a la mujer, parpadeando, con la sensación de quien acaba de caer desde un décimo piso y ha aterrizado en un colchón de lana. La tensión que le atenazaba el cuello se disuelve en una mezcla de alivio y ridículo.
– Perdone, doña Carmen... –acierta a decir, limpiándose las migas de bizcocho de la comisura de los labios– Ahora mismo voy a moverlo, no sabía que molestaba.
– ¡Ni doña ni nada, rapaz! –La mujer ya está con las manos en el fregadero, limpiando las escamas del pescado con una destreza que hace que el cuchillo vuele– Si es que aparcáis como si la calle fuera vuestra. Jose, ¿le has dado de comer a este chico? Está en el chasis.