CAPITULO II
LA SOMbrA EN EL ASFALT O
L a luz de la mañana entra en el apartamento de Santander con una claridad impune, barriendo las sombras que anoche parecían tener vida propia.
Álvaro despierta con la boca seca y la mente embotada por el efecto de la pastilla, pero con una extraña sensación de alivio.
Al mirar el ordenador, todavía encendido y con la pantalla en negro por el ahorro de energía, siente que lo ocurrido hace unas horas pertenece a otro mundo, a una dimensión de fatiga y sugestión que el sol de la bahía acaba de disipar.
Sigue sus rutinas con una parsimonia casi terapéutica: la ducha caliente, el aroma del café recién hecho y el paseo hasta el quiosco para comprar la prensa. El portátil permanece apagado sobre el escritorio. Ha decidido, al menos por unas horas, que la novela puede esperar.
Por la tarde, la bruma de la noche anterior ha sido sustituida por una brisa fresca que invita a caminar. Como es habitual, se encuentra con José Luis cerca de Puerto chico .
Pasean sin prisa, acompañados por el graznido de las gaviotas y el traqueteo de los barcos de la Escuela de Vela. Hablan de cosas banales: del precio del gasóleo, de la mala racha de capturas de la semana y del tiempo, que parece haber dado una tregua.
– Oye, Selu –dice, intentando que su voz suene casual mientras cruzaban frente al Club Marítimo– no vas a creértelo, pero anoche, con la que estaba cayendo...
me pareció oír esa campana de la que hablábamos en Castro.
Incluso juraría que vi un mástil negro en mitad de la bahía, algo antiguo, fuera de lugar.
Hasta suelta una pequeña risa, esperando que su amigo se burle de su “imaginación de escritor”. Pero la risa se le muere en la garganta.
El cachalote se detiene en seco.
Ese hombre que ha sobrevivido a galernas y silencios profundos se queda mudo y pálido, como si el salitre de su piel se hubiera transformado en ceniza.
Sus ojos, fijos en un punto indeterminado del horizonte, pierden el brillo habitual.
Las manos, que antes jugueteaban con la pipa, ahora cuelgan inertes a los costados, temblando imperceptiblemente.
– Escribidor... –susurra el Cachalote, y su voz suena como si viniera de una cueva profunda– Dime que me estás tomando el pelo. Dime que es parte de ese libro tuyo.
José Luis agarra a Álvaro por el brazo con una fuerza que le sorprende; sus dedos son como tenazas de hierro. Mira a su alrededor, asegurándose de que nadie más en el paseo de Puerto chico los está escuchando, y su voz baja hasta convertirse en un siseo cargado de pavor.
– Escúchame bien y no me interrumpas –dice el marinero, cuya palidez parece acentuarse bajo la luz de la tarde– El Navío de los Ausentes pertenece a las rocas de Castro, a sus corrientes y a sus muertos.
Nunca, en todos mis años, he oído que se alejara de allí... a menos que haya encontrado un rastro .
De repente el escritor nota como el aire que respira se le vuelve escaso. La seguridad que sentía hace apenas unos minutos se desmorona.
– ¿Un rastro? ¿A qué te refieres, Selu?
– El mar tiene sus leyes, y una de ellas es el silencio.
Te lo advertí en el café. Al buscarlo en esos aparatos tuyos, al escribir ese título en tu máquina...
le has dado un hilo del que tirar. Ese mástil que viste anoche en la bahía no es una alucinación.
Es que el barco ha dejado su puerto para venir a buscar al hombre que está removiendo su tumba.
José Luis suelta le suelta el brazo mientras da un paso atrás, como si temiera que la sombra del escritor pudiera contagiarle algo.
– Si lo has visto aquí, en Santander, es porque ha decidido seguirte. Ya no eres un simple mirón, muchacho. Ahora eres el faro que lo guía. Ese barco no se detendrá hasta que la historia que quieres escribir esté terminada... o hasta que tú pases a formar parte de ella .
Álvaro mira hacia la bahía.
El agua, que hace un momento parecía tranquila y familiar, se le antoja ahora un desierto oscuro y hostil. Las palabras del Cachalote resuenan en su cabeza como un eco de la campana de anoche:
… Ha decidido seguirte …
–¿Qué tengo que hacer? –pregunta con un hilo de voz.
El viejo lo mira con una tristeza infinita en los ojos, la mirada de quien sabe que hay deudas que no se pueden pagar con dinero.
– Ahora ya es tarde para cerrar el ordenador.
Si dejas la historia a medias, se quedará aquí, anclado frente a tu ventana, esperando en la bruma.
Tu única oportunidad es terminar lo que has empezado...
y rezar para que, al poner el punto final, el navío decida que ya ha tenido suficiente de ti.
Tras escuchar las palabras de su amigo, nota como el suelo se inclina bajo sus pies.
Las palabras de José Luis son como un martillo que golpea los clavos de su propia investigación nocturna.
