El peso de todas las olas CAPITULO III #2
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CAPITULO III #2

Empieza el ritual de la cafetera italiana. Es un sonido que le devuelve la cordura: el desenroscar del metal, el siseo del agua llenando el depósito y el golpe seco de la cuchara nivelando el café molido. Cuando finalmente enciende el fuego, permanece allí, de pie, esperando .

Poco después, el aroma a café empieza a inundar la cocina.

Es una fragancia robusta, tostada, un olor que no tiene nada que ver con el abismo.

Cuando la cafetera empieza a borbotear, ese sonido familiar y doméstico, parece terminar de expulsar los gritos del capitán y los susurros de Eufrasia Torres hacia los rincones oscuros de su memoria.

Se sirve una taza grande, sin azúcar ni leche. El calor de la porcelana contra sus palmas es el mejor recordatorio de que sigue en el mundo de los vivos. Da un primer sorbo, largo y abrasador, sintiendo cómo el líquido negro le recorre la garganta despertándole el sistema nervioso.

–        Café –murmura, y su voz ya no suena ronca, sino firme– Solo es café. Y yo soy solo un hombre en su cocina.

Apoyado contra la encimera, mirando cómo la ciudad de Santander se despereza bajo una lluvia ahora más fina, empieza a notar como recupera el control .

La pesadilla comienza a perder su nitidez, convirtiéndose en eso que él tanto defendía: material literario.

Sin embargo, al dar el último trago, su mirada vuelve inevitablemente hacia el pasillo, hacia la luz azul que sigue brillando en el despacho. Sabe que, por mucho café que tome, la deuda con Eufrasia y con los soldados del convoy sigue pendiente sobre su escritorio.

Deja la taza vacía en la encimera.

El calor del café ha hecho su trabajo, pero el desasosiego que nota continua allí, como un sedimento en el fondo de su estómago. Sabe que no puede seguir escribiendo solo con lo que ha soñado o con fragmentos de blogs anónimos.

Un escritor que se precie necesita cimientos.

Regresa al despacho. El portátil sigue ahí, esperándolo. Tras abrir la tapa del todo, comprueba con un escalofrío que el documento está en blanco, justo donde lo dejó antes de la pesadilla, pero la sensación de urgencia ha crecido.

–        Si Eufrasia dice que debo nombrarlos, tengo que saber quiénes eran –se dice a sí mismo.

Cómodamente sentado empieza a buscar de forma metódica.

Ya no se conforma con leyendas. Se sumerge en el Archivo General de Marina y en los índices de la Casa de Contratación.

Busca el nombre que escuchó en su sueño, ese que el Capitán gritaba entre el fragor de las olas: Nuestra Señora de la Piedad.

Para su sorpresa, la búsqueda oficial en los registros de la Flota de Indias de 1755 no arroja ningún resultado positivo bajo ese nombre exacto para un buque militar de ese calado.

Es como si el barco no hubiera existido nunca para la Corona.

–        No puede ser –murmura, frotándose las sienes - yo lo he visto en sueños... el nombre tiene que estar en alguna parte.

Prueba con variantes: La Piedad, Nuestra Señora de los Dolores, El Mercante de las Ánimas... nada .

Justo cuando está a punto de rendirse, decide buscar por la fecha exacta de la Galerna de los Ataúdes y el puerto de salida.

Tras una hora de búsqueda infructuosa, aparece un enlace a un foro de historiadores navales de Cantabria. En un hilo enterrado sobre "Barcos no registrados del siglo XVIII", encuentra una referencia que le corta la respiración:

"Existen menciones en crónicas locales a un 'navío negro' que acompañaba al convoy de 1755.

No figuraba en las listas de la Armada porque se decía que era un buque de fletamento privado, contratado bajo mano por familias nobles para repatriar a sus caídos fuera del control militar.

En los cuadernos de bitácora de los otros barcos, se referían a él como 'El Piedad', pero advertían que su carga era tan pesada que apenas mantenía la línea de flotación... "

Álvaro siente que ha dado con la veta de oro.

No era un barco de guerra, era un barco funerario privado. Un panteón flotante que operaba en las sombras de la legalidad .

Cierra el portátil con un movimiento decidido, sabedor de que no encontrará nada más en la red, que el algoritmo de Google no llegará a sótanos de información en los que se pudren legajos del siglo XVIII.

Necesita tocar papel, oler el polvo de los archivos y ver las firmas de quienes condenaron a esos hombres al olvido.

Eligiendo ropa cómoda, pero abrigada, se viste con rapidez.

Santander ha despertado con un aire húmedo que parece calar hasta el alma.

Antes de salir, echa un vistazo a su despacho.

La luz azul de la pantalla ha desaparecido, pero el silencio de la estancia le parece ahora cargado de una expectativa casi eléctrica.

–        Si es un barco de nobles, sus nombres estarán en las piedras de este puerto –se dice a sí mismo mientras recoge las llaves.

Su destino es la Biblioteca Central de Cantabria, o mejor aún, el Archivo Histórico Provincial.

