El peso de todas las olas CAPITULO I #2
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CAPITULO I #2

Apartándose lentamente del ventanal regresa al centro de la habitación.

El apartamento, que siempre le ha parecido un refugio seguro, ahora se siente extrañamente expuesto.

Mira el portátil sobre la mesa; la luz de la pantalla es el único faro en la estancia, pero es un faro que no guía, sino que atrae hacia el naufragio .

Decide que no puede empezar a ciegas. Si va a desafiar las advertencias del Cachalote y el sentido común, necesita algo más que testimonios borrosos de internet.

Necesita un ancla.

De nuevo se sienta latiéndole el corazón con una cadencia pesada. Aunque dudosos, sus dedos se posan sobre las teclas sabedor de que, si escribe la primera frase, el pacto estará sellado. Y ya no será una novela de ficción; se habrá convertido una invocación.

–        Si el mar quiere que cuente su historia–murmura mientras abre un documento nuevo– tendrá que dejarme entrar hasta el fondo.

Con un movimiento decidido, borra la barra de búsqueda y escribe en la parte superior de la página en blanco, en letras mayúsculas que parecen gritar contra el fondo inmaculado:

HISTORIAS DEL MAR I: EL ÚLTIMO AVISO DE LA brUM A

Bajo el título, añade la dedicatoria que compuso mentalmente en la que rinde cuentas con los guardianes de la memoria.

Entonces, sin permitirse dudar ni un segundo más, comienza el Capítulo 1.

Ya no es el Álvaro investigador el que escribe; es el Álvaro que ha aceptado que, a veces, para contar la verdad, hay que hundirse en la leyenda.

Teclea la primera frase de la novela, la que definirá el destino de su protagonista ficticio:

«Nadie elige ver el Navío de los Ausentes; es el navío quien elige a quién mostrarle el final de su camino».

De repente, sobresaltándolo, oye algo tras los muros de su apartamento. Un sonido que entra en la habitación como una aguja de hielo.

Es un tañido metálico, sordo y rítmico:

clán... clán... clán...

Por un momento deja los dedos suspendidos sobre las teclas, como si el plástico de las mismas quemara. El silencio que sigue al repiqueteo es aún más aterrador que el ruido mismo. Un escalofrío le recorre la columna vertebral, un latigazo de adrenalina que lo deja petrificado en la silla.

–         No puede ser –murmura, con la voz apenas audible.

Gira la cabeza hacia la derecha, consultando el reloj digital en la esquina inferior de su portátil. Las 02:14 de la madrugada.

No es hora de misa en los Jesuitas, ni en la Catedral, ni en ninguna parroquia cercana de Santander.

Además, no es el sonido alegre de una campana de iglesia llamando a los fieles; es el tañido pesado de una campana de bronce marino, de esas que se usan para avisar de la posición en mitad de la niebla ciega.

Sin previo aviso, el aire del apartamento se vuelve gélido.

Se levanta lentamente, con los ojos fijos en la ventana.

Fuera, la tormenta azota la bahía con una furia renovada, pero entre el fragor del viento y los latigazos de la lluvia contra el cristal, el sonido vuelve a repetirse, esta vez más cerca, más nítido.

Clán... clán.. .

Es exactamente el mismo tono que escuchó esta tarde en el muelle de Castro Urdiales junto al Cachalote.

Se queda inmóvil, mirando esa única frase que acaba de escribir: ...

es el navío quien elige a quién mostrarle el final de su camino...

Las letras negras sobre el fondo blanco del monitor parecen ahora una sentencia.

¿Y si no es una coincidencia? ¿Y si el simple hecho de haberle dado una identidad literaria ha servido de faro para que esa presencia lo encuentre en mitad de la noche santanderina?

La duda vuelve a golpearle, esta vez con la fuerza de una ola rompiendo contra un acantilado. Asustado apoya las manos en la mesa, sintiendo cómo le tiemblan.

Está en el límite.

Un paso más y no habrá vuelta atrás.

Su mente de escritor le dice que es la ambientación perfecta, pero su instinto de superviviente de Mouro le grita que apague la luz, que cierre el ordenador y que pida perdón al mar por su osadía .

La campana suena una tercera vez, fundiéndose con un trueno que sacude los cimientos del edificio.

Con dificultad, como si su garganta estuviera hecha de ceniza y fuego, traga saliva y, con la respiración entrecortada, alarga la mano hacia el interruptor de la lámpara.

La luz inunda el salón, recuperando los colores de las alfombras, el lomo de los libros y la seguridad de lo cotidiano.

Es un gesto casi infantil, como si la electricidad tuviera el poder de disolver lo sobrenatural.

Recorre el apartamento con la mirada, buscando una grieta, un cambio, algo que justifique el pavor de hace un segundo.

