El peso de todas las olas CAPITULO II #2
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CAPITULO II #2

Los barcos fueron triturados contra las rocas de la punta de Cotolino con tal violencia que el estruendo se oyó por encima de los truenos.

A la mañana siguiente, la bahía no estaba cubierta solo de restos de jarcia y maderas de casco; la costa amaneció sembrada de los ataúdes que el mar, en un gesto macabro, había escupido intactos sobre la arena.

La leyenda cuenta que la necesidad y la codicia de la época superaron al respeto por los muertos.

Gran parte de esa madera maldita, curada en salitre y preñada de la esencia de la muerte, fue recogida por carpinteros locales.

Con ella se dice que un armador obsesionado, cuyas facultades mentales habían naufragado junto al convoy, comenzó a construir una fragata que nunca fue registrada en ningún cuaderno de puerto.

Cada cuaderna, cada tabla de la cubierta y cada mamparo de aquel barco procedía del lecho donde debían descansar los soldados.

El resultado fue el Navío de los Ausentes: un buque que nació muerto, destinado a navegar eternamente sin tripulación viva, reclamando a través de los siglos a los nuevos "inquilinos" para sus camarotes hechos de féretros.

Aterrado por el relato, aparta la vista del monitor, sintiendo un nudo en la garganta. La frase que leyó en el blog “siempre hay un camarote vacío” adquiere ahora un sentido físico y aterrador. El barco no es solo un fantasma; es un panteón flotante construido con el último refugio de los hombres.

Con un movimiento seco cierra la tapa del portátil, como si quisiera atrapar al monstruo dentro de la pantalla, pero el silencio que se instala en el despacho es aún peor. Las palabras “madera de ataúd” y “camarote vacío” flotan en el aire, volviéndose casi sólidas en la penumbra.

Nervioso, inquieto por lo que acaba de aprender, comienza a caminar por el salón, incapaz de quedarse quieto.

Siente esa contradicción desgarradora que solo los que trabajan con la imaginación comprenden.

Por una parte, su instinto más humano le grita que se detenga, que deje en paz a los muertos, que no sea tan soberbio de pensar que puede jugar con una tragedia de 1755 para vender unos cuantos ejemplares .

Tocar esa madera, aunque sea a través de la ficción, se siente como una profanación.

Pero, por otro lado, está la advertencia del Cachalote.

Si José Luis tiene razón y el navío ha cruzado la costa para aparecerse frente a su ventana en Santander, no es por una simple coincidencia.

Quiere descartar la idea de que el barco venga a arrastrarlo físicamente al fondo; a fin de cuentas, él no es un marinero, no le debe nada al mar.

Pero quizá la "deuda" sea otra.

–        ¿Y si el homenaje no es una opción, sino una condena? –se pregunta, deteniéndose frente al ventanal.

Mira hacia la bahía, donde la bruma nocturna empieza a desdibujar de nuevo las luces de los barcos.

Empieza a ver su escritura bajo una luz nueva, mucho más pesada.

Tal vez el Navío de los Ausentes no busca una víctima más para sus camarotes de madera de féretro, sino alguien que, de una vez por todas, le devuelva la dignidad a esos soldados que nunca llegaron a tierra santa.

Al escribir, no estaría "removiendo" a los muertos, sino dándoles el entierro de palabras que el mar les negó hace casi tres siglos .

Esa idea le otorga un propósito que lo abruma.

Ya no es una novela de misterio; es un acto de justicia poética. Pero el precio es alto: para escribir esa verdad, tiene que estar dispuesto a dejar que el barco entre en su vida, a escuchar sus susurros y a no apartar la mirada de ese mástil negro que rasga la niebla.

Siente un escalofrío. El desasosiego ya no es miedo, es una responsabilidad que le aprieta el pecho.

Regresa a la mesa, pero antes de sentarse, se detiene en seco.

El aire del despacho ha cambiado. No es el frío gélido y cortante de una ventana abierta al Cantábrico, sino una caída de temperatura sutil, densa, como si el apartamento hubiera sido sumergido de golpe en una fosa submarina.

Es un frío que no eriza la piel, sino que parece ralentizar los latidos del corazón.

Y entonces llega el olor. No es el aroma fresco de la brisa marina que entra por el balcón del barrio de Castilla-Hermida.

Es un olor a salitre antiguo, concentrado, con un matiz metálico y amargo, como si el mar hubiera arrastrado hasta su salón madera podrida y algas que nunca han visto la luz del sol.

Es un olor que pesa, que se pega a la garganta, el perfume de una tragedia que lleva tres siglos macerándose en el fondo del mar.

Álvaro traga saliva, sintiendo que ese aire saturado de sal le quema los pulmones.

Se sienta frente al ordenador y, de manera casi inconsciente, apoya las manos en el teclado.

En ese instante, la duda desaparece. Ya no es él quien guía sus dedos, sino que hay una corriente eléctrica, una urgencia que le recorre los brazos ejecutando cada movimiento.

Empieza a escribir. Las palabras no surgen de su mente tras un largo proceso de reflexión; brotan como si estuvieran grabadas a fuego en su subconsciente.

Teclea con una velocidad frenética, casi violenta.

La historia de la Galerna de los Ataúdes empieza a volcarse en el documento con una precisión de detalles que sabe que no ha leído en ningún archivo.

Describe el crujido de los huesos dentro de la madera, el color de la espuma bajo el rayo y el rostro del armador loco de Castro de una forma tan vívida que parece que él mismo estuvo allí, en la orilla, recogiendo los despojos de los soldados.

Se olvida del tiempo, se olvida del miedo.

Solo existe el ritmo del teclado y ese olor a mar que parece brotar de las propias teclas.

Cuando está a punto de comenzar la siguiente frase, con el corazón martilleando contra sus costillas, un estruendo violento sacude el aire.

El sonido, un golpe seco de madera contra madera, lo hace saltar de la silla, volcando casi la taza de café sobre el teclado.

Se queda inmóvil, con la respiración entrecortada, esperando que el barco aparezca atravesando la pared de su salón.

Pero el silencio que sigue no es sobrenatural; es mundano. Un portazo.