Si hubo un fletamento privado en 1755 para repatriar cuerpos desde el norte, tuvo que haber contratos, pagos a carpinteros de ribera y, sobre todo, permisos de sanidad para entrar con restos humanos en el puerto de Castro Urdiales.

Mientras conduce hacia el archivo va dando vueltas a esa idea: ¿quién tenía tanto poder y tanto dinero para fletar una fragata entera solo para traer ataúdes?

Y lo más importante, ¿qué más había en esos féretros para que el barco pesara tanto que apenas mantenía la línea de flotación, como decía la crónica?

Al llegar al archivo, el olor a papel viejo y cera lo recibe como un bálsamo de realidad. Se identifica solicitando acceso a la sección de Comercio Marítimo y Protocolos Notariales del siglo XVIII.

Tras un par de horas de espera y de rebuscar entre legajos atados con hilos que parecen romperse con solo mirarlos, siente un latigazo de adrenalina.

Frente a él, un documento con el sello de una antigua notaría de Santander detalla un pago extraordinario realizado en octubre de 1755 por la familia Velasco y Tovar, una de las más influyentes de la época. El concepto del pago :

Fletamento del navío Nuestra Señora de la Piedad para el transporte de “mercancía sagrada'”y restos de linaje desde el puerto de Dunquerque hasta la costa de Cantabria .

Con curiosidad y reverencia pasa el dedo por la expresión “mercancía sagrada”. Suena a algo más que soldados muertos. Suena a algo que no querían que los inspectores de la Corona revisaran. Al final del documento, una nota marginal escrita con una tinta más oscura dice:

El navío no debe atracar en muelle público. La descarga se hará bajo la bruma, en la zona de los acantilados, lejos de ojos curiosos.

Álvaro entrecierra los ojos frente al legajo, frunciendo el ceño.

Algo no encaja.

El documento que tenía ante sí hablaba de Dunquerque, pero la leyenda que el Cachalote le había narrado y sus propias investigaciones previas situaban el origen del navío en las costas de Portugal, justo después de que el gran cataclismo de Lisboa hundiera el mundo conocido.

Revisa de nuevo la firma del notario y la fecha. Entonces lo entiende todo.

–        No fue un error –susurra para sí mismo– Fue una escala. O una mentira.

Empieza a pasar las hojas con frenesí hasta que encuentra un segundo pliego, mucho más gastado y con restos de cera roja.

Es una hoja de ruta secreta.

En ella se detalla que el Nuestra Señora de la Piedad había zarpado originalmente de Lisboa, cargado con los restos de los oficiales de los Velasco que custodiaban la frontera lusa.

Pero, tras el terremoto y el posterior maremoto, el caos fue tal que el barco desapareció de los registros oficiales en el Tajo.

El documento de Dunquerque que había visto primero era solo una tapadera, un fletamento falso para justificar la aparición del barco meses después en el Cantábrico, como si viniera del norte, cuando en realidad venía del sur, de las ruinas humeantes de Portugal.

Los Velasco habían sobornado a los notarios para ocultar que su barco había estado en Lisboa durante el desastre.

–         ¿Qué sacaron de Lisboa que necesitara tanto secreto? –se pregunta.

Fue entonces cuando la sombra se proyectó sobre el documento.

Álvaro levanta la vista para encontrarse con aquel hombre del traje gris, cuya presencia parece haber enfriado el aire de la biblioteca.

–        Usted es rápido, señor –dice el desconocido, con esa voz que suena a madera seca– Se ha dado cuenta del engaño del puerto francés.

Los Velasco no traían solo soldados. Traían lo que rescataron de las iglesias derruidas de Lisboa antes de que el fuego lo consumiera todo.

Mercancía que el Rey de Portugal nunca habría dejado salir de sus fronteras.

Por eso el barco no tiene nombre oficial.

Por eso el mástil es de madera de cementerio.

Aquel hombre se inclina un poco más, apoyando unas manos nudosas sobre la mesa.

–        El naufragio en Castro no fue ocasionado del todo por la galerna, muchacho. Fue porque el peso de lo robado era demasiado para una madera bendecida por la muerte.

Álvaro siente que el pulso se le acelera en las sienes.

El aire viciado del archivo, cargado de polvo y siglos, parece vibrar con la revelación de este desconocido.

La lógica de los hechos empieza a encajar con una precisión quirúrgica: el caos de Lisboa, el saqueo bajo las llamas, el barco fantasma que nunca existió para la Corona y esa madera de cementerio que ahora parece buscar su propio descanso.

Entorna los ojos, sin apartar la vista de esas manos nudosas que presionan el legajo de los Velasco. El pragmatismo que le define lucha por salir a flote, pero el desasosiego que arrastra desde la noche anterior le obliga a ser directo.

–        ¿Quién es usted? –pregunta con voz firme, aunque el frío del hombre parece filtrarse por la mesa– Y más importante aún: ¿cómo sabe lo que buscaba y qué relación tiene con una familia que, según los libros, desapareció hace décadas?