Pero todo sigue igual. Su refugio permanece impasible: el cuadro de la pared está recto, sus llaves descansan sobre el mueble de la entrada y el eco de la campana parece haberse evaporado con la claridad.

–        Solo es sugestión –se repite, aunque su propia voz suena extraña en el silencio– Solo es la tormenta jugando con las tuberías o el viento golpeando algún mástil en el Club Marítimo .

Sin embargo, el desasosiego no se marcha con la luz.

Es una sensación física, una presión en el pecho, como si estuviera librando una batalla interna donde su curiosidad de escritor y el miedo de hombre práctico se mantienen en un empate que resulta asfixiante. Ninguna de las dos partes cede un milímetro de terreno.

Necesita algo que lo ancle a la tierra.

Con las manos todavía algo torpes se dirige a la cocina para preparar una nueva cafetera.

El sonido del agua calentándose y el aroma que empieza a llenar la estancia actúan como un bálsamo.

Para el escritor, el café negro siempre ha sido más que una bebida; es su combustible, un rito de calma en mitad del caos creativo.

Con la taza humeante entre las manos, notando como el calor traspasa la porcelana, regresa al salón para asomarse al gran ventanal que domina la noche de Santander.

Fuera, la ciudad es un lienzo borroso de luces amarillentas y asfalto brillante.

La lluvia sigue cayendo con una monotonía hipnótica y, más allá de la carretera, sobre la superficie de la bahía, una bruma sutil empieza a gatear sobre el agua, desdibujando la silueta de los barcos amarrados.

Está ahí, quieto, bebiendo su café, escrutando la oscuridad y, sobre todo, tratando de convencerse de que el horizonte no esconde nada más que agua y niebla.

La tormenta, que hasta hace un momento parecía una lluvia monótona, se transforma de golpe en un monstruo desatado.

El cielo sobre Santander se desgarra con un estruendo seco y un rayo inmenso, de un blanco violáceo que cruza el horizonte iluminando la bahía como si fuera pleno día durante un segundo infinito.

Acto seguido, el trueno llega con un rugido colosal que hace que los cristales del apartamento vibren bajo sus manos.

Siente la sacudida en las plantas de los pies; es la naturaleza en su estado más puro y aterrador, recordándole al hombre lo pequeña que es su existencia frente al poder del mar y el cielo.

Deslumbrado por el fulgor parpadea, pero no aparta la vista del puerto .

En ese momento su respiración se detiene.

Con el siguiente relámpago, que estalla justo sobre la vertical del Club Marítimo, la luz eléctrica del muelle y el resplandor del cielo se confunden para revelar algo imposible. Allí, entre las embarcaciones de recreo modernas y los pesqueros de casco blanco, juraría ver una forma que no encaja.

Es un mástil negro, una astilla de madera oscura y antigua que rasga la niebla espesa que envuelve la dársena.

No tiene la ligereza del aluminio de los veleros actuales ni la estructura funcional de las grúas del puerto; es un madero grueso, nudoso, con una cruceta carcomida que parece una cruz asimétrica recortada contra la oscuridad.

La bruma parece arremolinarse a su alrededor, como si el objeto mismo fuera el origen de la niebla.

–         No puede ser... –susurra pegando la frente al cristal frío.

La luz del rayo se apaga, devolviendo el puerto a una penumbra de sombras movedizas. Aguanta la respiración, esperando el siguiente destello, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado.

Quiere volver a verlo. Necesita convencerse de que esa silueta de navío del siglo XVIII no está allí, anclada en el corazón de Santander, esperando a que él termine de teclear su historia.

Aparta la taza de café, que ahora le parece un objeto ridículo y fuera de lugar. La mesura, esa vieja consejera que le ha servido para navegar por la vida urbana, acaba de ser derrotada por el hambre del cronista.

Se mueve con una eficiencia mecánica, casi febril.

Abre el armario de la entrada para sacar el traje de agua, ese equipo pesado y rígido que solo usa cuando las condiciones en el mar son críticas.

Se enfunda los pantalones de peto y se calza las botas de caucho, escuchando el chirrido del material en el silencio de la casa.

Al ponerse la chaqueta del impermeable, tira de los cordones de la capucha con una fuerza desmedida, ajustándola hasta que el borde le muerde la frente y le aprieta las mejillas.

Necesita ese dolor; sentir algo físico y real que lo ate con firmeza a la tierra mientras se dispone a salir al encuentro de un fantasma.

Con la capucha calada hasta las cejas, su campo de visión se reduce a un túnel, dejando apenas una pequeña rendija para sus ojos, que ahora brillan con una mezcla de pavor y determinación.

Echa un último vistazo a la pantalla del ordenador, donde esa única frase tecleada parece observarlo desde el escritorio. Sin apagar la luz, sale del apartamento.

El sonido de sus pasos de goma en el pasillo del edificio suena como el caminar de un buzo en las profundidades.