CAPITULO III
EL CAMAROTE DEL DURMIENT E
Á lvaro ya no está en su sofá.
El parpadeo del televisor se ha convertido en el resplandor violento de los rayos que desgarran un cielo de color azabache.
El frío que siente ahora no es una corriente de aire de una ventana abierta; es el frío líquido del Cantábrico que golpea sus costillas y le roba el aliento.
Se encuentra en el corazón de la cubierta del “Nuestra Señora de la Piedad”, el navío insignia del convoy.
El suelo se inclina bajo sus pies con una violencia que lo lanza contra la borda.
A su alrededor, el mundo es un caos de lona rasgada, agua espumosa y el olor penetrante del roble empapado y la pólvora húmeda.
– ¡Arriad el trinquete! ¡A las drizas, malnacidos, u os colgaré de las vergas antes de que el mar lo haga! –el grito surge de la penumbra, rompiendo el estruendo de la galerna.
En ese momento se gira y ve al Capitán. Es un hombre de rostro curtido, con una cicatriz que le cruza la mejilla y unos ojos inyectados en sangre que parecen desafiar al mismo Dios. Sujeta el timón con una fuerza sobrehumana mientras el barco gime bajo la presión del oleaje.
– ¡Don Pedro! ¡Llevad a cuatro hombres al pozo de bombas! –brama el Capitán hacia un oficial que apenas se mantiene en pie– ¡Si el agua llega a la carga, estaremos condenados! ¡No podemos permitir que el Nuestra Señora de la Piedad se hunda con esa carga en sus entrañas!
– ¡Mi Capitán, es inútil! –responde el oficial entre gritos– ¡Los ataúdes están sueltos en la bodega! ¡Están triturando el casco desde dentro!
– ¡Malditos seáis todos! ¡Aferrad lo que podáis! ¡Viren a estribor! ¡Hay que alcanzar el resguardo de la bahía!
Se ha convertido en un espectador invisible en mitad de la carnicería. Ve cómo un golpe de mar barre a tres marineros que intentaban asegurar un cabo; desaparecen en la oscuridad sin tiempo ni siquiera para gritar. El Capitán vuelve a rugir, su voz es un trueno que compite con el cielo:
– ¡No nos hundiremos con esta carga de muertos! ¡Mantened el rumbo hacia Castro! ¡Venga, hijos de perra, remad con el alma si no tenéis brazos!
Pero ya es demasiado tarde.
El crujido que sigue no es el del viento contra las velas, sino el de la quilla abriéndose paso contra los dientes de piedra de la costa.
Álvaro mira hacia allí.
A lo lejos, se distinguen las luces débiles de Castro Urdiales, un refugio que sabe que nunca alcanzarán.
El barco cruje en un lamento final mientras la quilla impacta contra las rocas.
En ese instante de impacto, en el que el tiempo parece detenerse, ve cómo los ataúdes salen despedidos al agua, flotando como boyas negras en mitad de la espuma.
Uno de esos féretros pasa flotando a su lado, rozando casi sus dedos invisibles. En la tapa, grabada con una caligrafía que le resulta dolorosamente familiar, aparece un nombre.
No es el de un soldado del siglo XVIII .
Es el suyo: ÁLVARO RIVAS.
El impacto contra las rocas no es el final, sino el comienzo de un descenso silencioso. En el momento en que la madera del navío se quiebra nota coma la gravedad lo reclama.
El estruendo de los gritos del Capitán y el rugido de la galerna se apagan de golpe, sustituidos por un borboteo denso y un silencio líquido que lo envuelve todo.
Se hunde lenta y pesadamente.
El frío del Cantábrico no es una temperatura, es una garra que le comprime el pecho, que le expulsa el aire de los pulmones en una última exhalación de burbujas plateadas que ascienden hacia una superficie que ya no existe.
Luchando por su propia vida intenta bracear, pero las extremidades le pesan como el plomo. Sus ojos, abiertos bajo el agua salada, ven cómo la silueta del ataúd con su nombre grabado se aleja hacia la luz mortecina de arriba, mientras él cae hacia la negrura absoluta del lecho marino .
Entonces llega el espasmo.
El instinto de supervivencia, ciego y brutal, obliga a su garganta a abrirse; nota cómo el agua, helada y amarga por la sal, entra en sus pulmones con una violencia abrasadora.
No es líquido, es fuego que le desgarra el pecho por dentro. La sensación de ahogo es total: un muro de presión que le aplasta las costillas y una punzada eléctrica en el cerebro que le grita que el final ha llegado.
El mundo se vuelve rojo, luego gris, y finalmente negro. El último pensamiento que cruza su mente antes de que el agua termine de reclamar su consciencia es el tacto de una mano fría, una mano hecha de madera y algas, que lo sujeta por el tobillo para asegurar que no regrese a la superficie.
Ya no lucha.
La oscuridad del abismo lo envuelve como un sudario de terciopelo frío. Siente el fuego del agua en sus pulmones transformarse en una extraña anestesia. El estertor de la muerte le recorre la garganta, ese último espasmo que anuncia que la vida ya no le pertenece.
Es entonces, en ese segundo final donde el tiempo se dilata, cuando decide mirar hacia abajo, hacia la mano que lo sujeta con la fuerza de un ancla.
