CAPITULO III #3
El desconocido esboza una mueca que pretende ser una sonrisa, pero sus ojos permanecen muertos, como dos trozos de obsidiana.
No responde de inmediato.
Se toma su tiempo para sacar un pañuelo de tela y limpiarse una mota de polvo inexistente en la solapa de su traje gris.
– Mi nombre no importa en una historia donde los protagonistas ya están todos bajo el agua, Rivas - responde con ese tono de papel lijado– Digamos que soy un conservador de silencios.
Mi familia ha servido a los Velasco desde que los barcos se movían a remo.
Si sé lo que busca es porque su amigo, ese viejo al que llaman el Cachalote, habla demasiado cuando tiene un orujo delante.
Los secretos en los barrios pesqueros corren más rápido que la marea.
El hombre se inclina un poco más, reduciendo la distancia entre ambos hasta que el escritor puede oler algo rancio en él, un aroma que le recuerda vagamente a la humedad de los sótanos olvidados.
– Usted cree que está escribiendo una novela, una ficción para entretener a la gente de ciudad.
Pero lo que está haciendo es reabrir una tumba que se cerró con llave de plata.
Los Velasco no solo traían reliquias de Lisboa; traían una maldición que el mar se encargó de cobrar.
Si sigue tirando de este hilo, el Nuestra Señora de la Piedad no será solo una imagen en sus sueños
En ese momento siente un nudo en la garganta. La mención del Cachalote le inquieta. ¿Ha estado su amigo hablando de sus investigaciones? ¿O es que este hombre sabe mucho más de lo que admite?
– ¿Es una amenaza? –espeta Álvaro, cerrando el legajo con un golpe seco que resuena en la sala silenciosa.
– Es una advertencia de cortesía –replica el extraño, enderezándose– El barco busca a quien lo nombre, sí. Pero también busca a quien le devuelva lo que perdió en las rocas de Castro. Y créame, Rivas, usted no tiene lo que ellos reclaman.
Sin decir una palabra más, el hombre del traje gris se da la vuelta alejándose hacia la sección de incunables. Sus pasos no emiten sonido sobre el suelo de madera, como si no tuviera peso, como si fuera una sombra más proyectada por las estanterías.
Durante unos segundos se queda petrificado, con la mirada clavada en el pasillo vacío por el que se ha desvanecido el desconocido.
La racionalidad del escritor lucha contra la inquietud del hombre, pero la curiosidad, esa maldición que le ha traído hasta aquí, gana la partida.
Cierra el legajo de los Velasco con brusquedad y sale del rincón de investigación.
Recorre la sala de incunables, las estanterías de historia local y hasta la sección de prensa, pero el hombre del traje gris parece haberse disuelto en el aire cargado de polvo del archivo.
No hay rastro de él, ni del olor rancio que desprendía, ni del sonido de sus pasos inexistentes .
Con el corazón latiendo con fuerza contra las costillas, se dirige al mostrador de recepción.
La archivera, una mujer de mediana edad con gafas de lectura que apenas levanta la vista de su pantalla, lo observa con una mezcla de aburrimiento y rutina.
– Perdone –dice Álvaro, tratando de que su voz no tiemble– El hombre que estaba sentado frente a mí hace un momento... el del traje gris. ¿Sabe si ha salido ya? Necesito comentarle algo sobre el legajo que estábamos consultando.
La mujer deja de teclear y lo mira con extrañeza.
Se ajusta las gafas y escruta el pasillo que Álvaro señala.
– ¿Qué hombre, señor Rivas? –pregunta ella, con un tono neutro– Usted lleva sentado solo en esa mesa las últimas dos horas.
De repente nota como si un chorro de agua helada le recorriera la columna.
– No, no... un hombre mayor, con un traje gris pasado de moda. Estaba justo delante de mí. Hablamos durante varios minutos- insiste, apoyando las manos en el mostrador– Es imposible que no lo viera pasar por aquí para salir.
La archivera intercambia una mirada rápida con un vigilante que está cerca y vuelve a mirarle, esta vez con una pizca de preocupación.
– Señor, por aquí no ha pasado nadie en la última hora.
Además –añade, señalando una cámara de seguridad que apunta directamente a la zona de investigación– para acceder a esa sección hay que registrarse y dejar el DNI.
En el registro de hoy solo figura usted.
Nadie más ha solicitado los protocolos notariales del siglo XVIII en todo el día.
Retrocede un paso, sintiendo que el suelo del archivo empieza a ondularse bajo sus pies.
– Pero él conocía al Cachalote... sabía mi nombre... –murmura, más para sí mismo que para la mujer.
– No sé qué decirle –zanja ella, volviendo a sus papeles– Quizá el cansancio de la investigación le ha jugado una mala pasada. El aire aquí abajo es muy viciado, ya sabe.
Álvaro nota como le zumban en los oídos, un pitido agudo que parece nacer del mismo silencio del archivo. El pragmatismo, su escudo de toda la vida, se está agrietando de forma irreversible.
