CAPITULO II #3
Lentamente, gira la cabeza. Su mirada recorre el pasillo hasta la habitación del fondo, la que usa como trastero y que queda fuera de su ángulo de visión habitual.
Allí, la puerta se bambolea ligeramente.
Se levanta, con las piernas todavía temblorosas, y camina hacia allí.
Al entrar, la explicación le golpea con la misma fuerza que el frío: la ventana está abierta de par en par.
El cierre, viejo y desgastado, no ha aguantado el embate de las rachas de la tormenta.
De ahí la bajada de temperatura que había sentido como un aliento gélido.
De ahí el olor a salitre, que ahora entra a ráfagas directas desde la bahía de Santander, donde el viento ha cambiado de dirección y empuja toda la esencia del mar hacia la fachada del edificio.
Apoyando la frente contra el marco de la ventana suelta una carcajada nerviosa, casi histérica.
Se siente estúpido. Ha estado tan sumergido en la escritura, tan poseído por las palabras del Cachalote y los archivos del siglo XVIII, que su mente de escritor había rellenado los huecos con terror en lugar de con lógica.
– Sugestión... - murmura, cerrando la ventana con fuerza y asegurando el pestillo –Maldita sea, estás perdiendo la cabeza.
Por unos segundos se queda mirando el cristal empañado. Aquel olor empieza a disiparse ganando de nuevo el calor del apartamento. Sin embargo, aunque sabe que la ventana era la causa de todo, hay algo que sigue sin encajar: la campana que oyó antes de empezar a escribir. ¿También fue el viento?
Regresa al despacho con una determinación renovada, decidido a terminar el capítulo y acostarse de una vez.
Pero, al sentarse frente al monitor, el alivio se le congela en la garganta.
Sus ojos recorren las últimas líneas que ha escrito durante ese trance en el que creía estar solo.
El texto es impecable, vibrante, cargado de una fuerza que no recordaba poseer.
En él hay algo que lo detiene en seco. Justo en la mitad de un párrafo que describe la construcción del navío, ha aparecido una frase que no encaja con el resto, una frase escrita con una sintaxis que no es la suya:
…La madera no olvida el nombre de quien la labró, ni el del autor que ahora la despierta…
De nuevo nota como el vello de los brazos se le vuelve a erizar.
No recuerda haber tecleado eso…Podría ser un error, algo aleatorio que el subconsciente soltó mientras su mente divagaba hacia la ventana abierta...
pero el desasosiego vuelve a instalarse en su pecho con la fuerza de un ancla cayendo al fondo.
Aturdido mira la frase en la pantalla durante lo que le parece una eternidad.
Su mente pragmática lucha por encontrar una explicación lógica: quizá el cansancio, quizá el subconsciente jugándole una mala pasada mientras el viento golpeaba la ventana.
Pero no quiere darle más vueltas. Con un movimiento rápido, selecciona la línea y pulsa la tecla de borrar.
Ver el cursor devorar esas palabras le produce un alivio momentáneo, un pequeño triunfo de la razón sobre lo inexplicable.
Cierra el portátil con una firmeza que roza la violencia, como si el simple acto de plegar la tapa pudiera sepultar las dudas que le corroen.
– Mañana lo veré con otros ojos –se miente a sí mismo– Mañana todo esto será solo material para un buen libro.
Sin embargo, sabe que, si se mete en la cama ahora, el silencio será su peor enemigo.
Necesita ruido, luz y algo que no tenga nada que ver con el salitre, el siglo XVIII o los barcos que navegan sin tripulación.
En un arranque de pura necesidad de evasión, se dirige al salón y enciende la televisión.
Es un gesto extraño en él, pues suele preferir el silencio de la lectura o la música suave, pero esta noche busca el entumecimiento de las imágenes parpadeantes.
Tumbado en el sofá empieza a saltar de canal en canal hasta que se queda fijo en una película cualquiera, una comedia de enredo o un thriller de acción, algo tan alejado de su propia realidad que le permita, por fin, desviar sus pensamientos.
Permanece allí, bajo la luz azulada del televisor, mientras la lluvia sigue azotando Santander intentando concentrarse en los diálogos, en los colores de la pantalla, en cualquier cosa que no sea la decisión que acaba de tomar.
Ha aceptado el reto de escribir la novela, ha decidido dar voz a los ausentes, y aunque intente ignorarlo, sabe que esa decisión es un camino de dirección única.
Nadie, ni siquiera el Cachalote, sabe que él ya no es solo un observador de la leyenda, sino que se ha convertido en su narrador oficial.
Y las leyendas, una vez que encuentran a alguien que las nombre, no suelen soltar su presa fácilmente.
Poco a poco, el cansancio y el ritmo monótono de la película empiezan a ganarle la batalla.
Álvaro siente que sus párpados pesan, pero antes de quedar profundamente dormido en el sofá, una última idea cruza su mente: ¿qué pasará cuando el navío se dé cuenta de que su historia ya no está en el fondo del mar, sino en las manos de un hombre en la calle Castelar?