A través del agua turbia y sombría, una figura empieza a perfilarse. No es un esqueleto del siglo XVIII, ni un marinero anónimo del convoy.
El rostro que emerge de la penumbra abisal es uno que ha intentado olvidar en cada sesión de terapia, en cada noche de insomnio tras lo ocurrido en Mouro.
Es ella… Eufrasia Torres.
Como una medusa plateada, su cabello flota en la corriente, y sus ojos, esos que vio por última vez bajo la linterna del Faro de Mouro, lo miran ahora con una fijeza sobrenatural.
Hay paz en su rostro, la gratitud que él esperaba tras haberla liberado, pero también una advertencia antigua, una mirada que parece decir que el mar no olvida a quienes se atreven a romper su silencio .
Su mano, pálida y translúcida, le aprieta el tobillo con una fuerza que siente en los huesos. Eufrasia no lo está hundiendo... lo está reteniendo allí, en el umbral entre los vivos y los muertos, como si quisiera que viera algo más antes de dejarlo marchar.
O quizá, como si el precio por lo que hicieron en Mouro fuera precisamente este: ser el testigo eterno de las desgracias que el Cantábrico guarda en su vientre.
Intenta gritar su nombre, pero de su boca solo escapan las últimas burbujas de su existencia, que suben hacia la superficie como perlas perdidas, mientras el rostro de Eufrasia se acerca al suyo en el silencio absoluto del fondo del mar.
En el silencio espectral de las profundidades, donde el mundo de los vivos es solo un reflejo lejano y difuso, la mano de Eufrasia Torres se vuelve cálida sobre su piel fría.
No hay violencia en su agarre, sino una urgencia desesperada. Sus rostros quedan a escasos centímetros en la penumbra líquida, y aunque sus labios no se mueven, su voz retumba en la mente de Álvaro con la claridad de una campana de cristal.
– No es tu hora de hundirte Rivas –le dice la voz de aquella mujer, cargada con el peso de los siglos– Te he retenido en el umbral porque tú eres el único que puede sacarlos de aquí.
Eres el portador de las palabras. Eres la pluma que debe darles el descanso que la madera de ataúd les ha negado.
Alrededor de ellos, los cuerpos de los soldados del siglo XVIII flotan en una danza macabra, descendiendo hacia el olvido eterno.
Eufrasia señala hacia la oscuridad del fondo.
– Nómbralos, Rivas. Escríbelos. Sácalos del vientre del mar antes de que el navío se cierre para siempre. Si tú callas, ellos nunca habrán existido.
En ese instante, sintiendo el abrazo de la muerte, su propia muerte, nota como su corazón da un vuelco final, un golpe seco que resuena en su caja torácica como un tambor de guerra .
El último latido parece expandirse por todo su cuerpo, convirtiéndose en una explosión de luz blanca que lo arranca del abismo.
Entonces despierta bruscamente en el sofá de su apartamento con el torso empapado en un sudor gélido y la respiración rota, jadeando como si acabara de emerger de una profundidad de mil metros.
Le arden los pulmones con una sed de aire que le hace toser violentamente, y durante un segundo eterno, todavía siente el sabor amargo de la sal en la parte posterior de su garganta.
– ¡Eufrasia! –logra exclamar en un susurro ronco, con la vista nublada.
El apartamento está sumergido en la penumbra gris del amanecer de Santander. La televisión, que anoche emitía imágenes de una película olvidada, ahora es solo un rectángulo de estática gris que sisea en el silencio de la mañana.
Se lleva las manos al pecho, sintiendo cómo su corazón recupera un ritmo normal, aunque todavía desbocado .
Después mira sus manos que tiemblan de forma incontrolada y es cuando entiende que no ha sido un sueño, ni una pesadilla de escritor sugestionado.
Ha sido una visita.
Con las piernas aun temblorosas se levanta y, casi por instinto, camina hacia el despacho. El aire allí todavía conserva un rastro sutil, casi imperceptible, de aquel olor a salitre antiguo.
Clava la mirada en el portátil. La tapa está entreabierta, tal y como la vio antes de desmayarse en el sofá del sueño, y la luz azulada que escapa de su interior parece ahora un mensaje directo desde las profundidades.
Durante unos segundos permanece inmóvil frente a la puerta del despacho, mirando esa rendija de luz azul del ordenador como si fuera la entrada a otra dimensión.
Pero sacude la cabeza con fuerza.
No. No ahora .
Necesita purgar el sabor a salitre de su boca y el frío de Eufrasia de sus huesos.
Da la vuelta y camina hacia la cocina. Sus pasos, todavía algo pesados, resuenan en el pasillo de madera. El amanecer de Santander empieza a clarear tras los cristales, tiñendo las encimeras de un gris pálido y acogedor.
Con gestos mecánicos, casi terapéuticos, abre el grifo y deja que el agua corra. Llena las manos y se salpica la cara una, dos, tres veces. El impacto del agua fría y real le devuelve la sensación de su propia piel, de sus propios poros.
Mira su reflejo en el espejo del recibidor: tiene las ojeras marcadas y el cabello revuelto, pero está vivo.
Está en su casa.