CAPITULO I #3
Al cruzar el portal, la tormenta lo recibe como una bofetada de agua helada.
El viento intenta arrancarle la capucha, pero él agacha la cabeza y empieza a caminar hacia el puerto, sorteando los charcos que ya son lagunas, con el único objetivo de confirmar que aquel mástil negro no es un truco de su imaginación .
Jadeando llega al borde del muelle. Siente como el pecho le arde por el esfuerzo y tiene el rostro empapado a pesar de la protección del impermeable. El agua que chorrea por su capucha le dificulta la visión, pero se limpia los ojos con un guante y escruta la dársena con una fijeza desesperada.
Allí está la niebla, espesa y pálida, moviéndose como un animal perezoso sobre la superficie del agua. Sin embargo, lo que sus ojos encuentran al rasgar la blancura no es el terror antiguo que esperaba.
Frente a él, meciéndose con el oleaje rítmico de la tormenta, se despliega la estampa más absolutamente normal de un puerto.
Ve las siluetas familiares de pesqueros modernos con sus cascos de acero pintados de colores vivos, los mástiles de aluminio de los veleros de recreo que tintinean metálicamente al chocar con las jarcias, y las grúas de carga recortadas al fondo.
Todo es tangible, moderno y explicable. No hay rastro alguno de aquel mástil negro y nudoso.
Ni una quilla de madera vieja, ni velas hechas jirones, ni esa aura de muerte que parecía haberlo invadido todo desde la ventana de su casa.
El puerto de Santander descansa bajo la lluvia con la aburrida cotidianidad de siempre, ajeno a las pesadillas de los escritores nocturnos.
Se queda allí, plantado en el hormigón mojado, sintiéndose de repente ridículo con su equipo de agua y su respiración agitada. La lógica, esa que él tanto defendía, parece haber regresado para darle una bofetada de realidad.
Frustrado suelta un bufido que se pierde entre el estruendo de la lluvia.
Se siente como un idiota, un aficionado a las historias de fantasmas que ha salido corriendo en plena noche por culpa de un mal juego de luces y el cansancio acumulado.
La frialdad del agua que le resbala por el cuello parece subrayar su propia estupidez.
– La próxima vez, tómate un somnífero en lugar de tanto café –se recrimina mentalmente, dispuesto a dar media vuelta y olvidar este episodio .
Pero justo cuando va a girar sobre sus talones y tomar rumbo a la seguridad de su apartamento, ese microcosmos en el que él es el rey, el mundo vuelve a detenerse.
A través del rugido del viento, filtrándose por encima del fragor de las olas que rompen contra el espigón, llega un sonido que le hiela la sangre.
Clán... clán...
No es una campana de iglesia, ni un golpe de la tormenta contra una boya metálica.
Es el mismo tañido sordo, oxidado y rítmico que escuchó en Castro y en su salón.
Esta vez suena muy a lo lejos, casi irreal, perdiéndose en la inmensidad negra del Cantábrico, más allá de la seguridad de las luces del puerto.
Un sonido que no viene de la ciudad, sino que se aleja hacia la vastedad del mar, como si el navío que él creía haber visto ya hubiera soltado amarras y se estuviera internando en la oscuridad absoluta, llevándose consigo la respuesta a sus preguntas .
Clava la vista en el horizonte, donde el negro del cielo se funde con el negro del agua, y siente que ese sonido es una despedida... o una invitación.
Regresa a casa con el cuerpo pesado, arrastrando las botas de caucho por el asfalto como si pesaran toneladas.
La adrenalina se ha evaporado, dejando en su lugar un cansancio plomizo y una sensación de derrota que le cala más que el agua.
Al entrar en el apartamento, se despoja del traje de agua con gestos lentos, dejando que la goma gotee en el suelo del recibidor.
No mira el ordenador; no quiere ver esa pantalla blanca que parece juzgarlo desde el rincón.
Tras secarse con una toalla áspera, se pone ropa limpia y, con un pulso aún tembloroso, saca del botiquín una pastilla para dormir.
Sabe que, si no lo hace, pasará el resto de la madrugada escrutando las sombras de su propio pasillo. La traga con el último resto de café frío, un contraste amargo que parece sellar el final de la noche.
Después busca el refugio de la cama y apaga la luz.
El silencio de la habitación es total, solo roto por el golpeteo rítmico de la lluvia que ahora suena amortiguado, casi como un arrullo.
Poco a poco, el fármaco empieza a hacer su trabajo.
Álvaro nota cómo sus extremidades se hunden en el colchón y cómo sus pensamientos empiezan a deshilacharse.
Entre las brumas del incipiente sueño, el puerto de Santander y el de Castro Urdiales se funden en un solo escenario borroso en el que ya no sabe qué fue real y qué fue fruto de su imaginación febril; la campana, el mástil negro y la advertencia del Cachalote se convierten en imágenes difusas que flotan en su mente como restos de un naufragio.
– Mañana –susurra para sí mismo, mientras el sueño lo reclama por completo– Mañana ya veré qué hago... Mañana decidiré si esa novela merece ser escrita o si es mejor que se hunda en el olvido.
Con esa última duda suspendida en el aire se queda profundamente dormido, ajeno a si fuera, en la bahía, la niebla ha terminado de borrar el mundo…