El escritor recuerda, con una nitidez dolorosa, aquel comentario anónimo en el foro y la descripción del blog que leyó entre sorbos de café frío.
– Un camarote vacío... –balbucea para sí mismo.
El Cachalote lo mira con los ojos entornados, como si intentara ver más allá de la piel del escritor.
– ¿Qué has dicho?
– Anoche encontré algo en la red –continúa con la voz quebrada– Decía que el Navío de los Ausentes siempre navega con un camarote vacío, un espacio reservado para aquel que lo observa desde la orilla.
Y que en las tablas de su casco... en la madera de ataúd de la que está hecho...
se van tallando los nombres de los que están a punto de partir.
Como si de un rito de protección se tratara, el viejo se santigua con un gesto rápido y mecánico, un tic de viejo lobo de mar ante la mención de la muerte.
– Entonces ya lo sabes. Si ese mástil ha aparecido en Santander es porque la madera está esperando a que el nombre de Álvaro Rivas se termine de grabar en ella. El barco no tiene prisa; tiene todo el tiempo de los siglos, pero no se va de un puerto con las manos vacías.
Un frío repentino que no tiene nada que ver con la brisa de Puerto chico le recorre la médula. Mira hacia las aguas de la bahía, allí donde anoche creyó ver la silueta negra. Ahora comprende que el barco no es un fantasma que se aparece al azar, sino un recaudador que ha olido su curiosidad.
– Te dije que mi hermano vio su nombre en el casco antes de desaparecer –dice José Luis, bajando aún más la voz– No es una metáfora de escritor, muchacho.
Es una sentencia. El barco se alimenta de los que se atreven a nombrarlo, de los que quieren robarle su misterio para ponerlo en un estante de una librería.
Esta vez por los hombros lo vuelve a agarrar obligándolo a mirarlo a la cara.
– Tienes que decidir. O dejas de escribir y te largas de aquí, lejos de la costa, donde el salitre no te alcance... o terminas esa maldita novela de una vez, entregándole al barco la historia que reclama antes de que él venga a buscar al autor.
Después, con suavidad se suelta del abrazo de su amigo. Sabe que huir no servirá de nada. El barco ya conoce su nombre. El "camarote vacío" ya tiene dueño en la mente del mar.
– Tengo que volver a casa –dice con una resolución sombría– Debo saber qué ha pasado con lo que escribí anoche.
Ambos se despiden con un apretón de manos que se nota más como una excusa que como un hasta luego.
Camina rápido por el Paseo Pereda, evitando mirar hacia el agua, y se encierra en su apartamento. El silencio de la casa, que antes le parecía acogedor, ahora se le antoja denso, como si las paredes estuvieran escuchando.
Se dirige directamente al escritorio.
El portátil sigue allí, apagado, una caja negra que guarda el secreto de su inquietud. Lo enciende aguantando la respiración hasta que el escritorio aparece. Todo está igual: la misma frase solitaria, el mismo cursor parpadeando. No hay mensajes extraños, ni páginas nuevas.
– Sugestión –se dice, soltando el aire–. Pura y dura sugestión de escritor.
Más tranquilo, y con la necesidad casi física de racionalizar lo irracional, decide que, si va a escribir sobre este barco, necesita conocer sus cimientos.
Si la leyenda dice que el navío se construyó con la madera de un naufragio del siglo XVIII, la historia tiene que estar en alguna parte.
Quiere saber qué tragedia fue tan grande como para escupir suficientes ataúdes al mar y dar vida a semejante monstruo.
Abre una nueva pestaña en el navegador.
Sus dedos, más firmes ahora, teclean términos de búsqueda específicos: «Gran naufragio Cantábrico siglo XVIII», «Desastre naval Castro Urdiales 1700», «Maderas de ataúdes leyenda mar».
Empieza a bucear en archivos digitalizados de la Marina y crónicas de historiadores locales. Tras varios intentos fallidos, sus ojos se clavan en un documento digitalizado con el sello de un antiguo archivo parroquial.
El título le hace dar un respingo:
Crónica de la Galerna de las Ánimas: El desastre del Convoy de la Plata y la madera de los difuntos (1755).
Álvaro acerca la silla, ignorando el café recién preparado que se enfría a su lado, y empieza a leer la macabra historia que dio origen a su pesadilla.
La crónica narra que, semanas después del gran cataclismo que sacudió Lisboa, el Cantábrico se convirtió en un hervidero de furia.
En medio de una tormenta que los testigos describieron como apocalíptica, un convoy militar que regresaba de las guerras en el norte se vio atrapado frente a los acantilados de Castro Urdiales.
No era un convoy común. Además de pertrechos y pólvora, las bodegas de los navíos iban cargadas con cientos de ataúdes de madera noble que custodiaban los restos de oficiales y soldados caídos en combate. Se pretendía darles sepultura en tierra santa, pero el mar tenía otros planes.