– Es imposible –insiste, bajando la voz, pero con una urgencia que roza la desesperación– Era un hombre real.
Hablaba de los Velasco, de Lisboa, del puerto de Castro...
me ha dado detalles que solo alguien que conozca esos documentos podría saber.
¿No será algún archivero jubilado, alguien que tenga llave o trabaje aquí en los sótanos?
La mujer suspira, deja el bolígrafo sobre la mesa y mirándolo con una mezcla de lástima y firmeza. Se inclina hacia delante, como quien explica algo obvio a un niño que se niega a entender.
– Señor Rivas, escúcheme bien. Hoy es lunes.
Los lunes por la mañana somos solo nosotros.
El vigilante y yo hemos estado aquí sentados desde las ocho.
Esa puerta –señala la pesada hoja de roble que sirve de entrada– hace un ruido espantoso cada vez que alguien la empuja.
Nadie ha entrado. Nadie ha salido. Aparte de usted, hoy este archivo es un desierto.
El vello de sus brazos se eriza bajo la chaqueta. El olor rancio, ese aroma a humedad y madera vieja que desprendía el desconocido, todavía parece flotar en sus fosas nasales, desafiando las palabras de la mujer.
– Pero estaba ahí... –balbucea, señalando la mesa vacía al fondo de la sala.
– No había nadie –sentencia la archivera, volviendo a su monitor– Solo estaba usted, hablando solo o susurrando para sus adentros. Pensé que era uno de esos escritores que ensayan los diálogos de sus novelas en voz alta. Pasa más a menudo de lo que cree.
Álvaro retrocede, chocando con una estantería.
El corazón le late con tanta fuerza que teme que la mujer pueda oírlo.
En ese momento, sintiendo que el suelo se convierte en agua bajo sus pies, tras retroceder y chocar contra la madera de la estantería, su vista , nublada por la confusión, se clava en la pared que queda justo detrás del mostrador de recepción.
Es un panel de madera noble donde descansan, enmarcadas con sobriedad, las fotografías de quienes han dedicado su vida a custodiar esos legajos.
Expuesta, una hilera de rostros serios, una cronología de miradas fijas que atraviesan las décadas. Hay fotos en color, nítidas y modernas, pero a medida que la vista viaja hacia la izquierda, las imágenes se vuelven sepia, gastadas por el tiempo.
El corazón le da un vuelco tan violento que siente un pinchazo en el pecho.
Allí, en una de las fotografías en blanco y negro, con el papel amarillento por los bordes, pero con la mirada intacta, está ese hombre, con ese traje gris de solapas anchas, esa misma nariz afilada como el canto de un libro y esos ojos negros que parecen observarle desde el otro lado de la muerte
– ¡Es él! –exclama, señalando con el dedo tembloroso el cuadro– ¡Es el hombre que estaba sentado conmigo!
Girándose lentamente, la archivera sigue la dirección del dedo de Álvaro y, al ver la foto que señala, se le escapa un suspiro que suena a escalofrío. Después se ajusta las gafas, mira la imagen y luego vuelve a mirarlo con una palidez que ahora compite con la de él.
– Señor Rivas... –la voz de la mujer es ahora un hilo apenas audible– Eso es imposible.
– ¿Por qué es imposible? –insiste acercándose al mostrador hasta casi tocar el panel– Es él, se lo aseguro. Me ha hablado de los Velasco, del puerto de Lisboa... ¡Es el hombre del traje gris!
La mujer traga saliva y, con una mano que empieza a temblar, señala la pequeña placa de latón que hay bajo la fotografía.
– Ese es Don Julián de la Torre –dice ella, con la voz quebrada por el miedo– Fue el archivero principal de esta casa durante cuarenta años.
Pero Don Julián murió en 1954, señor Rivas.
Precisamente mientras ordenaba los protocolos notariales del siglo XVIII.
Dicen que lo encontraron muerto sobre esos mismos legajos que usted está consultando ahora.
En fracciones de segundos nota como el aire del archivo se convierte en plomo. Sus dedos, que aún señalan la fotografía en blanco y negro, empiezan a vibrar. La fecha grabada en el latón, 1954, brilla bajo el fluorescente de la recepción como una sentencia.
– Murió... hace setenta años –repite, y su voz no parece suya, sino un eco lejano que viene de las profundidades del sótano.
La archivera no responde.
Se ha quedado lívida, mirando alternativamente la foto y el asiento vacío donde aquel desconocido asegura haber estado charlando con un muerto.
El vigilante se acerca, atraído por el tono de voz de Álvaro, pero al ver la escena, se detiene a tres metros, santiguándose con la misma rapidez mecánica con la que lo hacía el Cachalote.
– Es él –insiste Álvaro, aunque ahora lo dice para sí mismo, intentando no perder la cordura– Llevaba ese mismo traje. Me dijo que era un conservador de silencios. Me advirtió que no tocara las cenizas de los Velasco.
Recoge su cuaderno y el abrigo con movimientos torpes, tropezando con sus propios pies.
No puede estar allí ni un segundo más.