El peso de todas las olas CAPITULO III #4
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CAPITULO III #4

El olor rancio, que antes atribuía a la vejez del hombre, cobra ahora un sentido macabro: era el olor del tiempo detenido, del polvo de una tumba que se niega a cerrarse.

Sale del archivo casi corriendo, empujando la pesada puerta de roble que, tal y como dijo la mujer, emite un quejido agónico que resuena en todo el vestíbulo.

Ya en la calle, el aire frío de Santander le abofetea la cara. La lluvia ha parado, pero el cielo sigue siendo una mortaja gris que lo envuelve todo .

Luchando para que sus pulmones acepten oxígeno, se apoya en una farola, pero el sabor del salitre antiguo y el aroma a papel viejo siguen pegados a su paladar.

Camina hacia su coche con las piernas de trapo, ignorando el saludo confuso del vigilante que lo ve salir del archivo como si acabara de escapar de un incendio. Abre la puerta del vehículo y se desploma en el asiento del conductor, pero no arranca.

Se queda ahí, con las manos apretadas sobre el volante, esperando a que el temblor de sus dedos cese.

–        Tranquilo, Álvaro... respira -se ordena a sí mismo, llenando los pulmones con el aire viciado del habitáculo– Solo es cansancio. Solo son historias viejas.

Pero sabe que miente.

Las leyendas, esas que él creía confinadas a la bruma de Castro Urdiales y a las tabernas de mala muerte, han saltado del mar a la tierra firme.

Han entrado en los edificios públicos de Santander, se han sentado frente a él y le han hablado con la voz de un hombre que lleva setenta años bajo tierra .

Arranca el coche y enfila hacia su apartamento en el barrio de Castilla-Hermida.

El tráfico de Santander a mediodía es el entorno mundano que necesita para recuperar la cordura: el ruido de los motores, el claxon de un impaciente, el parpadeo de los semáforos. Sin embargo, su mente es un torbellino de fechas, nombres de nobles y el rostro de Don Julián de la Torre.

Va tan distraído, tan absorto en la imagen de esa fotografía en blanco y negro, que al llegar al cruce cerca de las Estaciones, no ve que el semáforo ha cambiado.

De repente, un estruendo de bocina le rasga los oídos.

Levanta la vista y se encuentra con la mole de un camión que se le viene encima por la izquierda.

El tiempo se ralentiza.

Ve la parrilla metálica del gigante, oye el chirrido de los frenos que queman el asfalto y siente el pánico puro explotando en su pecho .

Gira el volante con un movimiento violento, instintivo, mientras el corazón le da un vuelco que le deja sin aliento.

El camión pasa a milímetros de su aleta delantera, una ráfaga de aire y metal que sacude su coche como si fuera un juguete.

En el último instante consigue frenar en seco unos metros más adelante, en medio de la calzada.

El conductor del camión le grita algo desde la cabina, furioso, pero él no oye nada. Solo su propia respiración acelerada y el eco de una campana que, juraría, ha vuelto a sonar justo en el momento del impacto fallido.

Está vivo. Por poco, pero está vivo.

Álvaro se queda petrificado al volante, con las manos aferradas al cuero hasta que los nudillos se le vuelven blancos.

El camión se aleja soltando una última ráfaga de humo negro y un insulto que se pierde en el tráfico, pero él no reacciona.

Dentro del coche el silencio es espeso, casi sólido .

Conduce los últimos metros hasta su casa de forma automática, como un sonámbulo. Aparca el coche en una de las calles laterales de Castilla-Hermida, apaga el motor y se queda ahí, en la penumbra del habitáculo, escuchando el tictac del motor enfriándose.

La realidad le ha golpeado de frente: primero un muerto en el archivo y ahora un camión que casi lo saca de la carretera.

No es solo que la historia sea buena; es que es demasiado grande para un hombre solo con un portátil y una taza de café.

Se rinde ante la evidencia.

Necesita a alguien que hable el idioma de lo inexplicable, alguien cuyos pies no tiemblen cuando la bruma empieza a entrar en el salón de casa.

–        Solo no puedo, José Luis –murmura, y su voz suena pequeña en el interior del coche– Esto me viene grande.

Saca el móvil .

Sus dedos ya no tiemblan tanto, pero la resolución en su mirada es distinta. Ha dejado de ser el escritor que busca una trama para convertirse en el náufrago que implora una tabla de salvación.

Busca el contacto del Cachalote.

Sabe que el viejo marinero, con su piel curtida y su sabiduría de taberna y orujo, es el único que no le llamará loco cuando le cuente que ha estado charlando con un archivero que murió en 1954.

A fin de cuentas, si alguien sabe que, bajo la superficie del mar, y de la ciudad, corren corrientes que ningún mapa puede registrar, ese es José Luis.

Pulsa el botón de llamada.

El tono de espera suena largo, pausado, aumentando su ansiedad.

–        Escribidor ¿qué tripa se te ha roto? –la voz áspera y profunda del Cachalote responde al fin, acompañada de un ruido de fondo de gaviotas y viento .

Cierra los ojos y apoya la cabeza en el respaldo del asiento.

–        Selu, escúchame... tenemos que vernos. Ahora mismo. En tu casa, en el Barrio Pesquero. He encontrado algo que no puedo explicar... y creo que el barco no es lo único que me está siguiendo.

Necesita hablar, necesita compartir el peso de algo que ya es demasiado grande. Debe hacerlo para no convertirse en el huésped del camarote de un barco para el que no ha elegido pasaje.